Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

Tiempo de post-verdad, tiempo de grandes mentiras

¿Quién vive realmente en la posverdad? ¿El pueblo que constata la evidencia o las elites que insisten en predicar un discurso cada vez más alejado de la realidad objetiva?

El Diccionario de Oxford ha incluido este año en su repertorio la palabra “post verdad”, que en español, por lo que dicen las autoridades, debe escribirse “posverdad”. ¿De qué se trata? De la atmósfera donde “el que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad”. Por post verdad entienden lo “relativo a circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal”. Como no podía ser menos en un entorno de asfixiante corrección política, el término se ha empleado para describir las circunstancias del Brexit y de la victoria electoral de Trump.

El término “posverdad” no es nuevo, propiamente hablando. Lo inventó en 2004 el sociólogo norteamericano Ralph Keyes en su libro Post-truth. Keyes quería definir así “las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad”. Hasta aquí, la palabra podía vincularse más al mundo de la publicidad o la televisión que a otra cosa. Hace muchos años que la reflexión sobre los medios de comunicación de masas apunta, en términos de denuncia, la creación de una realidad irreal (valga la figura) como característica de este nuevo mundo de la comunicación total. Quien dio dimensión política a la “posverdad” fue, algo más tarde, el también sociólogo Eric Alterman al examinar la supuesta manipulación de la opinión pública por la Administración Bush después del 11-S. Diagnóstico de Alterman: una sociedad en situación de psicosis sería mucho más receptiva a la inoculación de posverdades. Lo que ha hecho el Diccionario de Oxford es cambiar el sujeto de la posverdad: ya no es el poder quien hace creer a los ciudadanos en una realidad inexistente, sino que son éstos los que, descontentos, se rebelan contra el discurso oficial, identificado con el “sentido común” y la “racionalidad”, y crean su propia verdad –su post verdad.

En realidad, vincular la atmósfera de la posverdad con Trump no deja de ser un gesto absolutamente arbitrario. Los votantes de Trump tenían tantas razones objetivas como los de Hillary, por lo menos. También había razones perfectamente objetivas para votar por el Brexit o contra el acuerdo Santos-FARC. Aquí cabría preguntarse por qué la elite progre ha llegado a semejante punto de soberbia intelectual: si el pueblo no piensa “correctamente” –vienen a decirnos-, es porque vive en la mentira, y para no parecer demasiado autoritarios lo llamaremos “posverdad”, que queda mucho más “avanzado”. Últimamente estamos viviendo un fenómeno muy singular, y es que aquella “rebelión de las elites” que Lasch denunciaba en los amos del poder político y económico se ha extendido a los amos del poder mediático y cultural: basta constatar las pasmosas unanimidades de los últimos años en torno a fenómenos como la inmigración descontrolada o el propio caso Trump. ¿Quién vive realmente en la posverdad? ¿El pueblo que constata la evidencia o las elites que insisten en predicar un discurso cada vez más alejado de la circunstancia material objetiva?

Justamente por esto es interesante el término “posverdad”: porque refleja un fenómeno cierto, pero no el que interpreta Oxford, sino exactamente al revés. Es el poder el que, a través de la hegemonía mediática, construye un cierto tipo de verdad incluso si niega las evidencias materiales. Y al pueblo sólo le quedan dos opciones: o creérselo, o buscar fuentes más fidedignas.

En España acabamos de vivir un caso objetivo de “posverdad”: la campaña contra Rita Barberá, de tan traumático final. Durante meses, una tenaz campaña mediática, movida por evidentes intereses políticos, ha convertido a Barberá en el icono de la corrupción. Tan fuerte ha sido la corriente que pocos medios se han resistido a ella. Y tan eficaz ha sido su trabajo que bastaba sacar un micrófono a la calle para constatar su efecto. Ahora bien, miremos los hechos objetivos: el icono de la “corrupción por antonomasia”, la mujer de “trayectoria marcada por la corrupción”, resulta ser una señora a la que se investigaba por la nimiedad de una donación de 1.000 euros supuestamente blanqueados con una devolución de efectivo que, por otro lado, no consta. Es verdad que el PP de Valencia presenta muchos síntomas de corrupción, es verdad que toda la antigua corporación municipal está imputada por irregularidades y es verdad que a ella, como alcaldesa, le correspondía una evidente responsabilidad política, pero estamos hablando de una persona a la que nadie había condenado por nada. ¿No es un tanto desproporcionado identificarla ontológicamente con la corrupción? Sí. No sólo es desproporcionado: es, además, falso mientras no haya hechos objetivos que lo prueben. Máxime cuando, al mismo tiempo, convivimos con desfalcos de un mínimo de 4.000 millones de euros en Cataluña (caso Pujol y derivados), 3.000 millones de euros en los fondos. En ese paisaje, ¿responde a un elemental criterio de verdad escoger a Rita Barberá como icono mediático de la corrupción? No. Pero da lo mismo. Y esa indiferencia es precisamente lo terrible.

Hay una posverdad, sí. Pero no es esa que, como quieren hacernos creer los apóstoles de la corrección política, conduce a la gente a votar “antisistema”, sino aquella otra creada desde el propio sistema para vender su mensaje y afianzar su poder. Los más clásicos lo llamaban “desinformación”. Hoy el imperativo, si queremos una sociedad realmente libre, es trabajar por la reinformación.

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