Diario de Información y Análisis de Intereconomía
EL RASTRO DE LA INTERVENCIÓN ARMADA

Esclavos sexuales y mafias: la realidad de la Libia postrevolucionaria

Arturo García
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 Occidente alentó y financió movimientos "revolucionarios" por Oriente Medio y Próximo sin valorar las consecuencias posteriores. Cinco años después de la muerte de Gadafi, no queda ni rastro de aquel país que un día se llamó Libia.

"200 euros los más débiles, los otros te los dejo en 500". Secuestrados y vendidos como esclavos, este es el destino final de muchas de las personas que llegan a la zona para cruzar el mar Mediterráneo atraídas por las ofertas de las mafias migratorias que operan con total libertad en aquel país que un día se llamó Libia, hoy convertido en una extensión de terreno sin orden ni gobierno.

(El exlíder libio Muammar Gadafi)

Un informe de la Organización Internacional de las Migraciones, agencia que pertenece a las Naciones Unidas, alertó de la existencia de “mercados de esclavos” en Libia, donde se “venden como mercancía” inmigrantes indocumentados y refugiados que llegan desde los países subsaharianos.

“Lo que nos preocupa es que los migrantes son vendidos. Vender seres humanos se ha convertido en una tendencia entre traficantes a medida que las redes de las mafias se han reforzado cada vez más en Libia”, señaló en rueda de prensa el jefe de misión de la OIM para ese país, Othman Belbesi.

Conviene, no obstante, echar la vista atrás para entender la situación en Libia y la responsabilidad de diferentes organismos internacionales -incluida la propia ONU-.

La intervención en Siria

En octubre de 2011, el exlíder libio Muamar Gadafi fue capturado y golpeado hasta la muerte por una turba de rebeldes después de que un ataque aéreo de la OTAN acabara con su caravana fuera de su ciudad natal de Sirte.

Al día siguiente, su cadáver, cubierto de sangre, fue trasladado a Misrata, donde fue expuesto durante casi cuatro días en un refrigerador industrial. Mientras tanto, las imágenes de su cuerpo daban la vuelta al mundo con especial repercusión en Estados Unidos, país que encabezó la campaña aérea de la OTAN para expulsar a Gadafi del poder.

Los líderes occidentales, sobre todo de Francia y Reino Unido, aplaudieron su muerte y la "nueva página" que se abría en la vida del país, mientras que la entonces secretaria de Estado de EE.UU., Hillary Clinton, afirmó al respecto en tono de mofa: "Venimos, vimos y él murió".

(Hillary Clinton durante un debate electoral)

Más de cinco años después, la percepción parece haber cambiado: en abril de 2016, el por aquel entonces presidente de EE.UU., Barack Obama, admitió que su mayor fracaso como presidente fue no pensar en las consecuencias de la intervención en Libia, después de la cual el país se vio sumido en el caos.

Obama, con la inestimable ayuda de Clinton, se dedicó entonces a armar y financiar a decenas de grupos rebeldes, que después se han agrupado en clanes y han reclamado el poder en el país. Un escenario muy similar hubiera tenido lugar en Siria si finalmente hubiera caído el régimen de Bashar Al Assad.

"Mi peor error fue no planificar el día de después de la intervención en Libia, cosa que creo que había que hacer", afirmó Obama en una entrevista para Fox News.

Ausencia de soluciones

Aunque la ONU alertó de la situación que se vive en el país, las soluciones no terminan de llegar. La solución del órgano supranacional ha pasado siempre por exigir a las naciones europeas la acogida masiva de personas, en lugar de buscar algún tipo de medida para que aquellos que un día se vieron afectados por la intervención armada occidental puedan regresar a sus casas.

Lejos de buscar solución a la crisis migratoria dentro del propio país, la ONU apostó por abrir las fronteras para una oleada masiva de inmigración. "Es inevitable. La evolución de la población es muy predecible, los comportamientos de mortandad apenas variarán y es poco probable que se produzcan cambios en la natalidad en Europa o Asia", aseguró Joseph Chamie, director de la División de Población, en declaraciones a El País.

La ONU obvió, una vez más, la identidad cultural de cada país. Si algo ha quedado demostrado en la actual crisis de refugiados es que las naciones europeas no están preparadas para la acogida masiva de personas. Por no hablar de los innumerables incidentes que se han producido por las diferencias culturales o la falta de adaptación.

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