Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Miseria de la historia en la universidad española

Ud lleva publicados 35 libros de historia desde 1999.  Hay quien se pregunta si no son demasiados para ser realmente serios. Reig Tapia, por ejemplo

Bueno, de historia no son todos, una parte son recopilaciones de artículos o de blogs que voy publicando sobre la marcha, dos son novelas, uno es un libro de viajes, otro unas memorias de la época del GRAPO, y varios ensayos sobre temas diversos, como el feminismo, la masonería, la democracia, el terrorismo, la situación actual, etc. Otros son en cierto modo repeticiones de otros con algún esquema nuevo, por ejemplo, mi trilogía sobre la república y la guerra civil fue resumida en dos libros más,  en los que en vez de las notas se recogían fotocopias de los propios documentos citados, o de los más significativos. Los libros propiamente originales de historia serán unos diez.  Y sobre Reig Tapia, discípulo del stalinista Tuñón de Lara,  ya he hablado bastante, están mis artículos en internet. Casualmente, Reig es hijo del que fue director del NO-DO franquista, cosa que no le hace gracia que le recuerden.  

 Siguen siendo demasiados libros, según sus críticos

Esas críticas no valen nada, créame. Están hechas por vagos, a menudo profesores de historia que han hecho su carrerilla o su doctorado y se han apalancado para el resto de sus vidas, repitiendo lo mismo y contando año tras año a sus alumnos las mismas historias, que a menudo son pura propaganda, y obligándoles a comprar sus libros... Una pena. Además suelen escribir muy mal. No, la universidad española no es lo que se dice brillante, y en materia de historia está a un nivel muy bajo. Con las excepciones de rigor, claro. Esos críticos son incapaces de un debate intelectual serio, y salen por peteneras, diciendo por ejemplo que no puedo ser historiador porque no he recibido sus sabias lecciones, o que  no he consultado archivos...  Lo malo es que esa gente es muy agresiva y han logrado crear verdadero miedo en otros historiadores más serios. Casi parecen una mafia.

 Una acusación muy grave, ¿no cree?

Se lo explicaré. En la Revista de libros encargaron a un profesor que hiciera una reseña sobre algunos libros míos. Después de varias idas y venidas, terminó por negarse, aduciendo que ello perjudicaría a su carrera académica, incluso si la reseña era negativa para mí. Prefieren imponer el silencio absoluto, como si mis libros no existieran. Otro me escribió en tono simpático ponderando la rabia que me tenían sus colegas, sobre todo porque mis libros se vendían mucho más que los suyos... Pero después ha publicado él varios libros en los que no osa citarme, por la misma razón: puede perjudicarle ante "el gremio". Varios estudiantes de historia de diversas facultades me han dicho que los profesores les prohibían mencionar mis obras. Podía seguir con muchas anécdotas más. Cuando publiqué Los mitos de la guerra civil, Javier Tusell, que era más bien de derecha pero estaba en la recua, yo les llamo historiadores de la recua,  publicó en El País una reseña exhortando a ejercer la censura contra mis trabajos. Claro, por entonces parecía asentada en la mayor parte de los departamentos y en los medios de masas  una versión de la historia  que a poco que se la examine críticamente, hace agua por todas partes. Y se enfurecen más porque, a pesar de todo, no pueden evitar que mis libros circulen más que los suyos, no consiguen hacer efectiva la censura, y entonces insultan a mis lectores calificándolos de “fachas”, “extrema derecha”, ignorantes y similares.  Están realmente cabreados. Daño sí lo hacen claro, porque tienen los mayores medios, pero no tanto daño como les gustaría...

 Algunos libros suyos, desde luego, están documentados muy a fondo con material de archivo y de fuentes primarias. Pienso, por ejemplo  en Los orígenes de la guerra civil

Déjeme continuar, porque el tema se las trae, aunque no quiero extenderme demasiado. A raíz de la  publicación de Nueva historia de España hubo una reunión de varios historiadores o ensayistas, como Pedro Schwartz y sobre todo el entonces director de la Academia de Historia, Gonzalo Anes. Todos habían leído el libro y les parecía excelente y que había que darle “vuelo”. Decidieron entonces facilitarme cierta publicidad y el acceso a medios académicos,  y se hizo un plan al respecto. Pasó el tiempo, y nada. A decir verdad, yo era escéptico desde el principio, pero años después me enteré finalmente de que Anes se había “rajado”. Es decir, tenemos por una parte a historiadores y profesores que han hecho su carrera y cimentado un prestigio mayor o menor sosteniendo tesis que he demostrado ser falsas, y, claro, es humano: no van a dar su brazo a torcer a estas alturas. Lo malo es que no aceptan el debate, sino que tratan de imponer la ley del silencio y  la maniobra oscura. Y luego hay muchos que están más o menos de acuerdo conmigo pero que tienen auténtico miedo a que les coloquen el sambenito de ser moístas o revisionistas o neofranquistas o cosa por el estilo.  Y entre unos y otros crean un ambiente intelectual de verdadero páramo. Decía Cicerón que la verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio, que le permite imponerse. Es una auténtica vergüenza.  Unos politicastros han intentado incluso meterme en la cárcel, sin que ninguno de esos probos intelectuales alzase la voz para nada. Es asombroso y enormemente penoso, en una democracia al menos aparente. Un país con tantos problemas como España debía tener debates serios, y el hecho de que no los haya ya revela la anemia cultural del país. Todo son tópicos y cada cual a lo suyo.

 ¿Qué libro suyo consideraría usted el más logrado?

Permítame que hable antes de la cuestión de los archivos. Los archivos son muy importantes cuando se trata de investigar una cuestión concreta y de fondo. Así, en mi trilogía sobre la república y la guerra buceé en los archivos del PSOE,  en el de Salamanca, en el Histórico Nacional, en la documentación de las Cortes, la prensa de la época, las memorias de los principales personajes, etc. Fue un trabajo exhaustivo y desde luego no han podido refutarlo ni por lo más remoto. A día de hoy no hay nada importante que yo mismo crea necesario corregir, y la trilogía permanece plenamente válida. Pues bien, debo decir que en el archivo de la Fundación Pablo Iglesias, por ejemplo, que visité durante años, casi nunca encontraba a ninguno de esos críticos y muy a menudo era yo el único que me estaba allí mañanas o tardes enteras. Lo mismo en el archivo de Salamanca o en la biblioteca de las Cortes. Lo que hacen a menudo es mandar a algún becario a hacerles el trabajo... En fin, esa seudocrítica revela pura y simple picaresca, porque cualquier que lea mis libros puede desmentirla. Pero tratan de desanimar a los incautos de leerme.

   Pero es verdad que he publicado algunos otros libros, como Los mitos de la guerra civil con poco aparato de notas y demás. Pero se debe a que dicho aparato ya estaba en la trilogía anterior y se trataba de aligerarlo para hacerlo más popular. Además, aunque esos amantes platónicos de los archivos no lo entiendan, en historia es muy importante exponer los hechos con una lógica, y se pueden escribir buenos libros de historia, como los de Paul Johnson, basándose en fuentes secundarias o en bibliografía existente, aplicándoles un buen sentido crítico. Por otra parte, hoy con internet el lector puede encontrar fácilmente las fuentes y referencias en muchos casos, fuentes exhibidas y muchas veces no consultadas realmente  en trabajos académicos. Muchos autores hacen con ellas  una exhibición de pedantería.  Y a decir verdad, las versiones corrientes sobre la guerra civil son tan endebles que basta un análisis de ellas hecho con sentido común para demolerlas. Piense, por ejemplo, en el empeño en presentar al Frente Popular como defensor de la democracia y la libertad: fíjese usted que qué partidos y personajes componían aquel Frente y verá que se trataba de totalitarios, racistas, golpistas y similares. Es lo que llamo “la Gran Patraña”, que a su vez genera una infinidad de otras. La permanente mentira, que decía Marañón.

 Pero estará usted más satisfecho de unos libros que de otros.

Mire, en todos mis libros he procurado aportar algo nuevo, no simples detalles, sino visiones de conjunto nuevas. Repetir lo que ya se ha dicho muchas veces, aunque sea con palabras nuevas o aportando unos pocos datos secundarios, no me interesa. En algunos libros como Años de hierro corregiría cierto número de detalles, pero en lo esencial se mantiene perfectamente. En otros, solo algún que otro detalle, aunque con el tiempo, lógicamente, entrarían cosas nuevas. No hay ningún libro de historia del que me sienta insatisfecho, porque los he escrito concienzudamente. De un buen entendimiento del pasado depende en muy alta medida lo que podamos hacer o no hacer en el presente, y una mala asimilación del pasado vuelve muy problemático el futuro, cosa que muchos no quieren entender. Por eso he investigado, por ejemplo, los separatismos en Una historia chocante. Es un tema absolutamente fundamental  en la actualidad. Pues bien, aunque parezca mentira, no existía antes un estudio histórico de los dos simultáneamente y ligados a la evolución política de España en el siglo XX. Existen monografías valiosas sobre uno u otro separatismo, pero a menudo ligándolas muy defectuosamente a la evolución del conjunto del país, lo que las debilita en gran medida. (...) Mi obra más ambiciosa es un amplio compendio, Nueva historia de España, que como compendio no precisa muchas notas. En él me he basado en gran parte para elaborar a su vez Europa, una introducción a su historia.  Los dos son trabajos de síntesis sobre una enorme masa de datos políticos, institucionales, económicos, militares,  filosóficos o de pensamiento, etc., una masa en realidad inabarcable, lo que me ha requerido un esfuerzo enorme de condensación. Se trata, nuevamente, de aplicar el sentido crítico a una infinidad de datos ya sabidos o aceptados comúnmente, pero dándoles un orden y un enfoque nuevos. Por ejemplo, casi toda la historiografía actual da a la economía y la técnica un valor decisivo como clave del sentido de la historia. En mi opinión, tales factores son muy importantes, pero no los decisivos que permitan  dar sentido a la evolución humana. Creo que es el factor religioso el decisivo, incluso cuando se imponen tendencias históricas como las actuales, con ideologías que parecen antirreligiosas, pero en definitiva son solo anticristianas. En realidad las ideologías son religiones sucedáneas, que implican una fe, unos ritos, unos mitos, etc.  Estoy trabajando ahora, precisamente en un ensayo sobre el hombre como “animal religioso”, para fundamentar más claramente  la tesis.

 ¿Para cuándo estará?

 No lo sé, espero que este año. Porque además quiero escribir otra novela. La anterior, Sonaron gritos y golpes a la puerta, trata de la generación que hizo la guerra civil y la posguerra, incluyendo  la campaña de Rusia y el maquis. Esta nueva tendrá más que ver con la llamada generación del 68, y tengo en perspectiva una tercera sobre la actualidad.

 

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