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TRIBUNA

Una Francia liberal

Macron supone el tercer intento de recuperar el protagonismo perdido en el eje París-Berlín, de las épocas doradas cuando nada podía hacerse en la UE o en la zona euro sin el visto bueno de Mitterand o Chirac.

Mira por dónde en la misma época que los dos principales países anglosajones se alejan del liberalismo, intentan restringir sus fronteras, se separan de la noción que el comercio mundial no es una suma cero; Francia, el país europeo centralista por excelencia y desconfiado del liberalismo anglosajón -con un todo poderoso estado que domina gran parte aún de su economía creando en la pasada década un fondo público de inversión- decide apostar por el europeísmo y la apertura liberal. La misma Francia que apostó por los estatistas de derecha e izquierda durante dos generaciones, elige ahora para presidente por cinco años a un primerizo, joven y pro globalización. Todos sabemos que no es lo mismo predicar que dar trigo. Macron tiene cinco años que aún no han empezado a correr para ver que va a hacer.

Lo que sí ya ha sucedido es que la Europa continental está dando pasos en dirección distinta a sus tradicionales socios y líderes anglosajones. Casi desde la gran guerra de 1914 y desde luego desde la II guerra mundial el llamado mundo occidental, Europa incluida, se han moldeado ideológicamente por vientos anglosajones. De Gaulle existió sin duda, pero con pocos seguidores. En muy pocos meses hemos tenido Brexit y Trump por un lado; Austria, Holanda  y Francia por otro. Hay quien piensa que los rechazos de la opinión pública  a los dos primeros han ayudado a que se dieran los tres últimos. Lo que sí parece cierto es que una vez más los anglosajones han leído mal el atractivo que la UE tiene para la mayoría de los europeos, incluidos la mitad de los ingleses. Pero también que los europeos continentales creen tener un modelo social, económico y político más eficiente que el anglosajón.

Tasas de participación laboral más altas, que hacen que el desempleo en términos homogéneos sea similar, mayor movilidad social, menores diferencias de renta  medidas por el coeficiente Gini. Es cierto que hay menor crecimiento económico, pero mucho más atractivo para el resto del mundo que ya no solo sueña con emigrar a EE.UU.

Macron supone el tercer intento de recuperar el protagonismo perdido en el eje París-Berlín, de las épocas doradas cuando nada podía hacerse en la UE o en la zona euro sin el visto bueno de Mitterand o Chirac. Tiempos pasados que fueron mejores para la influencia francesa. El primer intento desde la derecha tradicional con Sarkozy capotó en las playas de Douville cuando Merkel impuso decir que los bonos privados tendrían que poner su parte en los recortes; el segundo intento desde la izquierda con Hollande capotó con derrotas internas al plantear un programa socialista de los años 1970 sin llegar a plantear nada a los alemanes; el tercer intento viene desde el centro con Macron, con la alargada sombra del Le Pen anunciando por donde pueden ir las cosas si ahora se vuelve a fracasar.

Aunque no todo depende de las relaciones con Alemania. Francia es un país competitivo al nivel germano por unidad de producto por hora trabajada, que ha sido capaz de resolver el tema de la natalidad cosa que Alemania no ha hecho; sin embargo sus dos déficits -exterior y público- junto con el nivel de deuda pública del 88%, nos dan una participación del sector público en la economía del 56% más de diez punto superior al alemán. Ambos países tienen sindicatos fuertes, pero más belicosos los franceses que desde 1995 acorralan a sus gobiernos periódicamente.

La cogestión alemana evita estos encontronazos. Alemania llevó a cabo su agenda 2000 con Gerard Shroeder a principio de los 2000, que le costó las elecciones a la socialdemocracia y trajo a Angela Merkel, austera pero social junto con el ordoliberalismo de su canciller Schauble.

Los problemas de la crisis del 2010-2013 se han superado en Irlanda , España y Portugal todos ellos con fuertes devaluaciones internas y ganancias considerables de productividad. Italia sigue postrada económicamente una vez más sin política estable y elecciones en 2018, aunque parece que no existe instrumento legal para salirse del euro sin un improbable cambio constitucional. Grecia sigue avanzando, algunos dirán que cavando, hacia el perdón tácito o expreso de su deuda, pero poco más se le puede pedir a un país que después de haber perdido más del 25% de su pib tiene un superávit primario del 4%.

Es el crecimiento estupido que diría Bill Clinton. Francia y todos los demás, sobre todo los países  deudores, necesitan crecimiento para bajar sus dos losas: el desempleo y la deuda en relación al pib. Para esta última requieren también unos intereses por debajo del pib nominal y para lo primero flexibilidad en la salida del mercado laboral, no a la norteamericana sino a la danesa.

En todo caso tensión sindical va a ver y seguramente pronto. Un gran sector público tiene ventajas estabilizadoras pero permite sindicatos tradicionales fuertes. El crecimiento de la zona euro no vendrá de la austeridad, los mercados financian a todos  los países y gracias al BCE a tipos menores que en EEUU, salvo a Grecia.

Lo que se necesita es ahorro que se convierta en inversión, empleo y consumo y ese está en Alemania con más de un 8% de superávit exterior, que en una proporción de cuatro a uno se va a invertir fuera de su mercado. Macron necesita convertir el exceso de ahorro alemán en crecimiento interno de la zona euro, para ello Alemania tiene que cambiar no para hacerse más competitiva como en la agenda 2000, sino más atractiva a la inversión lo cual seguramente no se aprecia como una necesidad interiormente. La segunda tarea europea es quien sustituye a Draghi y para que en 2018. Estos días los parlamentarios holandeses le han abroncado por tener los tipos demasiado bajos para el gusto de sus pensionistas, hace unos mese el propio Schauble le cantaba las cuarenta al presidente del BCE por lo mismo. En la presidencia del BCE ya han estado un holandés, un francés y un italiano. Países grandes euro solo faltan dos, Alemania o España. La ambición francesa es enorme para estos puestos pero al precio de hacer lo que alemanes y holandeses demandan  puede ser muy peligroso incluso para Francia. Macron será decisivo en esa elección en 2018 y el se juega mucho. La vuelta a unos intereses altos demasiado pronto hará imposible seguir bajando los niveles de deuda, lo que los mercados percibiran con rapidez discriminando de manera acorde. Un buen eje París-Madrid sería muy útil.

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