Diario de Información y Análisis de Intereconomía
Lo dejó plasmado en un artículo en 2008

Pablo Iglesias odia el Himno y la Bandera

Pablo Iglesias vomitaba, como la niña de El Exorcista, su odio al Himno y a la Bandera de España en un tedioso artículo en el que analizaba la final de baloncesto España-USA en las Olimpiadas de Pekín.

Eduardo García Serrano
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Como a la niña de El Exorcista, cuando Pablo Iglesias ve ondear la Bandera de España y escucha el Himno Nacional la cabeza le da vueltas, se orina en el pijama, la cama se le agita más que una batidora y el vómito le sale por todos los orificios y esfínteres de su anatomía. Cuando Pablo Iglesias no era nadie, más allá de las alambradas de esa cheka ideológica en la que él y el multimillonario Monedero han convertido la Facultad de Políticas de la Complutense, escribió un larguísimo y tedioso artículo sobre la final olímpica de baloncesto de Pekin entre Estados Unidos y España, en 2008. En él, Pablo Iglesias abomina de la Bandera de España y del Himno Nacional y hace un pretencioso análisis político-deportivo de aquel épico partido, cifrando su táctica y su estrategia en la lucha de clases y en la perilla de Lenin, que es donde para él nacen la libertad, la igualdad, la felicidad y la fraternidad de la Humanidad.

El líder de Podemos califica a los jugadores de la Selección Nacional de Baloncesto de millonarios insolodarios y casi de cipayos del intolerable nacionalismo español, que por definición es de derechas, y que a él le revienta mucho más que los nacionalismos vasco y catalán. Agradece Pablo Iglesias a Pau Gasol que, al mostrar su orgullo por la admiración deportiva que España concitó por aquel duelo de titanes con los EE.UU., no gritase ¡Arriba España! como sí hiciera el jugador de fútbol David Villa al celebrar la Eurocopa de Luis Aragonés. O sea que a Pablo Iglesias le sale sarpullido sólo cuando oye gritar ¡Arriba España! o ¡ Viva España !, pero se pone casi tierno cuando escucha gritar ¡Gora Euskadi! (gora es arriba en vascuence) o ¡Visca Catalunya! Sobre todo cuando, como suele suceder, esas invocaciones se profieren contra España que, para el odio rancio del que se alimenta Pablo Iglesias, no es más que una mazmorra de naciones libres construída por pistoleros fascistas, militares africanistas y curas reaccionarios que acabaron, por capricho y por despecho, con aquella arcadia feliz que para él fue la II República. A pesar de ser tan joven, Pablo Iglesias es como esas abuelitas estalinistas que, como Almudena Grandes, sueñan con milicianos sudorosos y que, arropadas por la nostalgia del Frente Popular, como beatas paganas, acunan el insomnio invocando a la pompadour de las chekas: la Pasionaria. La melancolía de los ancianos produce siempre ternura, la de Pablo Iglesias provoca una desasosegante mezcla de terror e hilaridad cuando dice, en el articulito de marras, que celebraba las canastas de España frente a USA levantando el puño como la Pasionaria.

Pero donde el odio de Pablo Iglesias llega al paradigma es cuando hace referencia a  la Bandera de España y al Himno Nacional. Dice que a él le gustaría ver jugar a la Selección de Baloncesto con el uniforme tricolor y escuchar un himno como La Marsellesa y no la cutre pachanga fachosa que es el Himno Nacional acompañando a la bandera monárquica postfranquista. Este profesor de jóvenes bolcheviques sabe, aunque en un alarde de indecencia docente y personal se lo oculta a sus alumnos y a sus votantes, que la Bandera y el Himno de España no son diseño ni invento de Franco, que son los símbolos de la Nación española desde Carlos III y que la II República los arrojó a la basura, que es en lo que los abuelos ideológicos de Pablo Iglesias convirtieron a la República y a España. De ese vertedero fueron rescatadas la Bandera y el Himno que tanto odia Pablo Iglesias, incluso en una cancha de baloncesto. 

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