Diario de Información y Análisis de Intereconomía
DONDE NO HAY LEY QUE VALGA

‘No go zones’, los territorios prohibidos de Europa

Las célebres 'no go zones', barrios, a veces pueblos o ciudades enteras, en los que la policía no pone un pie, las ambulancias se niegan a internarse sin escolta y la autoridad del Estado brilla por su ausencia.

Carlos Esteban / Gaceta.es
0
comentarios

Uno de los titulares más escalofriantes y significativos sobre la espantosa masacre en París hacía referencia a uno de los terroristas, procedente de Molenbeek, un barrio de Bruselas "que las autoridades no controlan". No es exageración del periodista, sino declaración explícita del propio ministro del Interior belga, Jan Jambon.

Ese es el problema de Europa, su campo de batalla, que no está en el remoto desierto sirio. Y esa es la razón por la que desespero de que nuestros líderes estén a la altura del reto al que se enfrentan. Hollande ha declarado, solemne, que Francia está en guerra, y 48 horas después del atentado aviones franceses bombardeaban Raqa, la capital del autodenominado Califato. Pero solo un día después anunciaba el presidente que "la vida sigue" y que Francia se disponía a acoger 30.000 'refugiados' 'sirios'.

Occidente no va a aprender las lecciones más importantes, sencillamente porque ni siquiera se atreve a reconocerse a sí mismo. Lo que paraliza a las sociedades occidentales frente a la amenaza más grave a la que se enfrentan es que admitir el problema supondría renunciar a algunos de los mitos que nuestras élites más se han esforzado por meternos en la cabeza y convertirlos en dogmas incuestionables.

Por ejemplo, que todas las culturas son iguales. Por ejemplo, que la diversidad es nuestra fuerza y la multiculturalidad es un valor precioso. Pero lo que ellos llaman 'diversidad' se resuelve en una sociedad dividida en guetos y tribus, sin apenas nada en común y con el Estado como árbitro entre culturas que desconfían las unas de las otras. Y la multiculturalidad, la convivencia forzada bajo los mismos gobernantes de pueblos con tradiciones y valores diferentes, ha sido históricamente causa de conflictos enquistados durante siglos.

Y la verdad sobre el Islam es que en más de mil años, decenas de pueblos, Estados e imperios han tratado de convivir con él en vano. No se trata de apelar a nuestro amigo Ahmed, el de la frutería, un tipo estupendo, incapaz de hacer daño a una mosca, o de alegar que la abrumadora mayoría de los musulmanes no son terroristas ni radicales. Naturalmente, o Europa sería ya campo de batalla abierta. Pero los fenómenos sociales no se estudian con anécdotas. La historia y la geografía es mucho más útil en este sentido, comprobar qué problemas tienen los cristianos de Siria, Irak, Paquistán o Egipto con los musulmanes, los hindúes de la India o Bangladesh con los musulmanes, los budistas de Myanmar o Tailandia con los musulmanes. 

Sería ridículamente injusto negar los esfuerzos realizados por la sociedades occidentales por integrar a sus minorías musulmanas, y sin embargo en Francia los musulmanes, que representan entre el 7% y el 8% de la población, copan el 70% de la población reclusa. Racismo institucional, naturalmente, será la respuesta estándar del progresista inasequible al desaliento. Les hemos fallado, como afirmó recientemente el podemita Miguel Urbán. Pero si la Francia de Hollande es un país tan espantosamente racista para lograr esa disparidad estadística, entonces el problema es insoluble, no hay nada que hacer.

Naturalmente, es imposible que el mero 'racismo' de un régimen tan progresista y abierto como el francés pueda explicar esas cifras. Pero lo que define en absoluto el fracaso de los gobiernos occidentales, su sucio secreto cuando se habla del Islam en Europa, es la proliferación de esos enclaves que, como Moleenbek, "las autoridades no controlan". Cuando un Estado ha perdido el control efectivo de un trozo de su territorio, donde sus leyes se incumplen rutinariamente y los propios vecinos o sus representantes espontáneos imponen su ley frente a las autoridades, ese Estado tiene el enemigo en casa, lo reconozca o no.

Son las célebres 'no go zones', barrios, a veces pueblos o ciudades enteras, donde no entra la policía, donde las ambulancias se niegan a internarse sin escolta, donde, en la práctica, la ley general no se aplica. Hace unos meses, el alcalde de París amenazó con querellarse con la cadena norteamericana Fox por un reportaje sobre las banlieues en las que se hacían afirmaciones en este sentido. Y, sí, es probable que el periodista exagerase en tal o cual detalle de la presencia de las autoridades y, sí, es posible que alguna vez la policía, armada hasta los dientes, haya entrado en la población tachada de no go zones. En Francia tienen un eufemístico nombre oficial: ZUS, Zonas Urbanas Sensibles.

Porque las no go zones no solo existen, sino que proliferan. En el caso francés, todos recordamos las terribles imágenes de la revuelta de las banlieues, cuando las ciudades dormitorio en torno a París vivieron una semana de motines, incendios y vandalismo generalizado que dieron a Nicolas Sarkozy una popularidad inusitada al denominar "racaille", chusma, a los amotinados. Pero es que, por lo demás, los testimonios son abrumadores.

El prestigioso islamista Fabrice Balanche, de la Universidad de Lyon, admitió recientemente en Radio Télévision Suisse que "en Francia hay zonas como Roubaix, como el norte de Marsella, donde la policía no pone un pie, donde la autoridad del Estado brilla por su ausencia, donde se han creado miniestados islámicos". El escritor y periodista de origen argelino Éric Zemmour va más allá en declaraciones a la cadena BFM TV: "Hay lugares en Francia hoy, especialmente en los suburbios, donde uno no está realmente en Francia. Los salafíes están islamizando algunos barrios y ciudades-dormitorio. En estos barrios, lo que hay no es Francia, es una república islámica".

Incluso el alcalde socialista de Amiens, Gilles Demailly, se ha referido al distrito de Fafet-Brossolette de su ciudad como una "no-go zone" donde "es imposible que te traigan una pizza a casa o que venga un médico". Marsella está a no mucho de convertirse en la primera gran ciudad 'prohibida' en este sentido, como demostró el Gobierno al desplegar un verdadero ejército de antidisturbios para enfrentarse a bandas musulmanes rivales. Las noticias que llegaban del suceso usaban el lenguaje bélico, hablaban de territorios "reconquistados", de "frente".

Seine-Saint-Denis, donde se produjo ayer la megarredada policial que se saldó con la muerte de dos terroristas implicados en los ataques del pasado viernes, está dividido en 40 distritos administrativos, 36 de los cuales figuran en la lista oficial de ZUS del Gobierno francés.

En Suecia, paraíso de la multiculturalidad, abundan estas zonas. Amplias áreas residenciales se están convirtiendo en enclaves donde la ley sueca no pinta nada, controlados por extensos clanes familiares. Uno de los más famosos es el gueto de inmigrantes de Rosengård, en Malmö, la segunda ciudad de Suecia, donde este verano tuvo que entrar la policía para mediar en un tiroteo entre dos bandas. Jacob Ekström, agente de policía local, declaró al diario danés Den Korte Avis: "Estamos perdiendo el control. El último banco que había aquí cerró después de que entrara un cohete. La farmacia la han asaltado tantas veces que ha tenido que echar el cierre. También se ha ido la aseguradora. La policía, las ambulancias y los bomberos son siempre recibidos a pedradas". 

Pese a las censuras oficiales, la Policía Nacional se hartó de tanto ocultismo el verano pasado y redactó un informe con un listado de las 55 'no-go zones' que existen en 22 ciudades suecas. "Son áreas donde la ley sueca ya no existe", resume el periodista Lars Korsell.

Alemania presumía de carecer de estos horrores, pero su tiempo de gracia podría haber terminado, al decir del semanario Der Spiegel. Niveles cada vez mayor de violencia criminal por parte de inmigrantes de Oriente Medio y los Balcanes están convirtiendo barrios de de la ciudad industrial de Duisberg en 'pueblos sin ley', según un informe confidencial de la policía a que ha tenido acceso el semanario. El informe, elaborado en la sede de la policía del Land más poblado de Alemania, Renania-Westfalia, advierte que el Gobierno está perdiendo el control y que la capacidad de la policía para mantener el orden "no puede garantizarse a largo plazo".

Sostiene Der Spiegel: "Hay distritos donde bandas de inmigrantes se han hecho con trenes enteros de metro para su uso personal. Se intimida y silencia a los residentes y comerciantes nativos". Uno entiende que la llegada de un millón de inmigrantes más este año procedentes del Tercer Mundo no entusiasme al votante alemán y que haya puesto en un grave aprieto político a su canciller, Angela Merkel. Alemania es el país con mayor población inmigrante y el segundo en población musulmana.

También en Gran Bretaña amplias zonas se están convirtiendo en 'ciudades prohibidas' para la policía porque las comunidades de origen extraeuropeo operan sus propios sistemas de justicia, según fuentes de la policía. El auge de la 'justicia comunitaria' hace que delitos graves como homicidios o violaciones no se denuncien. Los crímenes de honor, la mutilación genital y la violencia doméstica son crímenes que rara vez llegan siquiera a conocimieto de la policía. 

 

Según fuentes policiales en declaraciones al diario británico Daily Mail, "hay algunas comunidades nacidas bajo otros cielos que no recurren nunca a la policía. Me resisto a especificar de qué comunidades hablo, pero son culturas que prefieren llevar a cabo ellos mismos sus propias tareas policiales. Hay ciudades en las Midlands donde la policía nunca va porque nunca la llaman". 

Publicidad
Publicidad