Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Navarra sin Pascual Tamburri

Óscar Elía
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Hay veces que la historia juega bromas de mal gusto, y hace coincidir los acontecimientos en la vida de una persona con los de la vida de una nación. La muerte de Pascual Tamburri y la deriva de Navarra y España son un ejemplo de ello.

Me viene a la cabeza una de las primeras veces que me veía personalmente con Pascual. Fue en febrero de 2011, en la presentación del libro “España, camino de libertad. La política antiterrorista entre 1996-2004” en Pamplona. El acto había sido organizado a medias entre el Partido Popular de Navarra, y Gota a Gota, editora del libro. Entre el valiente público que en medio del despliegue policial se juntó allí para escucharnos a Ignacio Cosidó y a mí mismo, se intuían tres tipos de personas. Por un lado, familiares y amigos que venían a saludar, muchos de los cuales se preguntaban qué había de positivo en meterse en a esas alturas de la vida en el lío de la lucha contra ETA. Por otro lado, había allí militantes jóvenes, que habían decidido arriesgar y apostar por el PP después de la traumática ruptura con Unión del Pueblo Navarro un par de años antes. Jóvenes valientes, con ganas, que se habían dejado más que la piel en un proceso de ruptura de la derecha navarra que a muchos les pasó factura no sólo en lo político, sino en lo personal. Pero que ahí estaban, fieles cada vez que el partido les convocaba para algo. Por último, un tercer grupo de personas lo componían algunos de los dirigentes del PP de Navarra, alineados ya pasivamente con Rajoy y que no sé si eran ya conscientes de que éste sacrificaría al partido en Navarra para satisfacer otras necesidades.

Además, entre el público había dos personas que, según se mire, pintaban mucho o no pintaban nada en aquella presentación. Pintaban mucho, porque ambos sabían muy bien qué es lo que está en juego detrás de la lucha antiterrorista contra el despotismo totalitario etarra: que no es la simple violencia física, sino valores y principios que van más allá de la política. Se habían partido la cara, y algo más, por ello. Y a la vez pintaban poco, porque estaban rodeados de políticos locales que, o les habían traicionado, o lo estaban haciendo, o lo harían justo después. Esas dos personas eran Pascual Tamburri y Salvador Ulayar.

En la presentación del libro yo repetía algunas ideas que me parecían banales, y que compartía con Tamburri: que en la lucha contra el terrorismo etarra no bastaba con detener comandos, sino que era necesario acabar con la superchería nacionalista que le daba sustento; que la actitud de PP, PSOE y UPN era suicida, porque el nacionalismo había avanzado considerablemente en Navarra ante su suicida inacción; y que no perseguir con todo y hasta el final a ETA supondría entrar en un juego que acabaría con la convivencia y las libertades en Navarra. Yo entonces pensaba en la oscura política de Zapatero, y no imaginaba que años después las mismas palabras se me vendrían a la cabeza a propósito de Rajoy.

Al finalizar el acto, charlé un muy agradable rato con Tamburri y Ulayar. Ambos poseían ese peculiar sentido del humor que sólo tienen los que han perdido tras jugar fuerte, pero que nunca se han arrepentido de haberlo hecho: esa mezcla de cansancio y fina ironía, de amargura y de confianza. De los tres charlando allí de pie, rodeados de militantes de un PP de Navarra que ya se hundía justo al momento de ser botado, anticipando el naufragio navarro, sólo yo mantenía cierta ingenuidad. Salvador ya era consciente entonces de que se estaba produciendo una monumental traición a las víctimas de ETA: tres años después publicó “Morir para contarlo” que puede descargarse aquí y que aconsejo leer.

Como historiador, Pascual era, y es, el mejor representante de una nueva generación de historiadores navarros, especialistas en Historia de Navarra, en Historia Medieval, o en Historia Militar que se mueve al margen de las convenciones historiográficas vasquistas e izquierdistas que han arruinado la disciplina. Intelectuales jóvenes, fogueados en institutos de educación secundaria que no quieren abandonar porque adoran a los chavales, y porque son adorados por ellos. Si el ejemplo de Tamburri puede cundir en alguien, debe ser en ellos.

Pascual era el maestro, el más completo, más incisivo y más profundo de ellos: como nunca quiso abandonar del todo su amor a Navarra, no dio el paso definitivo a jugar en la liga nacional, que es la que le correspondía. Pese a ser referente intelectual del conservadurismo navarro con una edad temprana, fue siempre visto por ésta con sospecha, siguiendo esa tradición tan típica en la derecha española: yo no sé si en 2011, en aquella sala del Hotel Iruña Park tenía más amigos que enemigos. Allí me advirtió, aguantándose la risa, de que mis palabras en el acto no gustarían en la mayor parte de la dirección del partido, y que en Navarra no haría muchos amigos con esas ideas, que a mí me parecían de sentido común. Salvador, que a la ironía inteligente suma un carácter propio de la casta carriquiri, me advirtió de que podía darme “por jodido” con ese tipo de discurso, que por otra parte era justo el que él esperaba que hiciese.

Pascual fue uno de los primeros navarros en reconocer que el gran peligro en Navarra no estaba en el nacionalismo vasco, siempre violento y agresivo, pero que, como toda ideología totalitaria puede ser derrotado. Conocía demasiado bien la historia navarra, española y europea como para saber que el triunfo del mal depende del despiste, la cobardía o la ingenuidad de los hombres buenos. Y de las tres cosas la Navarra contemporánea está repleta. Durante años Pascual advirtió, describió y denunció como nadie el desplome de la sociedad civil navarra: empresarios, medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos estaban perdiendo la cara del enemigo que crecía, como en las novelas de Tolkien que tanto le gustaban, de manera difusa a su alrededor.

Que el tiempo le ha dado la razón es tan evidente como doloroso, puesto que él ya no está para seguir batallando. No sólo ha sido el nacionalismo el que se ha infiltrado en puestos clave de la administración y la sociedad civil navarra: es directamente el abertzalismo, el que ha encabezado esta estrategia de infiltración, sostenida durante mucho tiempo a conciencia y en profundidad. Tamburri conocía bien el grado de manipulación en la educación pública Navarra, donde la enseñanza del euskera-batúa ha ejercido de caballo de Troya para el proceso anexionista.

En fin. Con el desplome de la sociedad civil Navarra, con la infiltración masiva de nacionalistas en la administración, en el mundo cultural, deportivo o empresarial, era solo cuestión de tiempo que la Navarra política e institucional se viniese abajo. Atrapados en el cortoplacismo, muchas veces en la necesidad de ganar in extremis unas elecciones al anexionismo vasco, ni PP ni PSOE ni UPN han sido capaces de elevar una alternativa constitucional, foral y española, a la ola populista que en los últimos años crecía y crecía en Navarra. La pesadilla Foral y constitucional, llegó en las elecciones de 2015, cuando todos los enemigos del régimen constitucional navarro cumplieron el sueño abertzale de expulsar a la derecha del poder en Pamplona, y hacer oficial el “Nafarroa Euskadi da”. Tamburri llevaba años advirtiéndolo.

Pero he aquí que todo sin embargo es susceptible de empeorar. La involución del régimen constitucional en Navarra, la erosión de las instituciones forales, la descapitalización económica de la comunidad en beneficio del País Vasco, podrían ser paliadas y limitadas con un gobierno de la nación consciente del valor estratégico de Navarra para el conjunto de España. La marea Bildu-podemita que asola el Viejo Reino podía ser equilibrada con una posición fuerte del Gobierno de la nación. No solo no ha sido así, sino que, como Tamburri explicaba en una de sus últimas columnas, la dirección tomada por el PP está siendo justo la contraria. Incapaz de mirar a largo plazo, impotente para ver más allá de la mayoría parlamentaria, y totalmente ignorante del simbolismo y significado de Navarra para la unidad nacional, Rajoy se dedica a pactar como sea con el PNV un apoyo que le permita mantener el gobierno unos meses, o unos años más. Ni en las peores pesadillas se podría pensar que la derecha fuese otra vez capaz de pactar con un PNV que, a través de Uxúe Barkos, desguaza Navarra de la mano de Podemos y el brazo político de ETA. Sin alternativa a cuadrar escaños, sin ideas para frenar el independentismo, ni interés por Navarra, Rajoy deja morir por inanición a su partido en el Viejo Reyno, eliminando incluso los recuerdos más heroicos del partido que tan mal casan con los nuevos tiempos.

En fin: la pérdida de uno de los grandes intelectuales conservadores navarros llega pocos meses después de la del viejo león del periodismo navarro, José Javier Uranga. Los dos competían en despertar el odio y a hostilidad nacionalista, y los dos aceptaban el reto sin dudarlo: nótense las diferencias. La desaparición de ambos coincide con el momento álgido del panvasquismo en Navarra, el sueño imaginado por ETA hace unas décadas: gobiernos, ayuntamientos, instituciones en manos abertzales. Nadie parece capaz, y los que parecen capaces no parecen dispuestos, a evitar el asalto sistemático del abertzalismo a las instituciones navarras. Y quienes, como Pascual Tamburri tenían al menos el coraje de hacerlo, se nos van antes de tiempo.

¿Nos juega o no la historia una broma de mal gusto quitándonoslo justo ahora?

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