Diario de Información y Análisis de Intereconomía

La herencia de Rajoy

España, después de los cuatro años de Rajoy, es una casa con las cuentas relativamente saneadas, pero con todo lo demás hecho pedazos, e incluso hay quien ha puesto un burdel en el cuarto de los niños.

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Ser presidente de Gobierno no consiste en limitarse a ajustar las cuentas de la casa mientras las goteras perforan los tejados, las ratas infestan los sótanos, los cimientos se desmenuzan por la humedad, el fuego devora el garaje y los ladrones saquean la despensa. Ser presidente del Gobierno obliga a atender a la casa en su conjunto, mejorarla y, terminado el plazo, entregarla al siguiente en las condiciones más óptimas posibles. Exactamente lo contrario de lo que ha hecho Rajoy.

España, después de los cuatro años de Rajoy, es una casa con las cuentas relativamente (sólo relativamente) saneadas, pero con el tejado, los cimientos, los sótanos, la despensa y el garaje hechos pedazos, e incluso hay quien ha puesto un burdel en el cuarto de los niños. Tenemos una región –Cataluña-, en abierta rebelión separatista. Otras dos –País Vasco y Navarra-, que caminan hacia lo mismo. Aun otra –Baleares-, en perpetua ceremonia antiespañola y continua agresión de los derechos ciudadanos. Las tres principales ciudades del país –Madrid, Barcelona y Valencia-, gobernadas por coaliciones de extrema izquierda con claro protagonismo de grupos antisistema. La comunicación audiovisual, literalmente entregada a grupos oligopolísticos que han dado altavoz a ideas disolventes y nihilistas que antes eran extraparlamentarias. La cohesión social, desgarrada en lo económico por el desmantelamiento de las clases medias y en lo político por la ley de memoria histórica. La moral pública, desmenuzada a conciencia por una legislación de origen socialista que el PP no sólo no ha rectificado, sino que ha avalado con entusiasmo. Todo esto lo deja tras de sí un hombre que hace cuatro años tenía mayoría absolutísima en las Cortes y prácticamente todo el poder territorial en su mano. Es, simplemente, un desastre.

Lo más prodigioso es que, incluso con esta evidencia ante los ojos, el contable de la ruinosa mansión, ayer palacio y hoy muladar, insiste en permanecer al frente del negocio. No sólo eso, sino que pretende mantener bajo su pie a un partido al que ha reducido a su mínima expresión vaciándolo de contenido ideológico y poniéndolo bajo el control de una cúpula sin más principios que la conservación del poder (para lo cual, por cierto, tampoco sirve, como claramente ha demostrado). Rajoy no sólo ha agravado la pésima situación nacional que dejó Zapatero, sino que ha desactivado a su propio partido. Una vez más, un desastre.

Va a ser muy difícil salir de aquí. Sobre todo porque, mirando alrededor, la alternativa se dibuja entre el nihilismo pasivo de Rajoy y el nihilismo activo de una coalición radical de izquierdas, es decir, lo malo o lo peor. Pero por algún lado habrá que empezar a cambiar las cosas, y quizás un buen principio sería el propio PP: ese partido, que durante años ha sido la casa común de la derecha social española y la primera fuerza política del país, necesita urgentemente una renovación a fondo. Es prioritario que el PP recupere su identidad, sus principios, sus ideas. Es prioritario que el PP expulse a una cúpula que ha conducido al partido al desastre y a la derecha social al desamparo. Es prioritario que Rajoy se marche. Antes de que la casa, España, se desplome sobre nuestras cabezas.

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