Diario de Información y Análisis de Intereconomía
En manos de las generaciones peor formadas

El problema de Cataluña

Fernando Paz
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La actitud del gobierno popular durante su etapa en La Moncloa no permite tampoco albergar esperanza alguna con respecto al referéndum “soberanista”. Rajoy tiene por mayor virtud frente a los desafíos la de la inacción. 

No se me alcanza así, a bote pronto, un ejemplo comparable al que nos proporciona el nacionalismo catalán de nuestros días: jamás nadie anunció su propósito de dar un golpe de Estado con tanta antelación.

Hasta nuestra época, lo usual era que quienes preparaban tal tipo de acciones procurasen mantenerlas en secreto. De ser descubiertos, contaban con que el Estado caería sobre ellos con todo el rigor que le concede el ejercicio del derecho al servicio público y el monopolio de la violencia.

Pero en esta España de comienzos del siglo XXI, en la que no hay absurdo ni traición que no encuentren acomodo, la certeza de la gratuidad de cualesquiera tentativas contra el Estado se ha convertido en el alimento de sus enemigos. Estos, seguros de que su desafío apenas encontrará respuesta, se muestran prontos para el reto.

Tampoco es un secreto la complicidad que han encontrado en buena parte de la clase periodística, aquella que se permitía invocar –sarcástica- el “España se rompe” en las tertulias televisivas cuando se le advertía de los peligros derivados de las políticas zapateriles; aquella que hoy, ante la contundencia de los acontecimientos, ha acomodado su servil discurso a la idea de que el independentismo es la consecuencia de la dureza (sic) de las políticas ejecutadas desde Madrid.

Por si esto fuera poco, también subraya los errores en la política de gestos; habría sido lo afectivo, lo sentimental, nos dicen, lo que ha fallado. Curioso argumento cuando todo han sido genuflexiones frente a altanería, cuando todo han sido pleitesías frente a desprecio, cuando todo han sido carantoñas frente a rechazo; todo eso ha sido, vaya, expresión de cuatro décadas de política acomplejada, mejor que nada expresada en el memorable episodio de aquel presidente de gobierno que hizo enrojecer hasta la raíz de los cabellos a todo un país cuando, en el afán por despertar un afecto imposible, impostó su intimidad con la lengua de Verdaguer.

Y al hilo de esos gestos es que la vicepresidenta de Rajoy ha querido echar su cuarto a espaldas y se ha abierto bufete en Barcelona. Un traslado prologado por el anuncio de que Sáenz de Santamaría llega con dinero fresco. Parece como si la clase política española fuese incapaz de sacar las consecuencias de lecciones que le han sido repetidas hasta el hastío.

En primer lugar, porque se han terminado los tiempos en los que el catalanismo planteaba sus querellas con un propósito crematístico, en los que permanentemente había en Madrid un nacionalista en alquiler (que siempre solía ser el mismo). Hoy, apenas sirve la interlocución con aquellos hijos de la codiciosa burguesía barcelonesa, porque ahora la política catalana está en manos de las generaciones peor educadas y formadas de la historia de España, ahítas de ignorancia y bajeza moral.

Precisemos algo: el nacionalismo es antipatriótico, porque lo que quiere no es lo mejor para Cataluña –en tal caso la querría española-; el nacionalismo aspira a una Cataluña nacionalista, aunque serlo suponga su ruina económica y moral.

Así que, para un nacionalista, los argumentos que subrayan el coste económico o social de la independencia son irrelevantes. En el problema de Cataluña no hay hechos objetivos que valgan, y por eso es absurdo argüir cifras o datos, porque aunque se demostrase que la independencia conduce a Cataluña a la ruina, tal cosa no les disuadiría de sus propósitos.

El gesto de Sáenz de Santamaría, además, ahonda en la política desarrollada por Margallo durante la legislatura anterior. Tanto que el ex ministro, tampoco esta vez ha podido refrenar su verbosidad y ha puntualizado que “el problema catalán pasa por una reforma constitucional y por un sistema de financiación diferente”. O sea, más de lo mismo.

Aquí se ha jugado durante décadas con lo más sagrado como si fuese una mercadería más de intercambio político. Todos los partidos -y quien más, o como el que más, el Partido Popular- han mercadeado con la unidad de España para conseguir unas tristes ventajas electorales a lo sumo cuatrienales, en lo que es el más crudo retrato de la clase política que padecemos: una casta dispuesta a arriesgar el patrimonio milenario de la familia con tal de seguir apostando a la ruleta.

El que Mariano Rajoy nos asegure que, mientras él sea presidente de gobierno, Cataluña seguirá formando parte de España, es aún otro motivo de intranquilidad; vista su proverbial falta de lealtad a la palabra dada, tal promesa no tiene más valor que el del papel en que esté escrita. En el mejor de los casos, el carácter personal de la salvaguarda es un reflejo de la ausencia de consistencia de un régimen en estado agónico, que por sí mismo ya no garantiza lo esencial.

La actitud del gobierno popular durante su etapa en La Moncloa no permite tampoco albergar esperanza alguna con respecto al referéndum “soberanista” que nos anuncia Puigdemont a toque de trompeta para este año que comienza; vistos los antecedentes, aguardaremos a los inconvenientes de tipo meteorológico u otros que pudieran producirse, porque ya sabemos que Rajoy tiene por mayor virtud frente a los desafíos la de la inacción.

Por eso tuvo a bien comunicarnos que, en realidad, no se celebró referéndum alguno en Cataluña en 2014, ya que el convocado para el 9 de noviembre de ese año fue ilegal; de donde se deduce que, de acuerdo al criterio de este gobierno, lo ilegal no tiene lugar ni, pues, existe; lo cual es un buen retrato de la locura que vivimos.

El gobierno actual poca cosa puede hacer. Y no porque no tenga los medios, que los tiene, y sobrados. Sino porque parte de un análisis equivocado.

Sabe que en Cataluña hay un problema, pero no sabe cuál es. Y cuando trata de hacer un diagnóstico, disparata. Porque, como el resto de las fuerzas políticas desde Suárez hasta hoy, parte de la base de que los únicos interlocutores válidos de Cataluña son los nacionalistas. Por supuesto, tal cosa no es casual; el nacionalismo no es una consecuencia del régimen del 78, sino una de las condiciones de su existencia.

En Cataluña no hay nacionalismo porque exista un problema; existe un problema porque hay nacionalismo: el nacionalismo es el problema de Cataluña.

Y de España, podrá decirse. Cierto; y de España.

Pero con la salvedad de que, paradójicamente, mientras que el nacionalismo ha dividido corrosivamente a los catalanes, actúa como elemento de unión del resto de los españoles.

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