Diario de Información y Análisis de Intereconomía
Prohibido pisar las flores

Argucias suicidas

Hay dos cosas que las sociedades terminan castigando sin remisión. Una es que los abusos de sus gobernantes rebasen el límite de lo tolerable.

Los errores siempre se pagan y los corruptos acaban tarde o temprano en la cárcel. Cuando en un país sus elites construyen un sistema institucional y político a su servicio ignorando el interés general, se benefician del mismo durante un tiempo que puede ser largo, pero al final el tinglado se derrumba porque las disfunciones, tensiones e ineficiencias que crea lo hacen inviable. Hay dos cosas que las sociedades no toleran y terminan castigando sin remisión, una es que se les imponga desde el poder un modelo ideológico contrario a la naturaleza humana, caso del comunismo soviético, otra es que los abusos de sus gobernantes, con independencia de sus postulados doctrinales, rebasen el límite de lo tolerable, tal como sucede con la corrupción sistémica. Es por estas implacables razones estructurales que la URSS se deshizo, el Muro de Berlín se derrumbó con estrépito y Hitler perdió la Segunda Guerra Mundial. Por exactamente los mismos motivos de fondo, salvando las distancias y diferenciando netamente los contextos, Maduro tiene los días contados, el régimen de los ayatolás iranís no durará eternamente y nuestra arquitectura constitucional del 78 y su partitocracia extractiva está ya en sus estertores.

Sin embargo, antes de que sus defectos y contradicciones liquiden un determinado modelo social y normativo, el daño que causan las tiranías sanguinarias, las oligarquías cleptocráticas o los Estados invasivos de las libertades individuales, puede ser considerable. Normalmente, la agonía de una casta opresora es la fase de su existencia en la que se vuelve más agresiva y peligrosa porque en la desesperación de su declive inevitable intenta las maniobras más sucias y destructivas con tal de prolongar su hegemonía. La repentina y meteórica ascensión en España de Podemos, un pequeño grupo de extrema izquierda situado en los márgenes del sistema y dedicado a la violencia callejera y a la revuelta universitaria, es un ejemplo de libro de este fenómeno. Cuando una célula de revolucionarios de pacotilla que en circunstancias normales jamás habría salido de la irrelevancia de canales de televisión underground o de algaradas de desharrapados en plazas públicas, se encumbra sorprendentemente a la posición de tercera fuerza parlamentaria en una democracia occidental cuyos principales medios de comunicación están estrictamente tutelados por el Gobierno, es obvio que su ascenso no ha sido fruto de su capacidad de arrastre, del apoyo popular espontáneo o de sus propios méritos. Se trata a todas luces de una operación teledirigida desde arriba con el astuto fin de dividir a la izquierda y evitar así la alternancia que se produciría debido al descrédito acelerado del partido mayoritario, ahogado en el lodazal de su venalidad descarada. Por mucho que el clima de opinión en España fuese de desatada indignación por los latrocinios de la clase política y por los arrasadores efectos de la recesión, Pablo Iglesias jamás habría alcanzado el nivel de notoriedad al que trepó meteóricamente ni su aglomerado de tribus subversivas habría invadido el Congreso, cámaras autonómicas y ayuntamientos, sin el impulso decidido que recibieron de cadenas de televisión de gran audiencia que les pusieron en pantalla machaconamente para que pudiesen difundir eficazmente su mercancía venenosa. Y esa promoción intensa y continua no se produjo ni a espaldas ni contra los deseos de La Moncloa, que no hemos nacido ayer.

François Mitterand llevó a cabo una estratagema similar para debilitar a la derecha y asegurarse la presidencia de Francia. De hecho, la invención de Podemos por el estado mayor del Partido Popular ha sido un calco a la inversa de aquella argucia irresponsable. El monstruo entonces creado en nuestro vecino septentrional ha ido engordando con el tiempo y en el calor de la crisis financiera global y de la llegada masiva de refugiados musulmanes ha estado a punto de destruir la Unión Europea y de causar una catástrofe política, económica y social de dimensiones pavorosas. Los experimentos con gaseosa, recomendó el genial Eugenio D´Ors, pero hay desaprensivos que con tal de seguir sentados en la poltrona intentan arriesgadas acrobacias sin red jugando con el bienestar y la estabilidad de una nación y de un continente enteros.

Si los millones de españoles sensatos, laboriosos y honrados que es esfuerzan cada día por mantener nuestra máquina productiva en marcha y nuestra sociedad estable y cohesionada, quieren salvarse de la pinza mortal del populismo liberticida y del separatismo destructor han de comprender que la hora del reformismo ambicioso, riguroso y constructivo no se debe demorar y han de hallar el instrumento político que lo lleve adelante por encima de intereses creados, de pulsiones vengativas y de fatalismos brumosos.

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