Diario de Información y Análisis de Intereconomía

'Machirulismo' parlamentario

No le va a la zaga la anécdota en el Congreso español en 1934, cuando, tras escucharse la voz de un parlamentario diciendo: “Su Señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda”, el líder de la derecha, José María Gil Robles.

Javier Algarra
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Qué lejos quedan esos tiempos en los que la fina ironía presidía los debates parlamentarios. Para la historia ha quedado la respuesta que Winston Churchill le dio a Lady Astor en la Cámara de los Comunes después de que ella le dijera: “Si usted fuera mi marido, le echaría veneno en el té”. El mordaz parlamentario, sin inmutarse, le contestó: “Señora, si usted fuera mi esposa, ¡me lo bebería!”

No le va a la zaga la anécdota en el Congreso español en 1934, cuando, tras escucharse la voz de un parlamentario diciendo: “Su Señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda”, el líder de la derecha, José María Gil Robles, replicó: “No sabía que su esposa fuera tan indiscreta”.

La socarronería inteligente, los dardos envenenados -pronunciados con elegancia- y las sátiras punzantes, pero eruditas, han sido históricamente el marchamo de calidad de los parlamentarios brillantes, no solo en la Carrera de San Jerónimo, sino en los hemiciclos de la vieja Europa, especialmente en Inglaterra.

Sin embargo, de unos años a esta parte, el Congreso de los Diputados se ha convertido en escenario de algo parecido a trifulcas callejeras, protagonizadas, podría dar la impresión, por chulos, macarras y gentuza de la peor estofa; o de circos improvisados con titiriteros de variada condición pero escasas dotes artísticas.

En recientes legislaturas hemos visto desfilar personajes como Joan Baldoví, el diputado de Compromís, que se acompañaba en sus alegatos con diversos gadgets para amenizar sus intervenciones: desde sobres para aludir a los sobresueldos de Bárcenas, a silbatos para referirse a las pitadas al himno, pasando por una camiseta a rayas rojas y blancas, como la de Wally -el personaje que nunca sabes dónde está-, para criticar a un presidente del gobierno que no da la cara.

También hemos presenciado cómo los diputados de la izquierda se vestían para la ocasión con camisetas negras, si se trataba de apoyar a los mineros; verdes, para secundar la huelga de enseñanza; o de otros colores en función de cada reivindicación.

Mención aparte merecen los separatistas como Alfred Bosch que, cobrando el sueldo de parlamentario español, conminaba al gobierno a poner un guardia civil en las aulas para combatir la inmersión lingüística; o Joan Tardá asegurando que no habrá más toros en Cataluña a no ser que acuda la Legión.

Creíamos haberlo visto todo hasta que llegaron los de Podemos. Ahora, que aparezcan Sus Señorías peinados con rastas, diputadas amamantando a su bebé en el escaño, o pintorescos personajes fiscalizando al gobierno con argumentos de asamblea de facultad, parece ser la tónica dominante.

Sería hasta gracioso, si no fuera porque el tono chulesco y barriobajero parece que va en aumento. Esta misma semana veíamos a Pablo Iglesias y a los suyos gesticulando en plan: “caradura” o “baja aquí, si te atreves”, dirigiéndose a la bancada popular en mitad del Pleno. Y a la hora de valorar

el episodio, escuchábamos a su mano derecha, Irene Montero, acusando de “machirulismo” a los del PP.

La verdad, si éstos son los nuevos políticos y esa agresividad su manera de entender la vida parlamentaria, deberemos darle la razón a Issac Assimov cuando aseguraba que “la violencia es el último recurso del incompetente”. Y acusar de “machirulismo” debe ser el penúltimo.

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