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TRIBUNA

La tercera edad nuclear

La arrogancia rusa, la imprudencia americana y la debilidad europea han permitido que Irán avance definitivamente hacia la posesión de la Bomba, empujando con ello al mundo entero a una nueva era nuclear.

Es habitual que cada Presidente que se sienta en el Despacho Oval se vea pronto probado por sus rivales y enemigos. En lo que lleva de Presidencia, Trump ya ha sido testado por Teherán, con el lanzamiento de un misil de medio alcance a finales de enero; y por Corea del Norte, que hace solo unos días probaba un misil que recorrió 500 km antes de caer al mar. Las pruebas, más sofisticada y desarrollada en el caso iraní, y más primitiva en el caso norcoreano, ponen de manifiesto el doble problema al que se enfrenta la administración Trump, y por extensión el bloque occidental, si es que aún puede llamársele así: los programas de desarrollo nuclear y de misiles de ambos países anuncian la llegada de una nueva era nuclear. 

La primera edad nuclear

La primera edad nuclear, bien conocida, cubre la llamada “Guerra Fría”, el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética entre 1945 y 1990. Durante casi medio siglo, ambas partes desarrollaron la estrategia de disuasión como forma de alejar el fantasma de ascensión de la guerra a la modalidad nuclear y a la destrucción mutua. A su vez, la lógica desarrollada por los estrategas y expertos de Washington y Moscú se trasladó a los países que habían conseguido dotarse del arma: Francia, Gran Bretaña, Israel, india, Pakistán y China integraban una misma racionalidad política y estratégica, unos sistemas de mando y control homologables y un mismo marco moral: el uso de las armas nucleares reposaba precisamente en la necesidad de evitar su uso. 

La segunda edad nuclear

La segunda edad nuclear abarcó la última década del siglo XX y parte de la primera del XXI: con la destrucción de la Unión Soviética, las repúblicas se dispersaron y con ellas el programa nuclear soviético. Por un lado, el material y los dispositivos nucleares quedaron diseminados a lo largo de un enorme territorio. Por otro lado, el colapso de la economía socialista provocó la desafección de expertos y científicos, y el riesgo de dispersión de su saber. El peligro de proliferación no afectaba sólo al arma en sí, sino a la capacidad de terceros para hacerse con la técnica para hacerlo. A contrarreloj, Estados Unidos y Europa colaboraron con las autoridades rusas para evitar la diseminación nuclear, con notable éxito: curiosamente la gran fuga vino a través del programa nuclear pakistaní, desde el que proporcionó capacidad técnica a Irán, Corea del Norte y Libia, países ansiosos por conseguir el arma atómica. 

La tercera edad nuclear

La tercera edad nuclear se inicia desde el momento en el que las cinco grandes potencias y la Unión Europea (G5+1) firmaron en Viena, en el año 2015, el acuerdo nuclear con Teherán. En teoría, los firmantes buscaban disuadir a los iraníes de seguir con su programa para uso militar, dejando abierto el uso civil. En la práctica el acuerdo simplemente retrasa una década las capacidades militares iraníes en la materia, y eso en caso de total colaboración por parte del régimen iraní. Ni los más entusiastas partidarios del acuerdo, en la Administración Obama o la Unión Europea, creen que el acuerdo impida que, a corto plazo, Irán posea armas nucleares. Y a la vista está, capaces de ser montadas en proyectiles. 

El acceso iraní al club nuclear es posible por varios factores entrelazados. En primer lugar, por la apuesta rusa por el régimen de Teherán como socio para afianzar e incrementar su posición en Oriente Medio. A nada que uno no se deje llevar por el cortoplacismo y la propaganda rusa, resulta evidente que la derrota del ISIS prometida por Putin trae consigo un precio desorbitado: la hegemonía de Teherán en la región. Que, además, el Kremlin se muestre entusiasta y colaborador con el programa nuclear iraní muestra los peligros de la arrogancia de Putin. A día de hoy, los iraníes desarrollan su programa misilístico –balístico y de crucero-, evitan inspecciones en profundidad a su programa nuclear, y sus criminales aliados se extienden por Iraq, Siria y Líbano. Si Putin cree poder controlar o limitar el ansia iraní, está muy equivocado: Irán busca ser más que una simple potencia regional. Con el arma nuclear, el régimen chií no sólo ganará en liderazgo en el mundo musulmán; sus capacidades estratégicas se extenderán dentro incluso de la frontera rusa. 

El segundo factor que ha posibilitado la entrada en esta nueva era nuclear es la debilidad de la administración Obama en estos últimos años. A Obama corresponde la responsabilidad de haber impulsado un acuerdo que retrasa el programa nuclear iraní, pero no lo interrumpe. A Obama corresponde también la responsabilidad de haber dejado de lado el problema norcoreano, que tiene también por origen la existencia de un régimen agresivo. No sólo eso: la falta de liderazgo norteamericano ha arrastrado a la desidia a los actuales dirigentes europeos, demasiado débiles, demasiado contestados, demasiado faltos de liderazgo como para contrarrestar la ambición rusa y la dejadez norteamericana. Las capitales de la Unión Europea son las primeras en estar al alcance de los misiles iraníes, pero sus dirigentes son los últimos a la hora de mostrar firmeza. 

¿Por qué esta vez el riesgo es mayor? Tres razones

La arrogancia rusa, la imprudencia americana y la debilidad europea han permitido que Irán avance definitivamente hacia la posesión de la Bomba, empujando con ello al mundo entero a una nueva era nuclear. En las dos eras anteriores, las potencias occidentales han conseguido limitar los riesgos: primero mediante la estrategia de la disuasión, compartida por los poseedores del arma nuclear; y segundo mediante un esfuerzo técnico, diplomático y económico sin precedentes para evitar la disgregación del programa nuclear soviético. Pero esta vez es distinto, al menos por cuatro razones distintas.

El lenguaje cultural

En primer lugar, esta nueva era viene determinada por la naturaleza del régimen poseedor del arma nuclear: pese al antagonismo ideológico, la URSS y Estados Unidos compartían racionalidad estratégica. Moscú y Washington hablaban el mismo lenguaje cultural, el que solventó la crisis de 1962 e impidió la proliferación a partir de 1990. Es el mismo lenguaje que hablan Pakistán y la India, que impide que la hostilidad escale a los extremos del arma nuclear. Pero esta racionalidad común, que permitía pese a todo un entendimiento pacífico, salta hoy por los aires respecto a países como Irán o Corea del Norte ¿qué racionalidad cabe esperar del régimen que enviaba a sus adolescentes contra las trincheras iraquíes vistiendo solo una túnica y uns “llaves del paraíso” de plástico?¿qué estrategia disuasiva puede llevarse a cabo con el régimen de Pionyang, acostumbrado a someter a sus habitantes a un régimen de vida inhumano? La posibilidad de alcanzar un acuerdo disuasorio con estos regímenes se muestra, a priori, enormemente problemática. 

Los posibles fallos

En segundo lugar, durante décadas, los sistemas de seguridad, los protocolos de y control de las instalaciones militares nucleares atormentaron a soviéticos y norteamericanos. Más aún si, conforme al paso del tiempo, la automatización de sistemas y protocolos jugaban un papel cada vez más preferente. Gran parte de los presupuestos para el arma nuclear se destinan a la seguridad del propio sistema contra fallos y errores. Por lo que sabemos, el desarrollo tecnológico iraní es importante, mucho más allá de la habitual caricatura sobre la “teocracia medieval”. Pero las incógnitas sobre la capacidad de mando y control no se despejan: ¿queda excluida la posibilidad de fallo técnico, de error de protocolo, de órdenes mal entendidas? En el caso norcoreano, las dudas se despejan para mal, por cuanto a  lo anterior se suma la existencia de un régimen en sí mismo paranoico. 

La precipitación de una carrera armamentística

En tercer lugar, que Irán posea en menos de una década el arma nuclear trae una consecuencia directa: otros países de su entorno deberán poseerla para recuperar el equilibrio de fuerzas perdido. Afirmar el derecho de Irán a desarrollar sus programas nucleares y misilísticos equivale a afirmar el derecho de cualquier otra nación a poseerlos: una vez consagrado el principio de la soberanía en este ámbito, deberá extenderse a otros. Carece de sentido negar a las monarquías del golfo su propio programa cuando Teherán amenace a la región con el suyo. Con total evidencia Arabia Saudí deberá hacerse con la Bomba: a poder ser cuanto antes, y a poder ser con un programa más avanzado que el iraní. Pero si los saudíes tienen derecho a ella, ¿por qué no los egipcios?¿los turcos?¿los argelinos? Una vez el régimen de los ayatolás, agresivo por naturaleza y generador de inestabilidad, posea el arma nuclear, negársela a países más pacíficos y menos amenazadores no sólo sería una injusticia: sería también una imprudencia. Algo parecido podría afirmarse del Lejano Oriente: ¿quién podría arriesgarse a no disuadir a Pionyang de un ataque nuclear amenazándole con la misma moneda?

Por fin, de la naturaleza de estos regímenes se desprende su relación con otros actores internacionales. El problema iraní va más allá de sus fronteras, para constituir una amenaza en las de otros. El uso de grupos y métodos terroristas en diversas partes del mundo, desde Líbano e Israel hasta Argentina ha sido habitual por parte de Teheran. Hizbolah no sólo es una milicia que opera en territorio libanés: forma parte estructural del Ejército Iraní, y los límites entre éste, la Guardia Revolucionaria y el grupo de terrorista son difíciles de trazar. ¿Podría un arma nuclear acabar en manos equivocadas? Es cierto que los expertos diferencian entre la weaponizacion del arma en una cabeza nuclear y la miniaturización necesaria para convertirla en una bomba capaz de traspasar fronteras y ser introducida en las grandes ciudades. Pero también lo es que para ello ni hace falta un dispositivo excesivamente pequeño, ni es imposible llevarlo a cabo a través de los cientos de puertos y miles de pasos fronterizos occidentales. Sabemos que Al Qaeda lo ha planeado. Y sabemos también que el terrorismo nuclear sería un arma de disuasión inmune a cualquier escudo antimisiles. ¿Para qué usar un misil crucero si un camión en un suburbio e Tel Aviv, París o Michigan puede surtir mejor efecto?

En 2017 sabemos ya que el mundo se dirige a una tercera edad nuclear. Como en otras anteriores, las relaciones entre las naciones se dirimirán a la sombra de una posible guerra capaz de devastar países enteros. Esta vez, sin embargo, es diferente: los actores poseen una racionalidad contraria y aún contradictoria, su proceso de toma de decisiones se muestra complicado, se relacionan con grupos terroristas y obligarán a otros a seguir el mismo camino. Así las cosas, a las dos preguntas que surgen, ¿Es aún occidente capaz de evitar que esta tercera edad nuclear se consolide? y en segundo lugar, ¿de qué manera? no parece corresponder respuesta fácil. Eso sí, ambas pasan por la respuesta de Trump, que por ahora ha mostrado firmeza y claridad de ideas ante los desafíos de Teheran y Pionyang. 

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