Diario de Información y Análisis de Intereconomía

El último desafío del franquismo / Hugh Thomas y algunas críticas

**Una hora con la Historia trata de desmitificar el pasado para clarificar el presente.  No es un programa de simple ilustración: https://unahoraconlahistoria.es/ 

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Me pregunta un periodista sobre el día del entierro de Franco. Para los antifranquistas de entonces fue un día de preparación para una nueva etapa de lucha contra un “fascismo” el cual iba a intentar perpetuarse con disfraz “democrático”. Los antifranquistas éramos pocos, y fundamentalmente comunistas y terroristas, con lo que puede entenderse qué significaba la democracia para nosotros. Los antifranquistas que podríamos llamar de pandereta, siempre ruines, lo festejaron en sus casas con alguna copa de champán. Para la inmensa mayoría fue una jornada triste y solemne, con cierta inquietud porque la figura de Franco era un referente de estabilidad y muchos temían que la paz se rompiera. No fue así, porque el legado del régimen era tan cuantioso que ha podido resistir a la violencia terrorista y a la mezquindad, mediocridad y corrupción de la clase política del posfranquismo. Aunque hoy dicho legado de paz, prosperidad,  moderación y olvido de los odios republicanos se halle cada vez más en peligro.

   Pero lo interesante es que, por lo dicho, por la paz que continuó,  y por las enormes colas que se formaron para despedir a Franco,  su entierro fue el último desafío a una Europa occidental siempre mezquina y moralmente miserable. Uno de los mayores servicios a España y a la paz fue la neutralidad  en la II Guerra Mundial, de la cual fueron los Aliados, objetivamente, los máximos beneficiarios. Pero después, los vencedores de Alemania, comunistas y demócratas (más o menos) juntos, acosaron al franquismo de tal modo que muchos pensaron que iba a derrumbarse y no pocos insistieron en sacrificar a la Falange para complacer a aquellos vencedores. Franco los desafió manteniendo a la Falange y los demás signos del régimen, que se proclamó católico porque ese era el principal lazo de unión entre sus familias. Sus enemigos intentaron  destruir la paz de España tratando de llevarla a la hambruna masiva por medio del aislamiento internacional. Fracasaron, tanto en el hambre como en el aislamiento.  

    En el acoso al régimen destacaron unos países de Europa occidental, es decir sus gobiernos, que debían su democracia al ejército de Usa, y su prosperidad al Plan Marshall. Países que, como el francés, el holandés o el sueco, habían destacado en su colaboracionismo con los nazis. Quizá por un sentimiento oculto de culpa,  apoyaron moral y propagandísticamente al maquis, y periódicamente montaron o secundaron enormes campañas internacionales, a menudo orquestada por los comunistas, para acusar al franquismo de criminal porque juzgó y ejecutó al dirigente chekista Julián Grimau, a terroristas de la ETA y el FRAP, etc. A todos aquellos montajes y a la hostilidad internacional dio la cara el franquismo, los desafió y nunca consiguieron doblegarlo. Ello solo fue posible porque la gran mayoría del pueblo español recordaba lo que había sido la guerra y a quiénes le habían salvado de las “delicias” del Frente Popular; y constataba como España se había convertido, entre otras cosas, en uno de los países de más rápido crecimiento del mundo, y en el país europeo con mejor salud social e internamente más pacífico. Esta es la realidad histórica, guste o no. Y desde hacía varios siglos, nunca España había sido tan independiente, tan dueña de sí misma y tan capaz de aceptar y superar retos. Así, el entierro del Caudillo fue  el último desafío de un régimen que había sabido vencer los – más que injustos delictivos–,  hostigamientos y provocaciones exteriores. Y ello a pesar de que tras el Concilio Vaticano II el régimen se había quedado prácticamente sin discurso, como he explicado en Los mitos del franquismo

 Ahora los delincuentes que se identifican a sí mismos con el fraudulento y criminal Frente Popular quieren saquear la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, para mejor poder vejar su memoria y sus restos. Creo que alguna vez tendrán que dar cuenta de sus fechorías, y espero que ese día no esté lejano.

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Leo en un comentario en El Español que Hugh Thomas, recientemente fallecido, se quejaba de que yo le acusara de desvirtuar la historia cuando él no solo compartía mi tesis de que la guerra civil la empezaron izquierdas y separatistas en 1934, sino  que incluso él se había adelantado a mí al respecto. La verdad es que lo que he dicho de Hugh Thomas es que ha escrito algunos libros valiosos sobre España, y su obra sobre la guerra civil fue en su momento un hito en la bibliografía extranjera, aunque había quedado superada con el paso del tiempo. Por otra parte yo nunca me he atribuido la primacía en establecer esa tesis, que ya Gerald Brenan expuso al describir la insurrección del 34 como “la primera batalla de la guerra civil”. Y otros han dicho cosas semejantes, entre ellos Hugh Thomas. Lo que yo he hecho fue demostrar y documentar la tesis de modo irrefutable por primera vez; no porque a mí se me ocurriera el primero. Como he demostrado el fraude de las elecciones de Frente Popular, corroborado por una investigación reciente,  y bastantes asuntos más.

    En diversas ocasiones he criticado a Thomas en algunos aspectos parciales (pueden verse en internet fácilmente), como en ciertas divagaciones sobre el GRAPO (http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/cartas-en-la-prensa-18443/ )   o al atribuirse el el descubrimiento de que las víctimas de la guerra civil fueron muchas menos que el mítico millón de muertos. En realidad, la cifra ya estaba cuantificada con bastante aproximación en los años 40 por el demógrafo “franquista” Villar Salinas (http://www.piomoa.es/?p=876 ). Pero en general he manifestado un aprecio por su obra, la de Thomas, porque ciertamente es apreciable.

   El autor del comentario, Juan Carlos Laviana, es un caso típico de ese periodismo español semiculto, parlero, oficioso y servil hacia todo lo que huela a inglés. Así, nos cuenta que una serie de historiadores ingleses “nos enseñaron a mirarnos desde fuera” y “sabían más de nosotros que nosotros mismos”, citando como modelos al propio Thomas junto con John Elliott, Gerald Brenan, Ian Gibson, Raymond Carr y Paul Preston. Hace falta una ausencia de criterio pasmosa –aunque sea acostumbrada en el periodismo español— para poner juntos a todos ellos. Elliott y Thomas son unos hispanistas muy diferentes de los otros y desde luego muy superiores. Gibson (irlandés) y Preston son simplemente lamentables hasta un grado de manipulación casi cretina. Carr simplemente no es serio, y Brenan tampoco, aunque haya tenido aciertos como el mencionado sobre el origen de la guerra.

   Y, en fin, ciertos historiadores españoles, empezando por Martínez Bande, los hermanos Salas Larrazábal, Ricardo de la Cierva  y otros, son superiores a los hispanistas extranjeros en lo que se refiere a la guerra civil. Aunque no tengan la vitola de “progres” y “antifranquistas”, que parece el principal mérito de tantos.

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No se entiende la historia de España sin la de Europa, ni la de Europa sin la de España

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