Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Los huérfanos de la política española

Los discursos del debate de investidura arrojan un resultado inequívoco: varios millones de españoles carecen de representación en el Congreso. Son los huérfanos de la política española. Antes se los llamaba “derecha”.

EDITORIAL
0
comentarios

¿Cree usted en la unidad nacional de España como bien superior? Más precisamente: ¿cree usted que nuestra unidad nacional es un hecho histórico sustancial, por encima de sus accidentales rúbricas mediante pactos constitucionales que hoy pueden ser unos y mañana otros? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: un buen número de los diputados disolvería mañana mismo el país, y los que defienden la unidad lo hacen, exclusivamente, porque eso es lo que emana del orden legalmente instituido (y si de ese orden emanara lo contrario, lo contrario defenderían).

¿Cree usted en la soberanía nacional en materia económica, diplomática y militar? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: todos apuestan por subordinar los intereses de nuestra nación a los dictados de la Unión Europea o de la OTAN, y quienes se salen de ese esquema lo hacen para proponernos una especie de delirante pesadilla bolivariana. O Bruselas o Caracas. Y en medio, nada.

¿Cree usted en la superioridad de la familia natural como base de la vida social? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: todos están por la abolición de iure o de facto del modelo familiar clásico y su sustitución por cualesquiera otras fórmulas de convivencia, uniones homosexuales incluidas.

¿Cree usted en la libertad personal como motor de la vida pública en materias cruciales como la educación, por ejemplo? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: todos los partidos, desde la socialdemocracia vergonzante del PP hasta el neobolchevismo cerril de Podemos, son poderosamente intervencionistas y falsean el derecho a la educación, que es un derecho de las personas, de las familias, para convertirlo en un derecho del Estado.

¿Cree usted en el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: todos los partidos, sin excepción, avalan el aborto libre en nombre de la “libertad de las mujeres” (de las mujeres no nacidas nadie se acuerda) y la mayoría de ellos aspira a promulgar leyes de eutanasia camufladas bajo el concepto de muerte digna. Para colmo, buena parte de la opinión pública está dispuesta a considerar eso como un “progreso” sin reparar en que se está concediendo a personas concretas –un médico, un familiar, un funcionario- el derecho a prescindir de la vida de otras.

¿Cree usted en la vigencia de la religión católica y en la conveniencia de que sus principios estén presentes en la vida pública, tanto en lo moral como en lo cultural? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: todos defienden, explícita o implícitamente, una descristianización galopante de la vida pública, en ocasiones a través de políticas ferozmente agresivas. La propia Iglesia, paradójicamente, ha avalado la operación al destruir sistemáticamente cualquier alternativa a la corriente laicista.

¿Cree usted en la riqueza de la cultura española y en la necesidad de defenderla y expandirla? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: unos pretenden desmenuzarla en provecho de culturas regionales en buena medida artificiales, y otros se encuentran mucho más cómodos hablando inglés.

¿Cree usted que la inmigración tiene un límite, que no todo el mundo cabe en nuestra sociedad, que la identidad cultural colectiva es más importante que la caja de la seguridad social y que es insensato otorgar derechos a quienes no asumen deberes? En ese caso, nadie le representa a usted en el Congreso: todos insisten en ver en la inmigración “una oportunidad” (¿para quién?).

Los discursos de investidura en las Cortes han sido muy elocuentes. La deriva de la política española ha arrojado a los márgenes de la vida pública a millones de españoles. Son los nuevos huérfanos del sistema. Antes se los llamaba “derecha”. Ahora ya son otra cosa. Y tarde o temprano buscarán un nombre.

Publicidad
Publicidad