Diario de Información y Análisis de Intereconomía

La Jihad “stealth”

La población europea está más sensibilizada que nunca antes en relación a la amenaza del terrorismo islámico. Ahí quedará para la Historia la declaración del Presidente Hollande de “Francia está en guerra”.

Rafael L. Bardají
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Pocos ignoran ya en esta parte del mundo el significado de las banderas negras del Estado Islámico: sumisión o muerte. Pero muchos siguen viendo el terrorismo como actos de violencia inexorablemente ligados a coches bombas, suicidas con cinturones o chalecos explosivos y ataques con fusiles de asalto, como el tristemente famoso Kalashnikov AK-47. Aceptar que el terror no está ligado a las armas empleadas en sus atentados y que cualquier cosa puede valer para los propósitos Con todo, hoy sabemos que las Torres Gemelas cayeron por el impacto de sendos aviones comerciales y que osivos y ataues con fude un terrorista, es ya más complicado. Con todo, hoy sabemos que las Torres Gemelas cayeron por el impacto de sendos aviones comerciales y que tanto en Niza como en Berlín fueron camiones las armas empleadas por los jihadistas. Como han sido cuchillos, coches y más camiones los utilizados por los palestinos para atentar contra israelíes en el último año y medio, no lo olvidemos.

En cualquier caso, hoy la población europea está más sensibilizada que nunca antes en relación a la amenaza del terrorismo islámico. Ahí quedará para la Historia la declaración del Presidente Hollande de “Francia está en guerra”.

Desgraciadamente, la amenaza islamista no se limita a los aspectos armados y al Estado Islámico. Si sólo fuera así, sería fácil de combatir. Y no lo es. Durante años a los occidentales nos ha gustado creer que el término jihad definía una lucha interior, de superación personal de todo buen musulmán. Al fin y al cabo, se nos ha repetido hasta la saciedad, el Islam es una religión de paz. Ahora sabemos sangrientamente que la jihad tiene otro sentido completamente diferente, el de una guerra santa llevada a cabo para someternos.

Lamentablemente si nos quedáramos únicamente con esta otra interpretación, seguiríamos sin entender el alcance real de la amenaza que nos acecha. Porque además de la bélica, hay más jihads. Y no por menos violentas no conducen al mismo punto, la sumisión de los infieles, a saber, todos aquellos que no creemos en las enseñanzas del Islam.

Sin tener que decir que el Islam es el problema, lo cierto es que hay una jihad que se esconde y parapeta tras la cortina de la religión. Y por eso es tan difícil de desenmascarar. Todo intento de denunciarla es rápidamente acallado como islamofobia y las banderas blancas que rápidamente ondean los buenistas. Pero no por no nombrar la realidad ésta deja de existir.

Y hay que decirlo alto y claro: hay una jihad que toma la forma de guerra cultural. Que no recurre a explosivos y actos de terrorismo, pero que avanza ocupando espacios sociales que quedan cerrados para los occidentales y su forma de vida. Uno de ellos es, sin duda, el tema de las vestimentas de las mujeres. A más burkinis, menos bikinis. Otro, el de las comidas. Las múltiples demandas para que se retire el cerdo de los menús escolares u otras instituciones públicas, por ejemplo.

No se trata de opciones individuales. La repetición de ciertas conductas (que si fueran propuestas por los occidentales serían catalogadas inmediatamente de degradantes y retrógradas), no se circunscribe a quien las realiza, sino que extiende silenciosamente un manto de intolerancia hacia el resto de comportamientos, nuestros hábitos. Ahí quedan las miles de agresiones sexuales que se están produciendo en Europa y su justificación por el atuendo “provocativo” de nuestras hijas, hermanas y mujeres.

Aún peor, el temor a que la denuncia de esta “ocupación cultural” provoque más fricción social o violencia por parte de las minorías musulmanas lleva a que las autoridades políticas, policiales y los medios de comunicación callen. Y callen lapidariamente. Sólo el silencio de los corderos puede explicar que en Francia se occidentalicen los nombres de los asaltantes y criminales de origen musulmán o que en Alemania la policía se niegue a revelar los nombres completos de los musulmanes detenidos, rebajándoles a asépticas siglas.

Esta “jihad invisible” es tan peligrosa, o más, que la jihad violenta a la que nos henos acostumbrado. Y no se trata de una cuestión demográfica. Esa una cuestión social y cultural. La izquierda europea ha sido enormemente exitosa en expandir el sentimiento de culpa y en el repudio de nuestros valores más básicos y esenciales. Mientras que la derecha, inspirada en el catolicismo, parece dispuesta a poner la otra mejilla y a creer que con el diálogo se puede convencer a nuestros enemigos. ¡Que se lo cuenten desde el Vaticano de Francisco I a los cristianos del Oriente Medio!.

La reciente condena del líder holandés Geert Wilder por incitación al odio racial al haber afirmado que en Holanda sobran marroquíes es una prueba más de la actitud suicida de las instituciones europeas, ya de izquierdas o de derechas. Hay unas políticas institucionales que se niegan a mirar de frente a la realidad y a lo que está sucediendo. Cuando el gasto social para los emigrantes en España alcanza lo que nos gastamos en Defensa sin que nadie se lleve las manos a la cabeza, hay un grave problema. Y no sólo entre nuestra población, sino, sobre todo, entre nuestros dirigentes.

Y no se trata ya de un asunto de corrección política. Es un problema de supervivencia. Simple y llanamente. Cuando no valoramos lo que nos distingue de ellos, cuando no queremos defender la civilización que nos ha creado, cuando nos volvemos ciegos voluntariamente al auge del islamismo político en nuestro suelo, estamos sentenciando la civilización judeo-cristiana y allanando el camino para que Europa pase a ser una provincia más del Califato. Es cuestión de tiempo.

La gran traición de nuestros líderes hacia Europa, hacia nosotros, es la negación de ver y explicar el reto y el riesgo que representa el islamismo para nuestro futuro. Porque ese futuro se está jugando hoy, en nuestras calles y espacios públicos. No es una cuestión solamente de terrorismo, es todo un asalto callado a nuestra forma de vida, a nuestras creencias y a nuestra libertad. Ya va siendo hora de que alguien con coraje nos lo diga.

 

 

 

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