Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Alvaro Hernández Blanco

De vez en cuando del otro lado del mundo nos llega una noticia sin importancia verdadera pero con un gran poder sugestivo. Anécdotas como aquel surrealista intento de robo en el que una mujer valerosa habló a su atracador de la providencia divina y lo indujo salir de la tienda con las manos vacías y reconsiderar su vida. Historias recientes como la del vagabundo con la voz que él definía como un regalo de Dios. Hace poco apareció un piano de cola viejo encallado en la bahía de Biscayne, Miami. El instrumento suscitó tanto interés que las autoridades decidieron no quitarlo. Nadie supo desvelar el misterio y la gente comenzó a dar rienda suelta a la imaginación, algunos llegando a la conclusión de que lo habían remolcado hasta ahí unos pelícanos musicales… La verdad, mucho más sosa, salió a la luz; fue obra de un tal Harrington, de dieciséis años, ayudado por… su padre. Los motivos reales siguen siendo algo vagos: nada de magia, ni protestas ni reivindicaciones. Solamente el reto y la diversión (cabe suponer) que implicaría semejante traslado. Desde luego han dado lugar a una estampa poética y evocadora, que lo sería más si la verdad del misterio no hubiese salido a la luz. Pero siendo Harrington, seria difícil resistir tanta atención de los medios. Cuando leí la historia, pensé que podía ser el piano de Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento, protagonista de la estupenda obra Novecento, la leyenda del pianista del océano (Alessandro Baricco). Esta obra, entre la novela, el teatro y la poesia, trata de un prodigioso pianista, tan amedrentado por la dimensión del mundo en tierra firme, que en su vida abandona el barco en que trabaja. Por desgracia, el de Miami no era el piano de Danny Boodmann T.D. Lemon Novecento. Era el de Harrington. Os dejo esta escena de La leyenda del pianista en el océano, film basado en la obra de Baricco. La excepcional banda sonora, del maestro Morricone.
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