Diario de Información y Análisis de Intereconomía

El feminismo como histeria misógina

"Una hora con la Historia": la cultura española va camino de convertirse en una tosca parodia de la cutura anglosajona. Un proceso  de aculturación del que casi nadie quiere hablar / Un nuevo  enfoque de la II Guerra Mundial como la guerra de las tres grandes ideologías surgidas directa o indirectamente de la Ilustración: https://www.youtube.com/watch?v=DxW6c3Npeb4

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Con deplorable descortesía hacia los prejuicios feministas, la Naturaleza  ha tenido a bien imponer una profunda diferenciación entre los sexos, un dimorfismo sexual más acentuado en  los humanos que en los demás mamíferos. El dimorfismo no atañe solo al aspecto físico sino, y en no menor medida, a la psique, como puede observar cualquiera que tenga ojos en la cara. Abordé el tema en un artículo anterior (http://gaceta.es/pio-moa/dimorfismo-sexual-pensamiento-histerico-02042017-2116 ).

   ¿Qué caracteriza a la mujer con respecto al hombre? La maternidad. Esta no se refiere solo a los nueve meses de gestación, sino que abarca la cría y educación de la prole de modo más profundo e íntimo que la paternidad. Y moldea tanto el cuerpo femenino como su psique. En fin, la maternidad es la garantía de la conservación de la especie en la cual el papel de la mujer es más decisivo que el del varón.

   Lo anterior es una evidencia que no requiere más explicación, aunque, claro está, no todas las mujeres llegan a ser madres, pro problemas físicos o sociales o personales. Y así como lo normal es que el instinto maternal sea muy fuerte, en algunas mujeres es débil o inexistente. Un estudio en Usa mostraba que el maltrato infantil era más frecuente por parte de mujeres que de hombres, lo que se explica probablemente por las tensiones sociales y profesionales que soportan muchas madres.

    Pues bien, el feminismo, obsesionado con una igualdad que a la naturaleza no le ha parecido oportuna, y enemigo de la complementariedad de los sexos,  detesta de modo principal la maternidad, pues pocas cosas hay más desigualadoras. Y al odiar la maternidad, odian inevitablemente a la mujer, a la mujer real, de modo semejante a como los comunistas odiaban y trataban de someter al obrero real, que rara vez seguían sus consignas y doctrinas. El feminismo es en ese sentido misógino; e histérico en cuanto que se opone a la naturaleza (que según él no existe: la polaridad sexual sería un asunto “cultural”, un simple capricho de sociedades opresivas). Por ello genera histeria tanto en mujeres como en hombres, y degrada la necesaria conservación de la especie. Se ha hecho notar que los principales líderes de la UE (Alemania, Francia, Italia, Holanda o Suecia, además de Inglaterra) no tienen hijos biológicos. El dato tiene significado porque, consciente o inconscientemente, los líderes sirven de ejemplo a la sociedad.

   El aborto, por tanto aparece como un “derecho de la mujer”. El aborto es simplemente la liquidación de vidas humanas, pues no otra cosa es lo que conciben las mujeres. Observemos dos consignas típicas del feminismo y muy prodigadas (entre otras): “Si los obispos pariesen, el aborto sería un sacramento”. Es decir, que, de modo inconfesado,  ellas reconocen el aborto una especie de sacramento, algo deseable y casi obligado (ellas o ellos, porque probablemente hay más feministas hombres que mujeres, y son precisamente ellos los que imponen leyes y medidas feministas). Por cierto que no es novedad en la historia. Ha habido sectas, como la de los cátaros o albigenses, que  ya promovían el aborto, buscando el suicidio social deliberadamente.

   Otra consigna no menos reveladora: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. Deciden liquidar una vida humana que, además, no procede solo de la madre, sino, en un 50%, del padre, cuyos derechos son literalmente pisoteados. De hecho, asistimos actualmente a campañas de denigración de la maternidad, la cual supone, según se dice, enormes sacrificios y costes indeseables para la mujer. El NYT lamentaba recientemente que los ingresos de las mujeres eran inferiores a los de los hombres debido a la maternidad. La idea es muy significativa: en una sociedad en la que ganar dinero es la tarea que da sentido a la vida y mide el “éxito” en ella, las mujeres quedarían en desventaja a causa de la maldita maternidad.

   La consigna citada expone implícitamente otro aspecto del feminismo: el odio al padre, y al varón en general. Ello se debe, posiblemente, a una reacción enfermiza que se da en algunas mujeres y que Freud achacaba, de modo absurdo, a todas: la “envidia del pene”. Las feministas quieren igualar al varón en todo, eliminar la complementariedad, y como ello resulta imposible, y en el fondo suicida, cobran un odio profundo a su modelo inalcanzable, entendiendo como una injusticia social lo que es simplemente una necesidad biológica para mantener en la tierra al ser humano. Una necesidad que, casualmente, otras ideologías emparentadas con el feminismo, como ciertos ecologismos y homosexismos, miran con escepticismo o aversión, estimando la posible extinción de la especie como  algo indiferente o incluso deseable. Ya hay ideólogos al respecto. El feminismo es tan misógino como misándrico

   El odio a la función paterna ha llevado también a negar a los hijos el más elemental derecho a un padre y una madre reales, sustituidos por la burla patética de dos papás y dos mamás y equiparando a los hijos con las mascotas. Ningún homosexual que realmente ame a los niños pretenderá privar a estos de aquel derecho básico.

  El tema puede dar mucho más de sí. Durante largos años el feminismo, como otras ideologías, ha explotado un victimismo igualmente histérico, ante el que era difícil la defensa, porque criticarlo sonaba a injusticia y defensa de opresiones reales o  inventadas. Pero una cosa es la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, conseguida hace mucho, y otra estas oleadas de chifladura que están envenenando la relación entre hombres y mujeres, y que tan estrecha relación tienen con el deterioro de la salud social: aborto masivo, fracaso conyugal y familiar igualmente masivo, con repercusión sobre los niños y adolescentes sobre todo, expuesta en la expansión de la droga, de los suicidios o el alcoholismo juvenil y en otros fenómenos por el estilo.

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