Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Mediocridad, pedantería y deshonestidad intelectual

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Usted se ha quejado de que en libros como el reciente sobre el fraude en las elecciones del Frente Popular no le citen, a pesar de que usted lleva años, casi en solitario, diciendo que las elecciones fueron fraudulentas.

 R. En primer lugar, yo no digo que se trató de un fraude, sino que lo demuestro. El examen de las actas hecho por los dos autores del libro es un dato importante, porque corrobora algo que dejé claro hace bastantes años. Pero el fraude no consiste en que se falsificaran más o menos actas, sino en las condiciones mismas de un proceso electoral que duró tres meses, desde el 7 de enero en que se disolvieron las Cortes, hasta el 7 de abril en que se destituyó a Alcalá-Zamora. Fue un proceso de gran violencia en acciones y palabras. La propaganda de izquierdas hablaba en términos de exterminio y sus dirigentes amenazaban con no aceptar una victoria de la derecha. Lo mismo que no la aceptaron en 1933. Eran los mismos del golpe revolucionario y separatista en 1934, y se sentían orgullosos de él, contra los que entonces (como el mismo Franco) habían defendido la legalidad republicana. Este dato tan revelador casi nunca es citado: parece como si todos  los partidos tuvieran de entrada la misma legitimidad, y no fue así.

    En la jornada electoral, las masas se echaron a la calle, en varias ciudades los responsables de asegurar  el escrutinio huyeron, como dice Azaña, y lo mismo hizo el jefe del gobierno, Portela, entregando el cargo, para la segunda vuelta, a Azaña, cuya victoria no es que fuera dudosa, es que en tales condiciones no debía ser aceptada democráticamente. Luego el proceso continuó con una “revisión de actas” en las Cortes, en medio de amenazas y demagogia desbocada para quitar más escaños a la CEDA, y se coronó con la destitución ilegal de Alcalá Zamora. Todo ello en medio de asesinatos, incendios  y despotismo del nuevo gobierno. La república ya había quedado herida muy gravemente por la insurrección  revolucionaria-separatista del 34, y se hundió definitivamente en esas elecciones. Todo esto lo he detallado, así como un factor que casi todos los historiadores, por no decir todos, pasan por alto: el papel de la campaña sobre las supuestas atrocidades de la derecha en la represión de Asturias en 1934. Esa campaña no fue solo un fraude más: dividió a la sociedad española más profundamente que nunca y creó el ambiente de odio exacerbado que se manifestaría en la guerra civil. Es una clave esencial.

   Y hay otro problema en aquellas elecciones, y es el hundimiento de las opciones moderadas, de los partidos llamados de centro que se presentaban como equidistantes de unas derechas e izquierdas extremistas.  Lo he expuesto como una manifestación de un proceso de radicalización y demagogias de la época, en España y en Europa. Aunque la CEDA no era un partido extremista, como se le ha pintado mil veces, sino moderado, pero la imagen de derecha reaccionaria y fascista que le atribuyeron las izquierdas ha tenido éxito, incluso hasta hoy. Su fracaso, debido en gran medida a Alcalá-Zamora, impidió otra salida que no fuera el choque abierto, bélico.

 Sin embargo el análisis de las actas es definitivo y ya no deja lugar a duda alguna. En ese sentido puede considerarse superior a sus aportaciones anteriores.

R.  Definitiva ya era la relación de hechos que he explicado. Y puede parecer superior a quienes no tienen un pensamiento democrático en España, que son la inmensa mayoría, tanto en la derecha como en la izquierda, como he expuesto en La guerra civil y los problemas de la democracia. El nuevo libro tiene valor porque aporta un detalle nuevo e importante. Es como si un misil derriba un avión de pasajeros sobre territorio libio, por  poner un ejemplo, y se sabe que el misil partió de una base militar libia, y que el gobierno libio ha perseguido a quienes intentaban investigar el hecho. Pues está claro lo que ha pasado y realmente no hace falta nada más para probar la responsabilidad del gobierno libio. Ahora bien, supongamos que un periodista logra acceder a la orden concreta del ministro para que se lanzase el misil. Esto no añade nada esencial, pero indudablemente tiene gran relevancia como corroboración de detalle de lo que ya se sabía. El libro de los dos autores vale no porque descubra nada esencialmente nuevo, sino porque  añade una valiosa corroboración a lo ya sabido.

 Con todo,  parece que los autores no han estimado los trabajos previos de usted. ¿Cómo lo explica?

R. Volviendo a la primera pregunta, yo no me quejo: me limito a exponer unos hechos bien a la vista, y que cada cual saque sus conclusiones. Y en primer lugar, no he sido el único en estudiar los hechos. Ricardo de la Cierva y otros lo hicieron antes, aunque creo que yo he sido quien más los ha clarificado como elecciones fraudulentas. Como existe el Dictamen sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes el 18 de julio de 1936, un documento bien fundamentado en términos jurídicos. En segundo lugar, los autores conocían perfectamente mis aportaciones, pero, aunque ellos son más bien de derechas, colaboran en la campaña de silencio contra mis obras. Y no puede extrañar: demostrar que aquellas elecciones fueron fraudulentas es demostrar no solo que el Frente Popular fue un fraude, que destruyó la legalidad republicana y llevó al borde del abismo la subsistencia de España como nación unida, la subsistencia de la religión y la cultura cristiana, de la propiedad privada, etc… Es que además demuele todo el discurso político enhebrado ya desde antes de la Transición por historiadores como Tuñón de Lara y su escuela. Un discurso aceptado con más o menos matices  por la mayoría de los políticos, periodistas e historiadores, incluso de derecha.  Se han creado así intereses políticos muy fuertes, y es comprensible que, tras el impacto de Los mitos de la Guerra Civil,  se haya organizado esta campaña de silencio sobre mis trabajos. Pero la verdad termina siempre abriéndose paso. Observe que los autores del libro son tan timoratos, que no solo me han silenciado, es que además tratan de evitar el debate sobre la legitimidad de la república y el Frente Popular. Tiran la piedra y esconden la mano para no incomodar demasiado a los de la memoria histórica y apologistas de la república. Esto, además de cobarde, es infantil.

   Y déjeme recordar que el nivel intelectual y moral de la universidad española, excepciones aparte, es deplorable.  Esta crítica se ha repetido mucho, sin que se le vea remedio. Hace poco, al señalarlo, me escribieron un reconocido  catedrático de historia medieval..:

   "Tienes mucha razón en lo que dices y denuncias. No creo que puedas imaginar a qué grado de vileza moral y pobreza intelectual han llegado las facultades de Historia".

… y un profesor de instituto:

"Como hice la carrera de Historia puedo decir con base que tienes razón. Nuestros profesores no eran más que una banda de estafadores intelectuales. Hace poco tuve en prácticas en mi instituto a un joven recién licenciado, de la misma facultad en que yo estudié. Me enseñó el libro de Historia Contemporánea de uno de los sinvergüenzas que siguen trabajando allí  (libro que por supuesto hay que comprar si quieres aprobar). Lo abrí por las páginas de la llamada Revolución Comunista. ¿Qué decía el golfo que había escrito aquello y que ejerce de profesor universitario? Defendía el golpe de estado de los bolcheviques contra la naciente democracia rusa, decía  que Lenin había librado a Rusia del ominoso zarismo, etc.  Me pareció tan asqueroso que cerré el libro y lo devolví inmediatamente. Mi única alegría fue que ese joven me dijo que sí, que el libro era una porquería llena de “historias” parecidas.  Confiemos en que al final la juventud abra los ojos".

   Pues así estamos. Se ha denunciado mil veces, y en vano: la mediocridad compite con la pedantería, y la pedantería con la deshonestidad intelectual.  En fin, es preferible tomarlo con humor: no sé quién decía que nadie sabe los abismos de maldad a que puede llegar el alma humana si no conoce el mundillo de catedráticos y profesores universitarios. Algo así. El daño que hacen a la universidad y a la política española es inmenso.

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