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El nacimiento de la masonería(I)

300 años de masonería: La Orden en España

De acuerdo a A.M. Claret, España fue el primer país continental en el que se estableció una logia. La fundó el duque de Wharton el 17 de abril de 1728 en el hotel “Tres Flores de Lys” de Madrid; pocos meses más tarde erigiría una segunda en Gibraltar, un año antes de levantar otra en París, de la que sería Gran Maestre.

Fernando Paz
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Suele suponerse que el acta de bautismo de la masonería fue extendida en 1717, pero la verdad es que esta es falsa: sabemos de la existencia de masones en el siglo anterior por varias vías, pero bastaría con que citáramos la conocida querella entre los hermanos de York y los de Londres durante el siglo XVII, que se extenderá a lo largo de un siglo. Sin embargo, los masones insistirán en que sus orígenes no hay que remontarlos más atrás de 1717 ¿Por qué?

Para Menéndez-Manjón y Manuel Guerra, lo más probable es que tratasen de ocultar nada menos que sus orígenes católicos: la masonería había empezado como una organización al servicio de los Estuardo. Y ahora, a comienzos del siglo XVIII, con Jorge I en el trono, los partidarios del príncipe protestante deseaban ocultar su anterior naturaleza y posicionarse como partidarios del rey alemán. Pero, de hecho, el primer iniciado en la masonería de quien tenemos constancia es sir Robert Moray, oficial de la Guardia Escocesa de Luis XIII, y enviado a Inglaterra por el cardenal Richelieu con la esperanza de que obtuviese una alianza contra España. En ese designio fracasó, pero en cambio nos consta que fue admitido en una logia de Newcastle mediado el siglo XVII.

Otros muchos autores retrotraen el nacimiento de la orden a épocas muy anteriores: la edad media, el antiguo Egipto, Babilonia…especulaciones algunas de ellas sin mucha base, pero que sirven para oscurecer sus orígenes. Pues si bien resulta indudable que existieron gremios de constructores que formaron cierto tipo de sociedades más o menos cerradas –y que atesoraban un cierto conocimiento hermético-, establecer un vínculo con lo que más tarde sería la masonería, parece algo arriesgado.

Las dos ramas de la masonería

Digamos en primer lugar que, a partir de siglo XVIII, la masonería se divide en dos ramas principales: la masonería regular anglosajona y la masonería regular continental, la primera de origen inglés y la segunda de origen francés. Es innegable que presentan entre ellas notables diferencias en muchos aspectos, comenzando por sus creencias y terminando por su organización.

La masonería inglesa afirma a un dios supremo y no se entromete en cuestiones políticas o religiosas. En su raíz no es radicalmente incompatible con el cristianismo, aunque sea de un modo muy vago y en su vertiente protestante. En general, no admiten mujeres, si bien en los últimos años esto ha provocado una fuerte polémica entre sus diversas logias y ha propiciado alguna que otra secesión. Tiende a identificarse con el liberalismo, admitiendo incluso un cierto componente conservador.

La segunda, la francesa, es más radical, y afirma la absoluta libertad de conciencia en las cuestiones de creencias religiosas dado que muchos de sus miembros son ateos o agnósticos. Es más específicamente anticristiana. Está, sobre todo, representada por el Gran Oriente de Francia y es una rama de mucha mayor importancia que la anterior. Su posicionamiento político, religioso y filosófico es poco dudoso: se identifica con lo que habitualmente se considera la política progresista, representando muchas veces los sectores más radicales de estas organizaciones.  

La masonería anglosajona está en la tradición liberal que cristalizó en la revolución norteamericana de 1776, mientras que la masonería francesa lo está en la de las revoluciones liberales continentales.

Ambas comparten un designio de secularizar las sociedades y de imponer una vía laicista al humanismo, aunque con distinta intensidad. Y ambas suelen ser patrimonio de clases y grupos sociales pudientes y bien formados intelectualmente. 

La masonería, condenada por la Iglesia 

La Iglesia católica ha condenado la masonería, de forma inequívoca, desde sus comienzos: la primera condena de 1738, del papa Clemente XII, se ha venido reiterando a lo largo de los siglos en numerosas ocasiones, la última en el Sínodo Romano de 1960. Los códigos de Derecho Canónico de 1917 y de 1983 recuerdan la condena a pena de excomunión de aquellos que formen parte de la masonería.  

La masonería es una sociedad secreta -por más que se insista una y otra vez en su carácter "discreto"- más que por su composición y su estructura interna, que también, por el carácter de su actuación en la esfera pública. La masonería ha intentado contrarrestar esa imagen, sobre todo últimamente, mediante las apariciones en medios de comunicación de algunos de sus principales dirigentes: pero la cuestión esencial permanece en cuanto a que muchos de sus miembros ocupan puestos de responsabilidad en órganos de decisión públicos, en los que mantienen su carácter sectario a partir de  vínculos que priorizan la pertenencia a la Institución sobre otras lealtades.  

Esa es la manera en que la masonería ha influido en la historia. Sin duda, su existencia ha sido decisiva. La Europa de 1717 y la de 2017 son muy diferentes, en algunos aspectos hasta el punto de resultar irreconocible la una para la otra. En esa transformación ha jugado un papel decisivo la masonería. 

La Europa cristiana de comienzos del siglo XVIII se ha transformado en la Europa laica de estos comienzos del tercer milenio. Una Europa en la que el laicismo no es una mera formulación de aconfesionalidad, sino la afirmación del deseo de expulsar a la religión del espacio público.

En ese espacio público es donde la masonería ha lanzado sus redes con más éxito; una de sus ideas clave, la relegación del hecho religioso a la esfera puramente privada, se impone de forma creciente. So capa de neutralidad, el carácter  público de la religión se oculta; de hecho, el proceso de secularización ha sido condición necesaria para la Modernidad. Y en todo ello tiene mucho que ver la masonería.   

La fundación en España

De acuerdo a A.M. Claret, España fue el primer país continental en el que se estableció una logia. La fundó el duque de Wharton el 17 de abril de 1728 en el hotel “Tres Flores de Lys” de Madrid; pocos meses más tarde erigiría una segunda en Gibraltar, un año antes de levantar otra en París, de la que sería Gran Maestre.

La orden funcionaría en ambientes militares españoles con notable libertad, al menos hasta la condena papal de 1738; desde entonces proliferarían las denuncias a la Inquisición. La documentación nos muestra cuáles eran los núcleos en que había arraigado con más fuerza: Barcelona, Cádiz y Madrid. Y también que proliferaban las investigaciones –al parecer bastante fundadas- acerca de su infiltración en la Corte, lo que incluía a altos dignatarios eclesiásticos, en pleno reinado de Fernando VI.

Durante el gobierno de este y el posterior de su medio hermano Carlos III, la masonería supo acercarse al trono, teniendo en el conde de Aranda a uno de sus mejores peones (aunque se ha negado su pertenencia a la orden con el discutible argumento de que no queda rastro archivístico de la misma); la expulsión de los jesuitas en febrero de 1767 sería obra de la masonería, que con razón veía en ellos un formidable oponente, y en cuya persecución figuró, de modo muy destacado, Aranda. 

Sin embargo, se ha supuesto que los ilustrados españoles de fines del XVIII militaron en la disciplina masónica, lo que está lejos de ser verdad. El regalismo, que ciertamente contrariaba los intereses de la Iglesia, no tenía una conexión necesaria con la orden, aunque sea cierto que algunos de sus representantes fueran masones. 

La francmasonería continental

La invasión napoleónica de España será causa del establecimiento de las primeras logias de la francmasonería en 1809, bajo el amparo francés. No olvidemos que el de Napoleón fue un régimen genuinamente masónico: la mitad de sus ministros y dos tercios de los altos grados militares pertenecían a la Institución. 

Entre otros, nada menos que el general Murat y el propio rey José Bonaparte ostentaban cargos de altura; el monarca, incluso la condición de Gran Maestre del Gran Oriente de Francia en 1804. La Gran Logia Nacional se levantó en la calle Isabel la Católica de Madrid, en el mismo edificio que hasta entonces había ocupado la Inquisición, ahora abolida. 

Así que fue la entrada francesa en España la que transformó el panorama. En lo sucesivo, las logias españolas serán tributarias de las francesas y mantendrán una posición de subordinación a los intereses de estas. Pero no serán operativas hasta el regreso de Fernando VII a España, tras su prolongado episodio de abyección ante Bonaparte.  

Durante la guerra de Independencia, pueden, sin embargo, hallarse masones a ambos lado de la barricada; masones los hay entre los afrancesados y también en la resistencia frente al invasor. Pero el temor a un entendimiento entre los masones franceses y españoles –más que justificado- llevó a la Junta Suprema Central a prohibir la Institución.

Desde entonces, la característica de la Orden en España será la de una intensa politización. De sus filas saldrá una constante y resuelta oposición al monarca, quien les retribuirá con la más dura de las condenas. Como es natural, los liberales, empapados en masonería, buscarán la ocasión de rebelarse; en enero de 1820, el coronel Riego impondrá el Trienio Liberal, que romperá las relaciones con la Santa Sede y que terminará radicalizando tanto el régimen que la propia masonería será vista como reaccionaria. Acaso algo sorpresivamente, el ejército que pondrá fin al régimen liberal en España –los Cien Mil Hijos de San Luis- estará constituido por significados masones que sirvieron bajo Napoleón.  

La sublevación de Riego había tenido un efecto colateral, acaso decisivo; las tropas con las que dio el pronunciamiento, y con las que vagó durante largas semanas por Andalucía, estaba destinadas a ser embarcadas hacia América a fin de combatir el movimiento independentista contra España. La pérdida de los territorios americanos se hizo, entonces, irreversible.

En manos de masones 

Aunque Fernando VII se resarcirá durante la que más tarde se llamó la década ominosa, a la muerte del rey se vivirá la edad de oro de la masonería en España, entre 1834 y 1843; es decir, el periodo de las regencias, especialmente la de Espartero. Ese primer gobierno masónico propició la matanza de frailes de 1834, acusando a estos de envenenar las fuentes provocando el cólera entre los madrileños.

Los sucesivos gobiernos durante el reinado de Isabel II fueron de mucha menor inspiración masónica, sobre todo los gobiernos moderados, que se prolongaron durante más de una década ante el temor generalizado a los desórdenes que habían sucedido durante los breves gobiernos progresistas.

Entre tanto, surgía una política aún más radicalizada: el francmasón Nicolás María Rivero organizaba el Partido Demócrata con miembros de organizaciones republicanas y del aún algo ingenuo socialismo pre-marxista. Su importancia básica radica en que de allí salieron figuras como Pi y Margall y Castelar, ambos pertenecientes a la orden y futuros protagonistas de la vida pública española. 

Preteridos en la Corte y desacreditados a los ojos de la reina, los progresistas alentaban todo tipo de complots y pronunciamientos, en los que se valían de los militares para cambiar de política. Llegaron a orquestar una organización para promover este tipo de actuaciones: desde el centro, situado en Madrid, dirigía el grupo Gómez Becerra, que contaba con Espartero y Olózaga en Londres, Capaz en Burdeos e Infante en Lisboa. Todos ellos, destacados miembros de la masonería. 

Un régimen masónico

La caída de Isabel II, orquestada por la Orden, acercará de nuevo a los masones al poder a partir de 1868. Tanto Prim como Amadeo de Saboya lo serán, aunque ninguno de los dos tendrá suerte. La Gloriosa inaugurará una desventurada época de inestabilidad en la que los problemas existentes se agudizarán y pocos, si es que alguno, tendrá solución. 

El gobierno provisional producido por la revolución fue una aventura masónica en la que la figura principal fue el general Prim quien, bajo una retórica de acentos radicales, escondía unos propósitos algo más conservadores. En realidad, el nuevo régimen puso todo su empeño en que el aspecto revolucionario no sobrepasara el ámbito político e implicase cambios de tipo socioeconómico. 

El Sexenio “revolucionario” –hoy historiográficamente devenido en “democrático”- representa el momento álgido de la masonería: la culminación de dicho proceso conducirá a la proclamación de la república, con sus cuatro presidentes miembros de la Orden. Durante los años que precedieron a dicho régimen –los del gobierno provisional y los de Amadeo de Saboya-, los acontecimientos de índole masónica se sucedieron: derribo de iglesias sin la más mínima consideración a su valor artístico, e incluso la constitución de un peculiar “grupo espiritista” en el mismísimo Congreso de los Diputados.

Desde el exterior observaban asombrados el deterioro que tenía lugar en el reñidero peninsular. Tras el peculiar episodio de la monarquía de Amadeo (1871-73), los tres presidentes primeros de la república llevaron a España a un callejón sin salida; hubo que nombrar a Castelar, también masón, presidente para detener el proceso de acelerada descomposición política. Castelar, declarado patriota y político algo más resuelto que sus predecesores, empuñó las riendas de la república con decisión, pero sus predecesores en la presidencia conspiraron para expulsarle del poder, lo que consiguieron. Temiendo un retorno a la anterior situación, el 3 de enero de 1874 Pavía entró en el Congreso al mando de un contingente de guardias civiles y soldados, poniendo fin a aquella peligrosa farsa (“un largo e infructuoso periodo de aventuras”, admiten los boletines internos de la Institución).   

Pero el Sexenio dejó la herencia de un anticlericalismo que se convirtió en una obsesión enfermiza para la izquierda burguesa española. 

La restauración borbónica

La Orden apoyaría la Restauración, como recogen sus documentos, pero no apostaría todas sus cartas a ella. Así, mientras Sagasta se convertía en el socio de Cánovas, Ruiz Zorrilla creaba el Partido Republicano Progresista, que rechazaba explícitamente la vía parlamentaria y apelaba al ejército para tomar el poder. En los siguientes años organizaría diversos planes insurreccionales y apoyaría la sublevación de 1886, lo que le valdría la condena a muerte (aunque sería indultado por María Cristina). 

De modo que la Restauración fue en gran parte rehén de la masonería; el Partido Liberal se convirtió en su vehículo de poder y supo mantener el enorme ascendente social que había conseguido: en 1882, según Ferrer Benimelli, 130 senadores y altos funcionarios, más de mil jueces, casi mil cien oficiales y generales del ejército y un sinfín de profesionales liberales y propietarios pertenecían a la masonería. Y, al mismo tiempo, entre los opositores al sistema alfonsino abundaban también los masones. 

Y es que esa fue una de las características de la masonería durante la Restauración: la división entre las logias, que se enfrentaron interminablemente y que obró con más eficacia para limitar la influencia de la Institución que la represión policial. Esta estuvo perfectamente ausente durante la vigencia del sistema canovista, consciente el poder de que era imprescindible el concurso de las logias, columna del partido de Sagasta. 

Uno de los más destacados masones de los años de la Restauración, fue Ferrer y Guardia, de quien se dijo que anduvo entremezclado en el atentado contra Alfonso XIII con motivo de su boda, y también, al parecer, en un intento anterior contra este en París. No faltaba quien le acusaba, por entonces, de haber “inspirado” el asesinato de Cánovas, en 1897. La especie corría no solo por entre sus adversarios, sino por las mismas filas anarquistas. Los antecedentes no le favorecían: había participado en el golpe de Villacampa inspirado por Ruiz Zorrilla, lo que le llevó al exilio.

Sería fusilado por habérsele encontrado responsabilidad en el estallido de la Semana Trágica de Barcelona en 1909. La ejecución de su sentencia de muerte desataría una campaña internacional contra el presidente de gobierno que la firmó, Antonio Maura, pese a que la responsabilidad de Ferrer –aunque quizá se exagerase por parte de los acusadores- era innegable. 

Como asegura Menéndez-Manjón, 1909 inauguró un periodo en el que se produjo un cambio sensible en la masonería. La Orden se vio inundada de pequeño burgueses –que ya habían dado cierto tono a la organización- y por ateneístas que comenzaba a inclinarse de forma indisimulada por la opción golpista y por las tendencias revolucionarias.

Los años inmediatamente anteriores a la dictadura de Primo de Rivera, determinaron el papel que la masonería desempeñaría en la gran crisis nacional de 1931-1939. Un papel protagonista hasta el punto de que la segunda república sería, con toda justicia, considerado como el régimen de la masonería por excelencia.

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