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sufrimiento, penuria, compasión y padecimiento

La fascinante historia de San Patricio

Sus señas son inconfundibles: gorros verdes, tréboles y duendes. Pero pocos conocen que detrás del mito se encuentra un legado excepcional para el cristianismo.

Ana B. Nieto
Tradicional desfile para conmemorar el día de San Patricio
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Sus señas son inconfundibles: enormes gorros verdes con barbas postizas, tréboles de tres y hasta de cuatro hojas, duendecillos traviesos y mucha, mucha cerveza. La noche del lunes al martes la Cibeles se viste de luces verdes, los pubs abren la barra y la música celta brota como un alegre torrente. Es San Patricio y todos lo sabemos. Pero, habitualmente, no sabemos más que eso.

​La historia de Patricio es tan desconocida como fascinante y para acercarnos a ella tenemos que retroceder en las nieblas del tiempo hasta un lugar salvaje, donde la leyenda aún es posible, en la frontera entre el mundo celta y el medieval. 

​Nacido en algún lugar de Gales, en la Britania romanizada, como buen ciudadano romano tenía tres nombres: Succetus Magonus Patricius, hijo de un decurión y nieto de sacerdote. Los detalles de su vida nobiliaria los conocemos por los dos escritos autobiográficos que dejó para la Historia: su Confesión y la Carta a los soldados de Corotico.

​En su lujosa villa rodeada de tierras es donde comienza su historia, la de un adolescente despreocupado que no creía verdaderamente en Dios y cuya principal ocupación era pasárselo bien. Hasta que una noche, aprovechando que sus padres están ausentes, unos piratas irlandeses asaltan la villa y capturan a todos los jóvenes, mujeres y niños que encuentran.

Seis años de esclavitud son suficientes para abrir los ojos al joven Patricio: al sufrimiento y la penuria, a la compasión y los padecimientos no solo de sí mismo, sino de toda la humanidad. Al sexto año de calvario, de llevar ovejas y piaras de cerdos, Patricio reúne el valor suficiente y se lanza a lo impensable: la fuga. El épico viaje está lleno de peligros: tiene que recorrer la isla entera de norte a sur, sin comida, llevando la marca del esclavo (la cabeza rapada). Más de 300 kilómetros hasta alcanzar la costa.

​Sabemos que lo consiguió. Que lo puso por escrito, dejándonos un documento histórico excepcional, equivalente al de esos "12 años de esclavitud" que valió su peso en Óscars el año pasado. Son muy pocos los esclavos fugados que viven para contarlo.

​Pero aún hay más. La historia todavía puede dar una última vuelta y hacerse, si cabe, más extraordinaria. Tras el regreso al hogar, como una especie de resucitado, Patricio ya no es el mismo. Ya no puede retomar el hilo de su vida, que se ha vuelto del revés. Como los grandes héroes, vuelve transformado y es incapaz de llevar una vida normal. Tiene que hacer algo para que su dolor no se perpetúe en otros. Lleva en su interior la chispa de los que creen que pueden cambiar el mundo.

​Patricio estudia y se esfuerza, llega a ser sacerdote y más adelante obispo. Renuncia a su casa y a sus privilegios, a su carrera política y a su Hacienda. Su destino, su misión, está en Irlanda.

​El resto ya lo conocemos, más por la leyenda que por la Historia: el trébol de la Trinidad, las serpientes huyendo de él, la lucha con los druidas, fuego contra fuego... e incluso los milagros. Unos milagros que, en este caso, no son necesarios pues la propia vida de Patricio es testigo suficiente de su santidad. 

​Cuando celebramos San Patricio estamos celebrando el perdón con mayúsculas, el de alguien que llevó hasta el extremo lo de poner la otra mejilla. El de un hombre que regresó a quienes le habían maltratado con la intención de salvarles, de liberarles del pecado, que él consideraba la peor esclavitud. Su legado dentro del cristianismo es, como en aquella canción de U2, un "fuego inolvidable".

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Ana B. Nieto es autora de "La huella blanca" y "Los hijos del caballo", novelas ambientadas en la Irlanda celta donde se cuenta la historia de san Patricio y de la familia que le captura. Más información en www.lahuellablanca.com

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