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TRIBUNA

Tiempos difíciles

El último episodio, esperado y seguro que no el último, lo vivimos el miércoles con la Presidenta de la Comunidad de Madrid. ¿Casualidad? ¿Fuego amigo? Qui lo sa?

“Tiempos difíciles” es una novela escrita por Charles Dickens y publicada en 1854. En ella se describe la sociedad inglesa de la época, dividida en dos grandes grupos sociales: la clase obrera y la burguesía industrial. También forma parte de la trama del libro la gente del circo, que vive en un mundo aparte y paralelo.

La ironía con la que Dickens critica en la última parte del libro la sociedad de la época bien pudiera extrapolarse al momento actual. Nos bastaría con cambiar mutatis mutandi la revolución industrial por la revolución tecnológica, la clase obrera por la clase media venida a menos por mor de la “nueva economía”, la burguesía industrial provinciana por las élites globales actuales y a la gente del circo por la clase política.

Estaríamos entonces poniendo en contexto lo que ocurre en la actualidad en las democracias occidentales, incapaces de adaptarse al nuevo contexto económico y social derivado del mismo y desangradas por la codicia y la avaricia de sus notables.

Ciñéndonos a nuestro país, los episodios de corrupción destapados en el último mes y relacionados en buena medida con la codicia de los notables, no parece que respondan a hechos casuales. Más bien parecen fruto de una tormenta perfecta cuyo objetivo es provocar la implosión del Estado, es decir, dinamitarlo desde sus entrañas con intenciones en principio oscuras pero que, poco a poco, se van revelando con mayor nitidez. El objetivo perseguido, como es fácil de imaginar, es la consecución del poder a cualquier precio, como ocurre siempre en estos casos.

La situación es propicia para conseguir tan execrable objetivo. Un poder ejecutivo ciego, un poder legislativo tuerto y un poder judicial manco no parecen ofrecer las respuestas sosegadas, rigurosas y contundentes que se necesitan para enfrentarse a las fuerzas que erosionan nuestra democracia. El ejecutivo se enroca en una defensa numantina de lo indefendible ante los numerosos casos de corrupción que salpican al partido que sustenta al Gobierno sin ofrecer respuestas creíbles. El legislativo (es decir, el ejecutivo bis, o casi) se enzarza en luchas estériles que dilatan las necesarias reformas de regeneración que nuestro sistema necesita. Y el poder judicial bastante tiene con contener el fuego amigo y enemigo que le llega en forma de informes de todo tipo, entre los que hay que diferenciar lo mollar, lo molecular y hasta lo nuclear, y con ponerse a buen recaudo de las injerencias provenientes de los otros dos (o uno y medio) poderes del Estado que intentan mutilar o influir en sus actuaciones.

El último episodio, esperado y seguro que no el último, lo vivimos el miércoles con la Presidenta de la Comunidad de Madrid. ¿Casualidad? ¿Fuego amigo? Qui lo sa?

Como podemos aprender de la novela de Dickens, los tiempos difíciles no son patrimonio exclusivo del momento actual ni de las democracias liberales. De hecho, podemos afirmar que la mayoría de las épocas históricas han sido difíciles y el contexto actual no es una excepción. El espejismo del Estado del Bienestar, con algunas de las cosas buenas que trajo, ha propiciado algunos de los problemas con los que hoy nos toca lidiar y aconseja su superación hacia un modelo más depurado que sirva para

contextualizar el nuevo ámbito jurídico, social, político y económico de convivencia entre Sociedad y Estado.

La filosofía utilitarista que Dickens nos muestra en el citado libro moldea las conductas humanas y no precisamente para bien. Si la codicia y la avaricia desangran nuestras democracias, la lucha contra la corrupción que ello conlleva debe continuar. Pero ha de hacerlo de forma ordenada, justa y eficaz, sin intereses espurios que marquen el ritmo de las investigaciones. Tenemos ante nosotros hoy en día un escenario en el que las cúpulas de los poderes del Estado en general y las de los partidos políticos en particular, con la ayuda de las élites económicas, tienen secuestrada a la Sociedad y con sus luchas intestinas pueden provocar la implosión del Estado. Y lo hacen como un juego de tronos para redimensionar su poder y aumentar sus carteras aun a riesgo de debilitar las instituciones, cercenando la esencia de la democracia representativa.

Los desmanes de la revolución industrial y las injusticias sociales que generó provocaron la aparición de modelos políticos nuevos catastróficos que lejos de mejorar la situación de los ciudadanos la empeoró notablemente. Esperemos que en ciento sesenta años hayamos aprendido algo muy importante: en este caldo de cultivo que las cúpulas codiciosas están generando y la revolución tecnológica está fomentando es donde únicamente pueden pescar los partidarios de la denominada democracia participativa y donde sus desastrosas consecuencias pueden llevarnos a una situación aún peor. ¡Que Dios nos coja confesados!

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