Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Por qué ha ganado el Frente Nacional

El FN es el primer partido entre la clase obrera: un 43% de los trabajadores le vota. También entre los jóvenes de 18 a 24 años.

El Frente Nacional no ganado la primera vuelta de las elecciones regionales en Francia porque de repente un tercio de los franceses se haya vuelto “fascista”. Hace mucho tiempo que el FN no es un tópico partido de “ultraderecha”, por más que el coro mediático, por comodidad y por interés, se empeñe en presentarlo de esa guisa. La obra de Marine Le Pen ha consistido precisamente en propiciar ese giro. Hoy el FN es un partido completamente transversal a las viejas formaciones de izquierda y derecha. Ha sabido dar una respuesta a los problemas creados precisamente por esa izquierda y esa derecha. Y ha identificado como caballos de batalla dos argumentos centrales: por un lado, la pérdida de soberanía económica y política, y por otro, la inmigración descontrolada, con la consiguiente disolución de la identidad nacional. Soberanía e identidad. Son dos apuestas políticas de primera magnitud. 

A ojos de muchos franceses, en efecto, la derecha post-De Gaulle y la izquierda post-Mitterrand aparecen como corresponsables del marasmo que vive Francia: crisis económica bajo los dictados de Bruselas, crisis nacional por el desmantelamiento de la identidad histórica. Es innegable que en Francia, como en España y en cualquier otro país europeo, derecha e izquierda coinciden en considerar inamovible el statu quo de la Europa comunitaria: entrega de poder a las estructuras tecnocráticas de Bruselas y construcción de una no-identidad cosmopolita como modelo artificial de convivencia. Ambos elementos van de la mano y constituyen la atmósfera que respiramos. Pero ambos han entrado en crisis hace años. El FN lo señala con el dedo. Su éxito radica en haber logrado que el mensaje llegue a la sociedad. 

¿Quién vota al FN? 

¿Quién vota al FN? ¿Una colección de reaccionarios xenófobos temerosos de perder sus privilegios? Nada de eso. El FN de Jean-Marie Le Pen en los años 80 era un característico partido de ultraderecha anclado en la temática de posguerra y centrado en el discurso anti-inmigración, pero la hija del fundador y la propia evolución de los acontecimientos han flexibilizado su discurso y, en consecuencia, su proyección social. Según un estudio de Ipsos/Sopra Steria publicado antes de las elecciones sobre una muestra de 8.000 personas, el FN es el primer partido entre la clase obrera: un 43% de los trabajadores le vota. Es también el primer partido entre los jóvenes de 18 a 24 años: un 35% de ellos opta por el FN. En estas elecciones se ha beneficiado de al menos un 12% de viejos votantes de Sarkozy. Y además habría que incluir a un número indeterminado, pero no desdeñable, de inmigrantes de primera generación. Sí, inmigrantes: gentes que llevan treinta o cuarenta años viviendo y trabajando en Francia, perfectamente integrados, completamente franceses de corazón (y de bolsillo), y que ven con hostilidad la inmigración masiva de los últimos diez años, primero porque ha alterado seriamente sus condiciones de vida y además por horror a que se les confunda con los recién llegados. Así pues, reducir el crecimiento del FN a una reacción primaria y visceral contra el integrismo islámico es quedarse en la superficie de las cosas. 

Nunca se insistirá bastante en las graves circunstancias económicas que está viviendo Francia desde hace más de quince años y que en las últimas elecciones están pesando tanto o más que el problema, no menos grave, de la inmigración. Francia es una gran potencia económica: tiene el segundo PIB de la Unión Europea y el quinto del mundo. Pero desde finales de los años 90 el paro ha crecido hasta sobrepasar el 10%, que allí es una cifra intolerable, y hay un porcentaje fijo de asalariados –en torno al 5%- cuya renta está por debajo del nivel de la pobreza. Mientras el precio de las cosas ha crecido exponencialmente desde la entrada en el euro (por ejemplo, la vivienda ha subido más de un 20%), los salarios apenas han aumentado un 3%. El gasto público representa el 57,50% del PIB y la presión fiscal, que crece sin parar, ha llegado el año pasado al 45%. Lo que el francés de a pie se pregunta es cómo ha podido pasar en apenas treinta años del estatuto de potencia económica nacional al de país sin pulso ni perspectivas. Y esto explica sobradamente por qué los obreros y los jóvenes votan FN. 

Sobre este paisaje, la inmigración se ha convertido en un problema acuciante por más que nuestros medios de comunicación se empeñen en ofrecer una imagen distinta. Francia ha sido desde el final de la segunda guerra mundial un país de inmigración porque el sistema republicano ha forzado la integración de los recién llegados y éstos, por su parte, han deseado integrarse, pero todo eso ha cambiado en los últimos quince años por varios motivos. Uno, el aumento exponencial de inmigrantes. Dos, la generosísima política de naturalizaciones, que a la hora de hacer estadísticas oficiales contabiliza como franceses a muchos extranjeros (de hecho, lo más notable de las últimas cifras oficiales del Insee fue la polémica que levantaron). Tres, la pésima política de integración, que en la práctica ha contribuido a construir guetos ajenos a la vida pública nacional. Cuatro, la expansión singular del islamismo: según el Colectivo de Supervisión de la progresión Islámica en Francia, el número de mezquitas en el país ha pasado de 913 en 1985 a 4.591 en 2015. Cinco, la influencia de este crecimiento del islamismo en las segundas y terceras generaciones de emigrantes. Sobre estos asuntos, que son de conocimiento público, las autoridades tienden a maquillar la realidad, pero, finalmente, la verdad sale a la luz, lo cual aumenta la exasperación ciudadana. Es lo que ocurrió, por ejemplo, con los informes policiales que demuestran la conexión entre inmigración y violencia o las cifras ministeriales sobre fracaso escolar, según las cuales dos tercios de los estudiantes que abandonan prematuramente son inmigrantes.

La cuestión de la inmigración, en Francia, se ha convertido en un asunto tabú en los medios oficiales. Pero precisamente por eso bulle de manera tan vehemente en el discurso público. Y el único partido que pone el problema encima de la mesa es el Frente Nacional. 

La reacción del establishment ante las elecciones del domingo ha sido perfectamente previsible: “cordón sanitario republicano”, según la expresión literal de los socialistas. Es decir, la misma receta que el sistema lleva años empleando para aislar al FN. Pero esto ya no cuela porque la crisis no amaina y, lo que es peor, la violencia islamista, el terrorismo y la ola de inmigrantes han venido a darse la mano para crear una atmósfera insoportable. El FN tuvo un 11,4% en las regionales de 2010, subió al 17,9% en las presidenciales de 2012, aún subió más en las europeas de 2014 (24,9%) y en las departamentales del pasado marzo cosechó un 25,2%. Recordemos: después del atentado contra Charlie-Hebdo, el Frente Nacional fue excluido de las manifestaciones institucionales. Resultado: ahora ha ganado las elecciones. 

Ignorar al Frente Nacional o demonizarlo sólo conduce a favorecer su progresión. Porque el Frente Nacional no es la causa del problema, sino su consecuencia. Quien mejor lo ha entendido es Sarkozy. Por eso su primera reacción tras las elecciones ha sido rechazar la propuesta socialista de “cordón sanitario” y, al revés, buscar un acercamiento al electorado del FN. “Comparto vuestra exasperación por ver nuestra identidad en peligro –ha venido a decirles-, pero habéis votado a quien no tiene una respuesta”.

Sólo le ha faltado decir “Yo sí la tengo”. ¿La tiene? Probablemente no, pero ha identificado perfectamente el problema. Y sabe que sólo el Frente Nacional, porque no forma parte del sistema de poder, está en condiciones de enunciarlo y aportar una respuesta. Guste o no.

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