Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

Los problemas de la administración Trump

Es sin duda de celebrar las medidas del gobierno de Donald J. Trump concernientes a la defensa de la vida y a la lucha contra lo políticamente correcto. Acertadas por igual son las medidas que intentan forzar a las grandes multinacionales a fabricar en los EEUU, en vez de forrarse en el extranjerto despidiendo a trabajadores estadounidenses para emplear a la mucho más rentable mano de obra esclava. Ante estas circunstancias, no es de extrañar que los burócratas del Partido Comunista Chino se deshagan en halagos defendiendo la “galaxia Davos” y critiquen el “proteccionismo” de la administración Trump. Cosas de este tipo son las que acaban acercando los comunistas a los liberales occidentales, que olvidan todos sus prejuicios contra las “dictaduras” cuando se trata de hacer negocios.

Pero lo que no está nada claro en la administración Trump, y que puede traer maś de un problema a la propia administración, al pueblo estadounidentse  y al mundo es su política exterior. Más concretamente, a estas alturas no aparecen ni mucho menos claras las líneas que van a definirla. ¿En qué sentido se plantea el problema? Donald J. Trump ganó las elecciones apelando a una “política realista”. Así, era necesario cesar en los compromisos militares asumidos por las administraciones anteriores. Los estadounidenses jamás entendieron –y siguen sin entender- qué hace su país garantizando la defensa de multitud de estados y sosteniendo guerras, directa o indirectamente, en varios continentes a la vez. Esto es el “America First” (entre otras cosas).

Pero este mensaje, básicamente pacifista y realista, coexistió en la campaña con otro mensaje contradictorio que elogiaba el “waterboarding”, defendía los asentamientos israelíes ilegales y abogaba por rescindir el acuerdo de la administración Obama con Irán. Esta contradicción pasó desapercibida porque primó el primer mensaje sobre el segundo pero ahora mismo el problema se plantea claramente porque la administración Trump parece querer perseguir ambos mensajes a la vez. Esto puede abocarle a ser un presidente sin una gran estrategia y, por consecuencia, a generar enormes dosis de confusión entre amigos y enemigos, además de suscitar una creciente hostilidad contra los intereses americanos en el mundo.

De hecho, Trump afirma querer suavizar las sanciones a Rusia mientras Nikki Haley en la ONU dice al mundo que Crimea pertenece a Ucrania. Tampoco parece pronunciarse sobre la necesidad de acabar con la insensata guerra del Yemen, aparentemente a causa del interés por ayudar al aliado Saudí. Además, Trump se ha rodeado de “halcones” en las relaciones con China, Irán e Israel que influencian las decisiones y, en expresión feliz de Michael Brendan Dougherty, por lo menos “polucionan el ambiente informativo”. La semana pasada el gobierno de los EEUU anunció su intención de endurecer las sanciones contra Irán y el consejero Michael Flynn, cuyo odio a Irán raya en lo fanático, atribuyó falsamente a la república islámica, un ataque armado a un barco saudí. Flynn, e indirectamente Trump, contribuyen a acrecentar una crisis con Irán totalmente artificial y de consecuencias terribles e imprevisibles, dado que Irán es, ahora mismo, por capacidad e influencia en la región, un país capaz de hacer saltar el mundo en pedazos. De paso, hay que recordar que Irán tiene importantísimos acuerdos militares y comerciales con... Rusia, con la que Trump ha manifestado en multiples ocasiones su deseo -muy acertado- de llevarse bien y colaborar en la lucha contra el ISIS.

Nada de esto es necesario. Trump no se ha adentrado todavía en una jungla de peligrosas decisiones de las que no pueda salir. De momento es necesario que alguien le haga ver que debe ser fiel a sus promesas electorales y a la confianza que en él ha depositado el pueblo de los Estados Unidos.

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