Diario de Información y Análisis de Intereconomía
Prohibido pisar las flores

Horror al esfuerzo

Medidas suicidas como la que ha tomado el Gobierno demuestran que estamos en manos de irresponsables

El Gobierno ha cedido a la presión de la izquierda y de los sindicatos de enseñanza y ha rebajado aún más los requisitos para obtener la titulación de la ESO. A partir de ahora, un alumno con una calificación inferior a cinco podrá graduarse de Secundaria, es decir, se le certificará un nivel de formación que en realidad no posee. En los años de gobierno del Partido Popular, tanto durante presidencia de José María Aznar como de Mariano Rajoy, se han hecho intentos de mejorar algo la pésima calidad de nuestro sistema educativo en su etapa obligatoria. En ambos casos las correspondientes leyes se elaboraron tarde y sin una adecuada preparación de la opinión pública, muriendo antes de ser aplicadas al perderse las siguientes elecciones o al pasar de mayoría absoluta a minoría mayoritaria. Las fuerzas autodenominadas “progresistas” siempre se han opuesto ferozmente a que en las aulas imperen la búsqueda de la excelencia, el estímulo al esfuerzo, la libertad de los padres para elegir el marco moral orientador de sus hijos, el respeto a la autoridad del profesor, la disciplina y el reconocimiento del mérito. Su tónica permanente ha sido la inclusividad, la igualación a la baja, el adoctrinamiento ideológico, la permisividad y la ausencia de exigencia. El resultado hace años que está a la vista y queda perfectamente reflejado en la nada airosa clasificación que España obtiene en los Informes PISA, invariablemente a la cola de los países de la OECD.

Uno se puede preguntar las razones por las que nuestros partidos de izquierda proceden a debilitar todo lo que pueden la eficacia de la educación, utilizando para ello los métodos más agresivos. Existen en la historia ejemplos de regímenes comunistas que prestaron una especial atención a esta área de la acción de gobierno, caracterizándose, al contrario de lo que ha venido haciendo el PSOE a lo largo de tres décadas, por una severa presión sobre los estudiantes con el fin de que su rendimiento fuera óptimo. No es pues una consecuencia de la filosofía colectivista el transformar la formación de capital humano a cargo del Estado en una fábrica de ignorantes, tiene que haber otra explicación.

En las democracias se alcanza el poder mediante el voto y para conseguirlo se puede recurrir a diferentes caminos. Uno obvio es proponer programas sensatos, gobernar con acierto, incrementar la riqueza de la sociedad, conseguir buenas oportunidades para todos y gestionar con honradez el presupuesto. Esa es la vía que podemos llamar buena. Pero también hay otra, que es la mala, que consiste en halagar las bajas pasiones de la gente, engañarla, prometerle paraísos imaginarios y excitar su odio contra enemigos inventados. Por supuesto, para que triunfe la vía buena es necesario que los votantes tengan un nivel cultural decente, estén correctamente informados y gocen de una capacidad de discernimiento aceptable. Para que la mala alcance el éxito se requiere exactamente lo opuesto, que los ciudadanos sean semianalfabetos fácilmente manipulables, carentes de criterio y presa inmediata de pulsiones primarias. Desde esta perspectiva, es inimaginable que un esperpento como el régimen chavista venezolano pudiera recabar el apoyo popular si no se valiese de la buena fe de millones de personas iletradas. Por consiguiente, una educación de calidad, rigurosa y creadora de verdadero conocimiento, dota a los seres humanos de defensas fuertes frente a la mentira o a la apelación a sus instintos elementales, inmunizándolos contra la demagogia o las utopías pretendidamente salvadoras. De ahí que un proyecto político pueda ser juzgado en gran medida por el grado de importancia que le dé a la educación y por el enfoque con el que la desarrolle.

Es una clamorosa evidencia que una población bien formada, tanto en el aspecto técnico en sus diferentes especialidades como en el de su poso cultural y de su madurez personal en general, es una garantía sólida de prosperidad, estabilidad y seguridad. Hay ejemplos en el mundo de sistemas educativos tremendamente efectivos que cuestan lo mismo o incluso menos por alumno que lo que gastamos aquí y que bastaría copiar para salir del fracaso crónico que nos atenaza en un campo tan vital para ser competitivos a escala global. En un planeta en el que cada vez será más relevante la generación de valor añadido gracias a la innovación y a los avances de la ciencia y la tecnología, medidas suicidas como la que ha tomado el Gobierno de transformar la graduación de la ESO en una farsa, demuestran que estamos en manos de irresponsables y que de seguir así el daño será pronto irreparable.

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