Diario de Información y Análisis de Intereconomía
“Todas las pruebas contra la mentira catalanista"

Valencia huele a insurrección popular

La pretensión de “catalanizar” Valencia sólo puede sustentarse en una falsedad. 

José Javier Esparza
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Buena parte de la sociedad valenciana está harta de las extravagancias del tripartito y de su sumisión al separatismo catalán.

Más de quinientas personas abarrotaron el viernes tarde el salón de Tapices del Hotel Astoria de Valencia para asistir a la presentación de un libro: “Todas las pruebas contra la mentira catalanista”, de Juan García Sentandreu. Se mire como se mire, fue un verdadero acontecimiento. Sin embargo, apenas dos palabras, y en un rincón, en los medios de comunicación locales. ¿Por qué? Porque libro, autor y público pertenecen a una esfera prohibida: la de los valencianistas y españolistas, es decir, toda esa gente que en la actual tierra del Tripartito juga el papel de “deplorables”. Los deplorables de Valencia.

Para entender bien el fenómeno, hagamos un poco de historia. Hacia 1994, como reacción frente al creciente catalanismo de las instituciones autonómicas valencianas, nace el Grup d´Acció Valencianista. Lo encabeza un joven abogado que viene del SEU falangista y que se llama Juan García Sentandreu. En torno al Grup crece una Federación Coordinadora de Entidades Culturales del Reino de Valencia. Motivo del conflicto: la pretensión de definir oficialmente la lengua valenciana como subordinada del catalán. Cuestión de fondo: la sumisión de la autonomía valenciana al proyecto separatista catalán, la consideración de Valencia como parte de los “países catalanes”. Como el problema está en la calle y la mayoría social no quiere perder su identidad –valenciana, española-, el movimiento crece como la espuma. En 1997 logra movilizar a más de 500.000 personas en una manifestación sin precedentes. De ahí sale un llamamiento público: el manifiesto del Nou Valencianisme, del cual nace una fundación y, poco después, un partido, Coalición Valenciana. Coalición echa a andar en 2004. Programa: un foralismo constitucional, social y valencianista. 

Empieza entonces la ofensiva hostil: la izquierda, en general catalanista, y la derecha, que no quiere perder su poder, coinciden en una operación de descalificación brutal que no ahorra siquiera una falsa acusación de violencia de género. Cuando llegan las elecciones, la mayoría de los votos de Coalición terminan marchándose al PP. En 2011, fin de la historia: Coalición cuelga las botas. Y sin embargo, el problema permanece ahí. Y hoy, con el PP deshecho por la corrupción y el Tripartito en el poder, más grave que nunca.

Una identidad que no se resigna a morir

Lo que acudió al Astoria el viernes por la tarde fue, por así decirlo, los restos del naufragio. ¡Pero qué restos! Quien frecuente las presentaciones de libros sabrá lo difícil que es llenar una sala cualquier día, más todavía un viernes por la tarde.

Pero allí había una auténtica muchedumbre, y era impresionante ver las colas que desde media hora antes se formaban ante el hotel para entrar en el acto. Por un libro, sí: “Todas las pruebas contra la mentira catalanista”. En media hora, trescientos ejemplares vendidos en el mismo lugar de la presentación. Pero es que aquello era más que la presentación de un libro: era también un acto de afirmación de quienes no han renunciado a su auténtica identidad colectiva. 

Juan García Sentandreu estaba acompañado en el acto por dos periodistas valencianos. Una, Cristina Seguí. El otro, José Javier Esparza, o sea, un servidor, así que me perdonará el lector que narre el asunto en primera persona. Como el protagonista era, evidentemente, el autor, fue él quien abrió el acto. Lo hizo explicando su libro, que es una recopilación de textos de carácter eminentemente histórico y lingüístico. Muy rápidamente. Valencia era ya reino privativo de la Corona de Aragón antes de que Cataluña existiera siquiera como denominación geográfica. En el territorio de la taifa de Valencia, luego Reino de Valencia, había una cuantiosísima población mozárabe que hablaba ya un idioma propio derivado del latín; con toda verosimilitud, una variante propia sobre la misma base occitana que se hablaba en esa cuenca del Mediterráneo. Es decir, que el valenciano no es un dialecto del catalán. Cuando la reconquista, la gran mayoría del contingente cristiano que llega a Valencia es aragonés y navarro, amén de mozárabes valencianos que habían huido del poder moro y ahora volvían a su tierra; los soldados de origen catalán eran un porcentaje muy menor, y no tiene sentido pensar que esos pocos soldados –no más de 600- hubiera colonizado lingüísticamente el territorio. Más adelante, la repoblación y colonización del nuevo Reino de Valencia será obra, sobre todo, de aragoneses, no de catalanes.

Todo esto quiere decir que, en términos históricos, Valencia no es un “país catalán”, ni una prolongación de los condados catalanes, sino que tenía su propia identidad, incluso lingüística, desde el mismo momento del nacimiento del Reino. Consecuencia: la pretensión de “catalanizar” Valencia sólo puede sustentarse en una falsedad. Ahora bien, esa mentira ha sido elevada a directriz política por buena parte de la izquierda valenciana con la anuencia del PP y cuantiosas ayudas económicas de la Generalidad de Cataluña. El resultado es que la falsedad va convirtiéndose progresivamente en verdad oficial. 

Romper la mentira catalanista

Después de Sentandreu me tocó a mí el turno. ¿Qué había que decir allí? En realidad, sólo esto: que Valencia siempre ha existido como tal, que no es un apéndice de Cataluña, y que tiene una identidad propia. Que esa identidad lleva decenas de años machacada por los intereses políticos y económicos de la izquierda y de la derecha, puesta al servicio de los pactos de unos y otros con el separatismo catalán; que semejante situación ha conducido hoy a que la autonomía, lejos de construir un espacio político democrático, se haya convertido en una especie de trampa para una tierra que siempre ha sido valenciana y al mismo tiempo española sin la menor contradicción y que ahora, por haber dejado de ser cabalmente valenciana, cada vez se siente menos española. Y que todo eso, al cabo, es una catástrofe para Valencia, desde luego, pero también para toda España, porque a través de esas identidades ficticias, artificiales, estamos rompiendo la comunidad política. Lo malo no es que la identidad cultural entre en el terreno de la política, como creen tantos liberales y socialdemócratas, no. Lo malo es que hayamos construido identidades artificiales para cimentar el poder local de las oligarquías regionales de nuestros partidos, sean nacionalistas o no. Y en el caso de Valencia, con el agravante de que, al cabo, quien sale reforzada es la oligarquía neofeudal de otra región: Cataluña.

¿Pruebas? Las pruebas las aportó Cristina Seguí, que empezó explicando su malestar de madre que ve cómo a su hijo se le va a educar en una identidad que no es la suya, y acto seguido comenzó a desgranar, con una dulzura propiamente letal, el pliego de cargos de la acusación. Los actuales gobernantes valencianos están expoliando los presupuestos autonómicos en pro del nacionalismo… catalán. Joan Ribó, desde el Ayuntamiento de Valencia, y Ximo Puig, desde la comunidad, han destinado cuantiosos fondos a actos de Puigdemont. El propio hermano de Puig ha cobrado cantidades nada desdeñables de entidades independentistas en Valencia que subvenciona y mantiene la Generalidad de Cataluña. En 2016 el gobierno valenciano destinó 356.000 euros públicos al independentismo catalán. Y así, una detrás de otra. ¿Alguien duda de que hay en marcha una vasta operación separatista, que su centro es Cataluña y que parte del proyecto consiste en “aspirar” literalmente a Valencia y Baleares dentro de la reconstrucción de unos supuestos “países catalanes”? Si alguien lo duda todavía, que escuche a Cristina Seguí.

Cristina Seguí terminó animando a Sentandreu a que este libro sea “un nuevo punto de inflexión para volvernos a movilizar”. Sí –contestó el interpelado-, pero con una condición: “que seamos capaces de evitar rivalidades y enfrentamientos interesados, porque el actual gobierno tripartito simbolizado por las tres Magas catalanistas, laicas y republicanas requiere una respuesta popular contundente". Difícil horizonte, no nos engañemos: el PP se comió a la derecha y al valencianismo, después se comió a sí mismo y ahora ha entregado todo el campo a una izquierda catalanista que no es mayoría social, pero sí parlamentaria, y tiene a su servicio a los medios de comunicación, a las escuelas, a la universidad y a los propios pactos de poder entre el separatismo y el gobierno de Madrid. La única salida es una auténtica insurrección popular como la que estuvo a punto de cambiar radicalmente las cosas quince años atrás. ¿Pero queda fuerza para eso? 

Y sin embargo, sí, olía a insurrección en Valencia. Hay cabreo. Hay malestar. Hay indignación. Hoy empiezan a parecer transparentes ciertas cosas que hasta hace poco tiempo nadie se atrevía a pensar. Quizá… ¿Por qué no?

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