Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Qué fue y qué es el antifranquismo, en pocas palabras

“Quien solo conoce la historia de Inglaterra, no conoce la historia de Inglaterra” (Chesterton) Idem la de España:https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

 

 

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En el antifranquismo hay que distinguir tres etapas: la guerra, la época de Franco y la democracia.

Durante la guerra, los contrarios al bando nacional se componían, como suele olvidarse, de revolucionarios marxistas, anarquistas, racistas separatistas y republicanos de izquierda golpistas.  Esto basta para entender la guerra y su sentido. De todos ellos, los únicos que contaron con una estrategia política y militar clara, elaborada por la Komintern, fueron los comunistas. Si no hubiera sido por ellos y por la ayuda soviética, el Frente Popular habría sido vencido en cinco o seis meses, a pesar de haber comenzado con abrumadora superioridad material, ya que los  partidos no comunistas correspondían a la descripción hecha por Azaña: botarates y “loquinarios” “de poca chaveta”. Los comunistas fueron, desde luego, mucho más organizados y disciplinados, y con una estrategia real, como dije. Por ello se convirtieron pronto en la fuerza decisiva del Frente Popular, y pese a comenzar la contienda como un partido menor  fueron capaces de hacerse hegemónicos e ir desplazando sucesivamente a los aliados que le hacían sombra  (Largo Caballero, CNT-FAI, Prieto…).

   Así como el franquismo fue poco hábil en la propaganda, los comunistas descollaron en ella. Buscando atraer a las democracia al choque con Alemania, insistieron en presentar al Frente Popular como régimen republicano democrático asaltado por las fuerzas del fascismo y los más feroces reaccionarios. Para impresionar a la opinión pública, afirmaban que los “fascistas” exterminaban a los obreros y violaban a sus mujeres,  bombardeaban sistemáticamente a la población civil y cometían todos los crímenes imaginables por puro odio a la libertad y al pueblo trabajador. Para su propaganda contaban no solo con el enorme aparato internacional de la Komintern, sino también con el de la II Internacional socialista y con la masonería, que ya habían colaborado en los inventos y exageraciones de la campaña sobre la represión de Asturias en 1934. Campaña que había envenenado el ambiente social de España y preparado la crueldad con que se reanudó el conflicto en 1936. En suma, el Frente Popular defendía los intereses “del pueblo” o de “la clase obrera” y la democracia, y los nacionales los privilegios de una ínfima oligarquía explotadora, opresora y oscurantista.

    Al terminar la guerra mundial con el aplastamiento de la Alemania nazi por la alianza de las democracias anglosajonas y el totalitarismo soviético, aquella propaganda se intensificó: la guerra civil se explicaba como una lucha contra las fuerzas de la “democracia” y del “pueblo” por parte del fascismo español auspiciado por Hitler. Obviamente se olvidaba que entonces Hitler no había cometido ningún genocidio, mientras que sí lo había hecho Stalin, y a gran escala. O que Hitler había influido sobre los nacionales muchísimo menos que Stalin sobre el Frente Popular, etc.

   En el interior, volvieron a ser los comunistas los que mantuvieron en todo momento, la lucha contra el franquismo. Su maquis fue derrotado, y su éxito posterior escaso, pero no cejaron en su acción. Su propaganda era eficaz fuera de España pero mucho menos dentro, porque la memoria de lo ocurrido en la guerra continuaba viva. Los demás antifranquistas carecieron de valor o de convicción para imitar a los indomables comunistas, exceptuando algunos atentados anarquistas sin continuidad. Las cosas comenzaron a cambiar después del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia se desvinculó del régimen y sectores clericales influyentes comenzaron a arropar a comunistas y favorecer a los pocos separatistas y al terrorismo etarra,  llegando a pedir perdón por su actitud en la guerra:  es decir, pedían perdón a sus verdugos y renegaban de sus salvadores, algo sencillamente asombroso moral y políticamente.

   La retórica contra Franco, por ser de origen marxista, remitía directa o indirectamente a la lucha de clases, pero los crímenes del Frente Popular no podían (todavía) ocultarse, de modo que al lado de la versión comunista  surgió otra, que he llamado moralista-sentimental en La guerra civil y los problemas de la democracia en España: “Sí, los “republicanos” habían perpetrado muchos crímenes, pero ¿y los nacionales? También habían cometido atrocidades, así que eran tan culpables como los otros. En realidad más culpables, por haberse rebelado contra un régimen supuestamente   legal y democrático y por haber aplicado una represión de posguerra terrorífica, con 200.000, o 100.000 fusilados (las cifras podían bailar bastante, ninguna de ellas con base real). 

Si la versión “lucha de clases” falseaba las causas de la guerra y los intereses en juego en ella, la versión moralista-sentimental simplemente prescindía de las causas y los intereses. Para sus sostenedores, un buen día unos grupos de “sádicos sayones” de un lado y otro se enzarzaron en una pelea salvaje a la que arrastraron a millones de personas que simplemente “pasaban por allí” como ha “analizado” Pedro J. Esta interpretación, aunque realmente estúpida (la de la lucha de clases es intelectualmente muy superior), tenía la doble ventaja de parecer más “imparcial” y de hacer creerse a sus sostenedores una especie de jueces morales de la historia por encima de cualquier circunstancia. Este punto de vista ha cundido mucho en una derecha que realmente nunca fue democrática pero que le gusta pasar por tal: ni el Frente Popular ni los nacionales eran demócratas, por tanto, todos malos, aparte de los crímenes. El análisis de la realidad histórica queda sustituido por una vanidosa autovaloración supuestamente moral y unas pretensiones de reconciliación basadas en simplezas, y en la denigración de quienes lucharon por unas u otras ideas. Reconciliación por lo demás innecesaria, pues estaba ampliamente conseguida en el franquismo. En la transición solo se reconciliaron los políticos, y sobre bases falsas o ambiguas.

     Como es sabido, el franquismo creó una sociedad próspera y libre de los odios que caotizaron y arrasaron la república, apta para una democracia estable. La transición se hizo “de la ley a la ley”, porque los irreconciliables antifranquistas que exigían una “ruptura” eran entonces  pocos y débiles. Después, la derecha tipo Suárez cedió el campo de las ideas, la propaganda y la interpretación del pasado a los antifranquistas, hasta el punto de entregarles  la enseñanza, dinero y poderosos medios de propaganda. El comunismo soviético terminó hundiéndose en 1991, pero sus interpretaciones históricas siguen muy boyantes  y han terminado imponiéndose totalitariamente (no podía ser de otra forma) por la ley llamada de memoria histórica, que reivindica a los asesinos y chekistas como “víctimas”, despreciando a las víctimas reales y a los inocentes, seguramente no mucho, fusilados en la posguerra.   Los moralistas-sentimentales o emotivos,  faltos de toda sustancia intelectual o racional, por supuesto, se han sumado a esa ley, así como la derecha más directamente descendiente del franquismo, en una inversión histórica asombrosa.

 Otra corriente antifranquista insiste en que no puede justificar ni aprobar aquel régimen porque “no era una democracia, sino una dictadura”. Su sensibles fibras democráticas se horrorizan ante tanto horror. Otros admiten que el franquismo pudo ser necesario, pero no debió durar cuarenta años sin dar paso a una democracia. Estas ideas parten de un desconocimiento radical de la historia y de la democracia y sus problemas.  Semejantes “demócratas” vacuos y vanidosos,  que en la república fueron totalmente incpaces de oponerse a la revolución y la disgregación del país,  allanarían fácilmente el terreno al totalitarismo, de hecho está volviendo a ocurrir, y no solo en España. Como reconoció el liberal Marañón, no tenían el menor derecho a quejarse del franquismo quienes, como él, Ortega y tantos otros,  allanaron el camino con su frívola retórica al caos republicano y luego al Frente Popular. Una democracia no puede mantenerse en un país tan empobrecido  y cargado de odios como fue la república, ni con un sistema basado en la mentira y la corrupción a todos los niveles como ocurre ahora. Cuarenta años fueron necesarios para crear una sociedad nueva que pudiera sustentar una convivencia en libertad y no traumática. Y ahora el antifranquismo la está poniendo de nuevo en serio peligro.   

 El antifranquismo ha fundamentado hechos tan aberrantes como la mencionada ley de “memoria”,  el rescate de la ETA, que se hallaba al borde del abismo, y la recompensa a sus crímenes convirtiéndola en una potencia política, la financiación y apoyo a los separatismos y la vulneración sistemática de la ley por ellos, y por tanto también de unos gobiernos cuyo deber es hacerla cumplir, etc. Así, en nombre de la democracia se ha destruido el estado de derecho y se han atacado las bases mismas de la convivencia y de la propia subsistencia de la nación. El antifranquismo es, por tanto, el mayor cáncer que está corroyendo la democracia española, convirtiéndola en una farsa  cada vez más siniestra y de orientación totalitaria. Como lo fue  el Frente Popular, un régimen criminal que sirve de modelo abierto o implícito a todos los antifranquistas.

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