Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Por qué fueron fraudulentas las elecciones "del Frente Popular"

**La ideología "de género" puede ser más destructiva que el comunismo: https://www.youtube.com/watch?v=Ar1x4EUezgw

**La próxima sesión de "Una hora con la Historia" tratará de la gran batalla de Krasni Bor, en el frente de Leningrado, y de la razón por la que una ideología tan enloquecida como la de género se está imponiendo totalitariamente en Occidente. El sábado, a las 9,30 de la noche, en Radio Inter, FM 93.5 (Madrid) y Onda Media 918 (resto). También puede oírse en you tube y en podast de i-tunes. https://unahoraconlahistoria.es/

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La cuestión del carácter de las elecciones de febrero de 1936 es crucial, porque  es la base de todas las versiones históricas y reclamaciones políticas  izquierdistas y separatistas (siempre juntas, por cierto). La tesis izquierdista-separatista afirma que aquellas elecciones fueron justas y de ellas salió un poder democrático. Y de ahí nacen consecuencias políticas del máximo alcance hasta hoy mismo. 

 Las elecciones de febrero de 1936 fueron convocadas por el presidente de la república  Alcalá-Zamora y su amigo el presidente del gobierno Portela Valladares después de haber disuelto apresuradamente las Cortes para evitar el enjuiciamiento de Portela y de él mismo por haber prorrogado ilegalmente los presupuestos del año anterior. Las elecciones fueron convocadas en un momento álgido de los odios políticos en el país.

   A las elecciones se presentaron, por una parte, izquierdas y separatistas catalanes unidos de facto (la Esquerra, también de izquierda, no entró oficialmente en el Frente Popular). Precisamente se  trataba de los partidos que al perder las elecciones de noviembre de 1933, intentaron golpes de estado (Azaña), se declararon "en pie de guerra" (la Esquerra) y organizaron una revolución armada (PSOE, PCE anarquistas y separatistas catalanes).   Las elecciones del 33 habían sido las únicas realmente democráticas de la república, pese a la violencia izquierdista que causó seis u ocho muertos. La insurrección armada se produjo en octubre de 1934, y fracasó dejando 1.300 muertos e incontables destrozos materiales  en muchas provincias. En cuanto a los separatistas vascos, por ser de derecha y católicos, no entraron en el Frente Popular (al que se unirían de hecho durante la guerra), pero sabotearon la unidad de las derechas, pedida por el Vaticano.  En suma, en 1936 se presentaron unidos los mismos que habían asaltado la legalidad republicana en 1934, de cuyo asalto se jactaban.

  Las elecciones de febrero de 1936 ya no fueron democráticas, sino claramente fraudulentas. La campaña electoral se desarrolló en medio de violencias y coacciones de la izquierda, en menor medida de una derecha asustada, con bastantes asesinatos. El recuento se hizo en muchos lugares bajo presión de las turbas izquierdistas, lo que las invalida. El mismo Azaña reconoce:   Los gobernadores de Portela habían huido casi todos. Nadie mandaba en ninguna parte y empezaron los motines". Los gobernadores eran los responsables de velar por la pureza de los recuentos. Alcalá-Zamora, en sus memorias recuperadas hace pocos años,  corrobora la anómala y antidemocrática elección: "Manuel Becerra (...) conocedor como último ministro de Justicia y Trabajo de los datos que debían escrutarse, calculó un 50%  las actas cuya adjudicación se ha variado bajo la acción combinada del miedo y la crisis".

   Para añadir ilegalidad a aquel caos, Portela, lleno de miedo, entregó el poder a Azaña, huyó literalmente y ya no presidió la segunda vuelta de las elecciones, como era legal, sino que las presidió el propio (y golpista ) Azaña.  Para redondear la jugada, Azaña advirtió que el poder no saldría ya de manos de la izquierda. El proceso continuó con una escandalosa revisión de actas a cargo de los vencedores, erigidos en juez y parte, que despojó todavía de más escaños a la derecha. Por otra parte, nunca se publicaron recuentos fidedignos, por lo que historiadores más bien de izquierdas han hecho estimaciones que discuerdan hasta en un millón de votos.

Todo ello coincide con el "Dictamen sobre la ilegitimidad de poderes actuantes en 18 de julio de 1936": Al realizarse el escrutinio general de las elecciones se utilizó en diversas provincias el procedimiento delictivo de la falsificación de actas, proclamándose diputados a quienes no habían sido elegidos; con evidente arbitrariedad se anularon elecciones de diputados en varias circunscripciones para verificarse de nuevo en condiciones de violencia y coacción que las hacían inválidas; se declaró la incapacidad de diputados que no estaban real y legalmente incursos en ella, apareciendo acreditado también que, como consecuencia de tal fraude electoral, los partidos del llamado “Frente Popular” aumentaron sus huestes parlamentarias y los partidos de significación opuesta vieron ilegalmente mutilados sus grupos...”. Este dictamen ha sido desacreditado por historiadores de poco fuste, pero es contundente y concuerda con todos los testimonios, empezando por el de Azaña.

   El fraude se coronó finalmente, en abril, con la destitución, asimismo ilegal, de Alcalá-Zamora para ser sustituido por Azaña como presidente de la república.  

  En El derrumbe de la República he recordado y documentado la situación, que en gran parte era ya conocida y explicada por  Ricardo de la Cierva, historiador harto más riguroso  que  sus sectarios críticos. En conclusión puede afirmarse que quienes se atribuyeron la victoria entonces no eran demócratas, pues se componían de golpistas, comunistas (el PSOE también lo era entonces) y separatistas; y que  usurparon la victoria mediante violencias, coacciones y fraudes, después de haber intentado imponerse por las armas un año y medio antes. Por lo demás, aquella victoria fraudulenta fue seguida de una oleada mucho mayor aún, realmente sin precedentes, de violencias, asesinatos, incendios y abusos que culminaron en el asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo.

   Estas cuestiones están aclaradas  desde  hace tiempo, como digo, pero faltaba una monografía que detallase en mayor medida los fraudes; y parece que pronto se publicará una, que viene retrasándose ya más de dos años.

 En fin, quienes sostengan que aquellas elecciones fueron democráticas, demuestran no tener nada de demócratas. Lo que no es de extrañar, porque en general se identifican con aquel Frente Popular, precisamente. Tradicionalmente, para nuestra selvática izquierda la democracia consiste en que mande ella. La república se acabó realmente en febrero de  1936, y no en julio cuando el Alzamiento Nacional, ni en abril de 1939. En aquel febrero, la república fue sustituida por un nuevo régimen, el Frente Popular, que siguió usurpando el título de republicano, y  no llegó a cuajar al haber perdido la guerra civil que sus partidos habían propiciado y organizado.

   El alzamiento de julio de 1936 no fue contra una democracia inexistente desde febrero, sino que se debió a la destrucción -- por las izquierdas y separatistas--  de la legalidad y lo que tenía de democrática la república. Una democracia no puede funcionar en un país como la España de entonces: la república había aumentado la miseria y exacerbado los odios políticos, y mientras el país no fuese próspero y los odios no estuvieran aplacados, hablar de democracia era puro autoengaño. El franquismo, al dejar un país rico y muy mayoritariamente reconciliado, permitió una transición bastante tranquila, pese a la mediocridad de sus autores.

   Pero la experiencia histórica no acaba de aprenderse, y hoy vemos cómo resurgen los odios, cultivados por quienes se identifican con los partidos derrotados en 1939, a base de falsificar sistemáticamente la historia y de despreciar la ley. La ley es lo que permite convivir a las distintas  y a menudo opuestas ideas e intereses sociales, y nada podría ser más grave que su destrucción, como ocurrió en febrero del 36 y viene ocurriendo en la actualidad.  El pasado nos ofrece muchas lecciones,  y sería suicida huir de ellas y sustituirlas por la frívola y pueril consigna del PP de "mirar al futuro" para proyectar en él "nuestras arbitrarias y estériles ilusiones", que decía Ortega.

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