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DESDE LA TORRE DE BABEL

Trump, Cospedal y la OTAN

OTAN obsoleta o no, eso se les ha acabado: la valoración final de Donald Trump sobre el futuro de la Alianza Atlántica vendrá dada porque los aliados contribuyan más y mejor a la seguridad colectiva.

La semana que viene tendrá lugar la cumbre especial de la OTAN. Es especial primero, porque no toca; segundo, porque se ha organizado a toda marcha para que el apenas estrenado presidente norteamericano aclarara su frase de “la OTAN está obsoleta”. Es verdad que, tras su encuentro en la Casa Blanca con el secretario general de la OTAN, el noruego Jens Stoltenberg, Trump pareció desdecirse y aceptar que la organización no estaba aún obsoleta. Pero las cosas no están muy claras.

La elección de Trump echó al traste muchas de las ideas y expectativas de los aliados europeos, que durante décadas vivieron bien bajo el paraguas militar norteamericano, centrándose más en luchar por su prosperidad a través de la UE, una entidad esencialmente pacifista, que en garantizar su seguridad. OTAN obsoleta o no, eso se les ha acabado: la valoración final de Donald Trump sobre el futuro de la Alianza Atlántica vendrá dada por un único elemento, que los aliados contribuyan más y mejor a la seguridad colectiva. Estados Unidos deja de ser la potencia indispensable del mundo occidental, sobre todo en lo tocante a cubrir la factura de su seguridad.

Trump ha dicho que quiere que los aliados, todos, se comprometan a aumentar sus presupuestos de defensa hasta el 2% de su PIB. Los aliados ya se habían comprometido en 2014 a no recortarlos más, pero la administración americana, cansada de los continuos incumplimientos de los europeos, ahora exige que se aumenten y que dicho incremento no sea una promesa a largo plazo, sino en dos años. Para que nos hagamos una idea, eso supondría doblar el presupuesto de defensa en España en menos de dos ejercicios presupuestarios.

Trump ha puesto verdaderamente nerviosos a los aliados europeos, quienes en plena agitación no dejan de anunciar nuevas contribuciones militares a operaciones de la Alianza, con un desparpajo y alegría nunca antes visto. Ahí está el compromiso de Cospedal de enviar 6 carros de combate al Báltico para disuadir a Rusia de que no intente ninguna tontería estratégica en esa zona.

El problema de esta y otras decisiones es que no pueden contentar mucho a la Casa Blanca. Y siento tener que decirlo. El equipo íntimo del presidente Trump sabe perfectamente que la OTAN reacciona haciendo lo que sabe hacer y en lo que se siente cómoda. Esto es, en un revival de la Guerra Fría. En lo que ya no están tan de acuerdo es en la percepción de amenaza que Rusia representa hoy. De hecho, mientras que para los aliados de la OTAN ha vuelto a ser el leit motiv de la existencia de la OTAN, para Trump, Moscú es un aliado privilegiado. Se ha vuelto a poner de relieve con su tranquilidad para compartir inteligencia sensible con el ministro de exteriores ruso. Trump ve en Putin un potencial socio con el que se puede llegar a acuerdos pragmáticos que beneficien a ambos. Provocar al Kremlin con acciones de la Alianza no debe entrar en sus planes.

De hecho, lo que tiene en su punto de mira el presidente americano, como objetivo estratégico, no es Rusia, sino el terrorismo islámico y más concretamente, el Estado Islámico. De ahí que sus inclinaciones vayan más por una Rusia que le puede ayudar sobre el terreno y no por los aliados, que institucionalmente son reticentes a entregarse a la guerra contra el terror.

En todo caso, donde más choca la administración americana con sus aliados es en la filosofía de base que debe sustentar la OTAN. La Alianza se ha convertido en las últimas dos décadas en una caja de herramientas que permita a los aliados que así lo quieran aprovecharse de sus recursos organizativos para lanzar operaciones. Esto es, lo que se llama “coalitions of the willing”, operaciones modulares de quienes quieran participar. Trump parece querer volver a las esencias de la OTAN –y de toda alianza, dicho sea de paso-, es decir, a que los aliados actúen colectivamente y en su conjunto, no que unos apoyen políticamente, otros callen o acepten, o que no participen. La OTAN es una alianza para la defensa común y la seguridad colectiva y todos, sin excepción, deben contribuir.

Para España, las operaciones en el exterior se han convertido, en el mejor de los casos, en una rutina, en el peor, en un negocio a través del cual compensar muchas de las carencias de nuestra defensa, tanto individualmente como institucionalmente. Pero ese es un tema que excede el marco de este artículo. Lo que quiero decir es que no podemos creernos que, enviando 300 soldados y 6 carros, vamos a contentar a Trump.

Y mucho menos, como alguien ha sugerido, metiendo de golpe lo que el Ministerio de Industria paga de los grandes programas de armamento en el presupuesto oficial de defensa (algo que se debería haber hecho ya hace muchos años, en cualquier caso). La prensa sigue presentando a Donald Trump como un tonto impulsivo y carente de ideas. Yo lo que he podido observar en la Casa Blanca es todo lo contrario. Ni las gentes del Consejo de Seguridad Nacional ni los asesores como Bannon se chupan un solo dedo. Y saben de lo que hablan. Y no va a ser sencillo tangarles.

Dicho lo cual, estoy convencido de que las fotos de la cumbre permitirán que todos salgan contentos y victoriosos y que los europeos vuelvan a creer que han mantenido a raya al patán neoyorquino, al que se le puede engañar con facilidad. ¿No lo han sabido hacer antes con sus predecesores?

Solo que, si esta vez no les sale bien, lo que habrán logrado es enterrar una Alianza que, lo quieran o no, está moribunda. De inanición, de falta de visión y de pusilanimidad.

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