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TRIBUNA

La verdad tras la post-verdad

Hoy en día, sin embargo, los europeos están menos interesados en buscar verdades que en mantener su bienestar material y sus libertades, que han pasado a ser los verdaderos “valores” que tratan de mantener obsesivamente.

La civilización occidental se ha diferenciado del resto en un único y decisivo punto: la búsqueda de la verdad por encima de todo. La verdad sobre el cosmos, sobre el ser humano, sobre la trascendencia divina ha sido el motor que ha impulsado a Occidente por encima del resto de culturas, alumbrando con el paso del tiempo dos de sus más orgullosas creaciones: el bienestar material y la libertad. El hombre actual, de memoria corta, a veces olvida que durante siglos, el bienestar económico ha tenido sentido porque es el requisito para que el hombre se dedique a aspiraciones morales y racionales más altas; y la libertad de expresión no es más que el instrumento necesario para -por encima de situaciones particulares, gobernantes regímenes políticos- reconocer, valorar y honrar una verdad que el hombre no elige, pero que descubre.

Hoy en día, sin embargo, los europeos están menos interesados en buscar verdades que en mantener su bienestar material y sus libertades, que han pasado a ser los verdaderos “valores” que tratan de mantener obsesivamente. Claro que sin un referente auténtico, ambos están destinados a convertirse en hedonismo y libertinaje. Más aún: la modernidad ha acabado desembocado en un rechazo obsesivo de la verdad; de la verdad sobre la naturaleza, sobre el hombre, sobre la trascendencia. Así es como hoy, en medios de comunicación, en universidades, en parlamentos se rechazan las diferencias entre hombres y mujeres, que son naturales, de manera que el género pasa a ser cuestión de elección; se desprecian las virtudes morales auténticas, sustituidas por una visión del hombre puramente material, encerrado en sí mismo y entregado a placeres y pasiones; se rechaza, en fin, la existencia de Dios como un simple aspecto de opinión personal y subjetiva, susceptible de ataque y desprecio; y se desprecia la verdadera relación entre religión y libertad, que marca bien a las claras que no es la misma en todas las creencias.

La Ideología lo impregna todo, dictando cómo deben ser las cosas y cómo deben cambiar para serlo: como debe ceder la familia natural ante nuevas formas de convivencia, como debe ceder la fe cristiana ante el multiculturalismo, como deben ceder las ideas y los valores fuertes ante la tolerancia. Hoy en día, el mundo político, cultural, mediático se ha convertido en una enorme maquinaria que desprecia las verdades más sencillas –enseñadas de padres a hijos desde tiempos inmemoriales- para sustituirlas por construcciones ideológicas nuevas. Las universidades gastan cantidades ingentes de dinero en estudios en demostrar que la transexualidad es igual que la heterosexualidad, Naciones Unidas en campañas para convencer que es mejor matar niños en el vientre que tenerlos, y los Gobiernos emplean los impuestos en convencer a los ciudadanos varones en que son potencialmente violentos con sus mujeres, y a las mujeres de que los varones las oprimen. Las televisiones y los periódicos, en fin, son enormes altavoces de denuncia de la verdad auténtica, tradicional, clásica, caracterizada hoy como algo reaccionario, arcaico y digno de todo desprecio.

En fin, cabe preguntarse si este rechazo obsesivo a la verdad ha encontrado tope en los últimos tiempos: sus ejecutores se muestran hoy indignados ante el rechazo a la ideología, y los más sutiles han alumbrado el concepto de post-verdad para denunciar este proyecto ideológico. Que es mas bien el rechazo a su rechazo de la realidad. En el fondo, lo que las élites intelectuales y políticas llaman post-verdad es el rechazo, emocional y en buena medida instintivo, a este proyecto de sustitución de la realidad por ideología.

Cierto, los votantes que prefirieron a Trump sobre la progresista Clinton, los votantes británicos que dijeron no a la UE, los húngaros y los polacos que defienden la vigencia de los valores de sus padres, carecen de las sutilezas intelectuales de los profesores, los políticos, los periodistas. Pero poseen una intuición auténtica acerca de cómo son las cosas, como lo han sido siempre, y como deben seguir siéndolo. Intuición sencilla acerca de un puñado de verdades básicas sobre el hombre, la familia, el cristianismo o el islamismo. Por eso constituyen la verdad tras la post-verdad, la esperanza, aún torpe pero prometedora, que puede frenar y revertir el violento ataque a la realidad que está royendo el alma de occidente.

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