Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Historiadores profesionales... del fraude

  

   Hace ya bastantes años que vengo, no diciendo, sino documentando y demostrando, que las elecciones del Frente Popular fueron un fraude. Y  que en ese fraude se apoyan la gran mayoría de las versiones circuladas a partir de la universidad sobre la guerra civil y el franquismo,  así como gran parte de las políticas actuales y, por supuesto, la infame ley de memoria histórica.  Puede admitirse que en un primer momento muchos de esos historiadores creyesen de buena fe lo que decían, pero hace bastante tiempo que no es así.  Sus historias, contengan más o menos datos reales, están desenfocadas y en lo esencial son tan fraudulentas como las bases de que parten, y ellos lo saben perfectamente. Viven en el fraude y del fraude. 

    En diversos libros, en particular Los orígenes de la Guerra Civil y El derrumbe de la república, he tratado todo lo referente al significado de la revolución de octubre del 34 y su repercusión en las elecciones del Frente Popular; a la conducta golpista o guerracivilista  de la izquierda en general, también de Azaña; a la utilización electoral de una campaña falsaria sobre la represión de Asturias, campaña que he analizado y cuya transcendencia histórica nadie había señalado; al tono de violencia y amenaza de guerra civil en que se desarrollaron las elecciones, con avisos de Azaña,  Largo Caballero y otros de recurrir a “otros medios” si ganaban las derechas; a la ausencia de garantías en el escrutinio y las falsificaciones evidentes en varias provincias; a la continuación de un proceso de ilegalidades hasta la destitución de Alcalá-Zamora; a la ausencia de investigación sobre la supuesta represión de Asturias, pese a haberlo prometido las izquierdas como eje de su campaña electoral;  al estallido inmediato, desde el 16 de febrero, de una violencia extrema con cientos de muertos y de incendios de iglesias, registros, periódicos y sedes de la derecha; al significado político y muy probable autoría intelectual del asesinato de Calvo Sotelo... Conjunto de hechos tiránicos y totalitarios que hicieron inevitable la guerra civil. Estas y otras cuestiones decisivas las he adelantado en mis trabajos hace ya bastante tiempo.

  Por supuesto, no he sido el único, pues unos u otros aspectos han sido tratados por Ricardo de la Cierva, Tusell y otros historiadores; pero creo que sí  he sido  quien más ha documentado esa historia en conjunto y  más ha insistido en ella, contra la marea de distorsiones pque nos ha abrumado durante tanto tiempo. Pues bien, el reciente libro Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular  recoge gran parte de mi trabajo anterior --sin citarme--  y lo completa en un aspecto: el examen de muchas de las actas que fueron falsificadas. Esto realmente no era imprescindible para decidir sobre el carácter, ya aclarado,  de aquellas elecciones, pero es importante porque pone el último clavo en el ataúd de las versiones que han circulado durante tantos años de manera imperiosa y a menudo amenazante.  

   Me pregunto qué dirán los historiadores, intelectuales y políticos que han cultivado el fraude desde hace tanto tiempo, hasta hacerlo una seña de identidad profesional. Sospecho que pasará como cuando cayó el muro de Berlín (y el fraude de  aquellas elecciones ha elevado un verdadero muro contra la verdad histórica en España): seguirán como si nada pasara, sin el menor debate de alguna enjundia. Y, por supuesto, los autores de este último libro, procuran desde el principio contentar a los falsarios advirtiendo que no ponen en cuestión la legitimidad del Frente Popular.  Son cómicos en su falta de honestidad intelectual y de valor moral.

    Uno de los “argumentos” de los historiadores de este género, sean de derechas o de izquierdas, es que ellos son profesionales y yo no puedo serlo porque no he recibido sus sabias lecciones en la universidad. Y no cabe duda de que son profesionales... del fraude. Y  en una universidad degradada que produce cosas como Podemos. Su pedantería solo tiene comparación con su ineptitud y majadería. En Nueva historia de España he señalado cómo el Siglo de Oro de España tiene relación con una enseñanza superior más nutrida que en otras naciones europeas, y de una calidad a menudo muy elevada. Hoy, la cantidad es mucho mayor, pero la calidad ha descendido  a niveles pedestres. A ver si denunciándolo logramos ir demoliendo este muro de Berlín y abriendo vías a la verdad que, según el dicho,  "nos hace libres". 

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