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Análisis a la Francia en elecciones

La lucha de civilizaciones o el 'efecto Marine'

Fernando Paz
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Desde el principio, algo de más ha tenido Marine; mientras que otros –de entre los sospechosos habituales- apenas le merecían a la prensa el habitual desdén juguetón, ella siempre suscitaba un genuino escalofrío en las espaldas biempensantes.  

Hasta no hace mucho tiempo, sin embargo, parecía haber dos cosas claras al respecto de Marine: una, que ganaría la primera vuelta de las presidenciales francesas; otra, que perdería la segunda. 

Una jugada socialista

En realidad, el sistema electoral francés, más que sistema y más que electoral, es francés; o sea, diseñado para insinuar más que para mostrar, permitiendo el devaneo a unas minorías que jamás alcanzarían el poder. Cualquier cosa, frente a la coriácea resistencia de los mandarines, terminaría por desvanecerse casi antes que después. 

La idea fue de Mitterrand: reformar la ley electoral para restarle votos a la derecha potenciando al Frente Nacional. Anticipando la operación que, casi tres décadas más tarde, llevaría a cabo el gobierno de su vecino del sur con Podemos para fragmentar a la izquierda, Mitterrand paseó a los miembros del Frente Nacional por las televisiones una y otra vez hasta erosionar y dividir el sufragio conservador. Aunque en un principio el FN pareció cumplir con su cometido, el FN terminó fagocitando el voto obrero y el de los desempleados, y relegando al otrora poderoso Partido Comunista a las catacumbas.  

Llegó Marine

Durante décadas, Jean Marie Le Pen dirigió el Front National con mano de hierro. Aunque ascendía en las encuestas y sumaba votos en cada ocasión en que los franceses iban a las urnas, su techo estaba cantado: el 18% de las presidenciales de 2002, en que pasó a segunda ronda. A raíz de esos comicios comenzó, inevitablemente, su declive.

Cuando casi diez años más tarde cedió la presidencia del partido a su hija Marine, no parecía haber razones para pensar que las cosas iban a cambiar de forma sustancial. Los partidos liberal-conservadores y socialistas podían respirar tranquilos: todo estaba atado y bien atado. Lo que iban a tener enfrente cumpliría los requisitos esperados: seguiría siendo algo tirando a grotesco, con un toque populista, que lograse sumar a unos comerciantes asustados, a unos cuantos ancianos temerosos y a grupos de jóvenes airados y sin futuro, todo lo más. 

Pero Marine rompió con todo eso. Le dio un giro al discurso, normalizó el partido, se dirigió a sectores sociales hasta entonces ignorados y, desde entonces, ha liderado con enorme facilidad a la opinión pública en Francia: hace ya mucho tiempo que en Francia no hay más debates políticos que los planteados por el Frente Nacional.

Los tiempos han cambiado

Incluso su padre, Jean Marie, tuvo que salir del partido ante su empecinamiento en sostener ciertas posturas que perjudicaban el discurso del partido y lo marginalizaban. Marine estaba dispuesta a todo con tal de romper las propias limitaciones. 

Los tiempos habían cambiado. Comprendió lo que mucha gente había barruntado instintivamente: el FN es el partido de las víctimas, de los desheredados, de los perdedores. Y Marine es el ángel guardián del “Uomo Qualunque”, del hombre común, del hombre cualquiera. 

Se trate de la inseguridad, de la violencia o de la miseria, ha sabido construir un relato que explica todas las carencias en función de los problemas de identidad. Sabe que los miedos que hoy recorren la sociedad francesa solo son caras de una misma moneda, la del abandono del pueblo por parte de una oligarquía que ha vendido Francia a la voracidad mundialista. 

Hace mucho que dejó atrás el voto de protesta. Quienes hoy votan al Front National no lo hacen para castigar a quienes odian por haberles arruinado, por haber destruido la Francia de su juventud. No es un voto melancólico; hoy, es un voto de esperanza, de ilusión, que aspira a castigar –desde luego que sí- a ese sistema corrupto que ha vendido el país a la eurocracia, pero que está convencido de que Marine es lo que más conviene a Francia. 

Es innegable que, como en cualquier otro caso de apoyo político, las razones para votar una determinada opción son difíciles de concretar. Hay muchas y variadas. Pero en el caso del FN no cabe duda de que sus más pertinaces votantes se reclutan entre los perdedores de ese proceso de globalización que tiene hechizadas a las élites, pero que está arruinando a los asalariados en toda Europa: los trabajadores afectados por la deslocalización empresarial y por el desmantelamiento industrial, que hoy son vistos como una rémora para el encaje del país en el mundo, y también una buena parte de esa juventud que carece de toda perspectiva. 

Un apoyo transversal

El 75% de los franceses considera que hay demasiados extranjeros. Cierto que una cosa es eso y otra que ese sea un factor determinante a la hora de expresar el voto. Al final, las razones de cada cual para depositar la papeleta en la urna son complejas.

Pero pocas dudas caben de que se trata de un importante factor coadyuvante a la hora de que el casi el 38% de los desempleados voten a Le Pen, y de que también lo haga el 30% de los hogares con bajos ingresos, el 37% de las personas con menor nivel educativo y el 31% de los jóvenes. Hoy, el Frente Nacional es, con diferencia, el principal partido de los jóvenes. Y los parados no disminuyen sino que, al contrario, está previsto que aumenten en los siguientes años.  

El FN ha hecho girar su política sobre el eje de la soberanía política. En el caso galo esto se refiere, básicamente, a la defensa de la identidad francesa frente a Bruselas y también frente a Washington. Este último posicionamiento ayuda a hacer creíble la pregonada idea de que Marine es la legítima heredera del gaullismo: soberanía y protección social frente a las políticas globalizadoras, recuperación de la dignidad nacional y recobro contra el derrumbamiento moral que su partido personifica en el matrimonio homosexual. Eso lo dice una mujer, una mujer –que es madre y divorciada- que enfatiza su condición femenina porque sabe que entre las mujeres su partido tenía uno de sus puntos débiles. Algo que últimamente está subsanando y que es un prometedor vivero de apoyos.

Es la civilización, idiotas.

Precisamente por ser mujer, la defensa de las libertades que pregona Marine Le Pen resulta, para muchos franceses, perfectamente creíble. Una defensa de la libertad que no es una razón ideológica, sino civilizatoria. Una defensa de esa libertad esencial que no pone en peligro sino el fundamentalismo islámico y que personifica, mejor que nada, el trato que este tributa a la mujer. Porque, aunque los medios proscriban toda referencia al carácter islámico de los brutales crímenes que estos cometen por toda Europa, toda Francia –y toda Europa- sabe perfectamente quiénes los perpetran. 

En el mensaje que ha grabado para la campaña, Marine insiste –sin estridencias pero con firmeza- en el orgullo de pertenecer a una de las grandes naciones del mundo, lo que es irrefutable: Francia lo es. No es nada de lo que los franceses no estén avisados. Pero Marine no solo lo expone como un dato objetivo, sino que lo interioriza. La nación milenaria, cuyo dolor siente como propio cuando se le falta al respeto o se le insulta…¡qué no podríamos decir nosotros en España…!

Pero hay, sobre todas, una clave en su discurso: las próximas elecciones presidenciales son una elección entre civilizaciones. Porque de eso, exactamente eso, es de lo que se trata. Porque si la situación no varía y las políticas transnacionales continúan imponiéndose en Francia y en toda Europa, es posible que dentro de cinco años –fecha de las próximas presidenciales- sea demasiado tarde.

Lo que está en juego es un diseño mundial, en el que las naciones, los estados-nación, sobre los que descansa una labor civilizatoria de siglos, sobrevivan o bien que sean anegados por esa marea que devora la identidad de los pueblos. Lo que está en juego es el triunfo del mundo transnacional, en el que el actual repliegue de los valores humanos y culturales, se transforme en desaparición; en el que la sociedad multicultural, en el nombre de la diversidad, produzca la sociedad más gris y monocorde que quepa imaginar. 

Por eso, Marine plantea los comicios como una elección entre civilizaciones. El resultado será determinante para el futuro, no solo de Francia, sino de toda Europa. Más allá de modelos de tipo económico o político, lo que se elige es la conformación de un orden que mantenga la civilización cristiana y occidental como algo reconocible o bien su alternativa, esa suerte de mixtura entre laicismo radical y fundamentalismo islámico que viene imponiéndose con impulso suicida en Europa, y que tan extraña resulta a nuestra civilización. A la civilización. 

En palabras de Marion Marechal-Le Pen: “Hay que aceptar, definir y reivindicar cuál es nuestra herencia y nuestra identidad. Eso pasa por la afirmación de nuestra herencia grecorromana y cristiana.”

La elite transnacional contra Marine

Para los defensores de la globalización, la situación en Francia no es buena. Los datos objetivos juegan contra ellos, y la realidad está imponiendo su implacable ley sobre la carcasa de la corrección política, que regatea la verdad a los franceses y los trata como a menores de edad a los que proteger de sus peores instintos. Una realidad social que es un mentís de esa pregonada felicidad que alcanzaremos gracias a la globalización mercantilista y al multiculturalismo hedonista.

En las últimas fechas, han tratado de despertar una especie de “conciencia republicana” llamando un tanto cómicamente a la resistencia contra el ascenso de Le Pen. El inconveniente es que el llamamiento lo han protagonizado los “bobós” –los pijo-progres-, lo que ha sido interpretado como un acto reflejo del desprecio que los privilegiados profesan a una población que se rebela. 

Pero lo cierto es que ese escalofrío que recorre hoy las espadas de la elite produce más angustia que nunca. La patronal, las grandes finanzas y, por supuesto, la clase política y periodística han desplegado una campaña rayana en el histerismo, convocando, por boca de Stephane Richard, presidente de Orange a “las diez primeras fortunas de Francia, los Arnault, Pinault, Bouygues, Drahi, Niel, etc., para que creen juntos un fondo de mil millones de euros a fin de financiar los proyectos de los jóvenes, de la desradicalización y las campañas contra el Frente Nacional”.

La imagen es, con todo, muy beneficiosa para Marine Le Pen. Erguida frente al monstruo al que se enfrenta, en el país de Juana de Arco casa bien con la imagen de la santa que dio su vida por la libertad de Francia. Por lo pronto, no parece desmerecer de la célebre frase que le dedicara hace un par de años Brigitte Bardot: “Marine es la única mujer que conozco con dos cojones.”

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