Diario de Información y Análisis de Intereconomía
LAS MUJERES DE LOS DICTADORES

Eva Braun: la mujer que no existía

José Javier Esparza
Toda la carrera de Hitler está sembrada de nombres de mujer. Son ellas quienes le introducen en la vida social, quienes le consiguen fondos, quienes hacen proselitismo a favor de su causa política.

Hitler fue un hombre extrañísimo. Lo fue desde su nacimiento, rodeado de circunstancias que la posterior leyenda ha envuelto en brumas. Su madre era una empleada de hogar llamada Ana Pöltz. Su padre, un funcionario de aduanas llamado Alois Schickelgruber. Hay dudas sobre la paternidad biológica de este Schickelgruber. Por otro lado, en la casa familiar hay también otros hijos: hermanastras que luego reaparecerán en su vida, generalmente en un lugar secundario. Y además, la vida no es fácil: Hitler, como Mussolini, conoce la pobreza. Su padre muere pronto. Su madre, cuando él tiene sólo 19 años. Esa situación le conduce a frustrar todas sus expectativas. Había intentado sin éxito estudiar ingeniería, primero, y bellas artes después. La muerte de su madre le obliga a sobrevivir por sí mismo, a veces en situaciones de cierta sordidez. De esa época sabemos de algunos amores: por ejemplo, Estefanía, una muchacha de Linz. Pero siempre a distancia. La vida de Hitler es gris incluso en eso. Hasta que estalla la primera guerra mundial. 

Hitler se hizo Hitler en la guerra. Fue allí donde recibió condecoraciones y reconocimiento. También fue allí donde forjó lo esencial de su extremada visión del mundo. Y, naturalmente, fue la derrota lo que convirtió su nacionalismo alemán en una pasión llena de resentimiento, como, por otra parte, experimentaron otros millones de alemanes. Hitler, como Lenin y como Mussolini, adoraba la música. Una tarde, ya terminada la guerra, asiste a una representación de Rienzi, la ópera de Wagner sobre el tribuno italiano. Es en ese momento cuando decide dedicarse a la política. Hasta ese momento, Hitler había sido una especie de motor potente y ruidoso, pero sin dirección; a partir de Rienzi, el motor ya tiene hacia dónde dirigirse. Y lo más curioso: en ese camino, las mujeres nunca dejarán de apoyar a Hitler.

Un seductor

Toda la carrera de Hitler, en efecto, está sembrada de nombres de mujer. Son ellas quienes le introducen en la vida social, quienes le consiguen fondos, quienes hacen proselitismo a favor de su causa política. Elena Bechstein, esposa de un rico fabricante de pianos. Gertrud von Seidlitz, dueña de las papeleras finlandesas. Winifried Wagner, hija del compositor de Rienzi. Erna Hansfstängle, hermana del financiero Putzi. La condesa Karin von Kantzow, que después se casará con Goering. La esposa del industrial Buxtehude. La cineasta Leni Riefenstahl… La lista es larguísima. Y seguirá aumentando después de 1933, ya en el poder, con nombres tan insólitos como la hija del embajador de los Estados Unidos en Alemania, Martha Dodd, o la célebre dama inglesa Lady Unity Mitford. Estas dos últimas, por cierto, terminaron suicidándose. Por supuesto, entre Hitler y todas estas mujeres no hubo la menor relación sexual, al menos que se sepa. El mundo afectivo de Hitler, sumamente extraño, tendrá otras protagonistas. Pero todas estas protectoras no por ello fueron menos devotas de un hombre al que consideraban como algo más que un líder.

¿Qué fuerza había en Hitler capaz de seducir de tal modo a tantas y tan notables mujeres? Es difícil saberlo. También hay que tener en cuenta que Hitler no era en modo alguno un monstruo repulsivo. No tenía la imagen físicamente poderosa de Mussolini, pero sí la seductora elocuencia de Lenin y una impresionante habilidad para modular el gesto, la mirada, la voz… las armas habituales de la seducción. Por otro lado, Hitler supo hacer que las mujeres se vieran incorporadas al proyecto de poder nacionalsocialista. No como ciudadanas iguales en derechos y deberes, al estilo soviético, pero, desde luego, lejos del machismo rudimentario del fascismo italiano. En el discurso de Hitler –un discurso que podemos llamar “político-sexual”-, la mujer es la tierra: la permanencia de Alemania. Con frecuencia se cita una frase de uno de sus discursos en la que prometía un marido para cada muchacha alemana. Pero quizá sea más ilustrativa esta otra frase, dirigida a un auditorio mayoritariamente compuesto por mujeres: “¿Qué es lo que os he dado? –preguntaba el dictador-, ¿Qué os ha dado el nacionalsocialismo? Os hemos dado al Hombre”. Y ese hombre era él, el que nunca se casaría porque, según decía, no quería tener más amante que Alemania.

Hoy todo este discurso puede hacer sonreír. Pero en 1930, cuando el partido nazi obtuvo su primer gran éxito electoral, casi el 50% del electorado de Hitler fue femenino: tres millones de mujeres entre seis millones y medio de votos. Y el partido nazi no dudó en convertir a algunas mujeres en símbolos del Estado: la cineasta Leni Riefenstahl, antes mencionada; la aviadora Hannah Reitsch…

Hasta aquí el aspecto político-sexual de Hitler. Vayamos ahora a las otras mujeres de su vida, la que le acompañaron en la intimidad. Estas, en realidad, son sólo dos: Geli Raubal y Eva Braun. Ambas murieron violentamente.

La pasión de Geli Raubal

La historia de Geli Raubal es tan fugaz como patética. Geli era hija de una hermanastra de Hitler, Angela. Cuando el líder nazi empezó a cobrar fama y notoriedad, convenció a esta hermanastra suya para que se trasladara a vivir con él, en Munich. Con Angela viajan sus dos hijas: Field y Geli. Esta última, Geli, parece ser la razón de la súbita solicitud familiar de Hitler. Geli Raubal era entonces una jovencita de diecisiete años; Hitler tenía ya treinta y nueve. Casi las mismas edades de Stalin y Nadia cuando contraen matrimonio. Geli es bonita, vivaz, enamorada de la música y del canto… y también enamorada, por cierto, de un jefe de escuadra nazi, para irritación de Hitler, que la amaba. Todo lo que hay dentro de ese amor es un misterio. Todo menos las terribles escenas de celos, casi pueriles, y la obcecación de Hitler por mantener a Geli a su lado.

La tragedia se desata a partir de un hecho quizá trivial, pero que fue la gota que colmó el vaso. Geli quiere hacer carrera como cantante y le pide a su tío que le deje ir a Viena para estudiar. Hitler se niega. Es el 17 de septiembre de 1931. Hitler está dejando su casa en Munich y sube a un automóvil para dirigirse a Hamburgo. Geli asoma la cabeza por la ventana y grita: “¿Entonces no me dejas ir a Viena?”. Hitler ruge: “No”. Y se marcha. Poco después, un taxi sigue al coche de Hitler. El taxista llama la atención de Hitler y le dice que debe llamar urgentemente a su secretario, Rudolph Hess. Éste le da la noticia: Geli se ha disparado un tiro al corazón. Hitler reacciona con incredulidad: “Hess, bajo su palabra de honor de oficial, ¿es cierto lo que me dice?”. Lo era. Geli había cogido una pistola Walter del propio Hitler y se había suicidado. Aquella muerte fue, para Hitler, un trauma. “Es la única mujer que he querido”, confesó en una ocasión. De hecho, los retratos de Geli se conservaron en la Cancillería hasta el último día del III Reich y siempre, en los aniversarios de su nacimiento y de su muerte, estuvieron adornados con flores. La historia de Geli Raubal es brutal. Se ha especulado mucho con las posibles razones que pudieron llevar a esa muchacha a tomar una decisión así. La verdad es que nadie sabe nada a ciencia cierta. Todo es misterio. Uno más.

Eva o la sombra

En 1932, un año después de la muerte de Geli, aparece en la vida de Hitler otra mujer: Eva Braun. El dictador nunca sentirá por ella una pasión semejante a la que Geli le despertaba. Sin embargo, la mantendrá a su lado hasta el final. Y en unas condiciones que, objetivamente, sólo podemos calificar como extravagantes, más cercanas a las de una mujer de harén musulmán que a las de una pareja europea.

Eva era empleada de un fotógrafo vinculado al partido. Era una mujer de facciones más bien vulgares, pero agradables; muy deportista, de larguísimas piernas y aire fresco y modesto de campesina. Hitler la adopta como amante, pero sin existencia oficial. Se sabe que la presencia de Eva calma a Hitler: modera sus impulsos, templa sus neurosis. Eva acepta su papel con una resignación sorprendente. Y lo más notable: de puertas afuera, es como si no existiera. A efectos de representación, sólo era una más en el equipo de secretarias del dictador. En las fotografías de la época cuesta reconocerla, siempre situada en un segundo plano, camuflada entre numerosos grupos de personas anónimas.

Ya en el poder, Eva se alojará en otra planta de la Cancillería. Comía en sus propias habitaciones y jamás hacía ostentación de su condición de amante del Führer. Nunca utilizó el poder en beneficio propio. Todos sus gastos eran administrados –y con rigor- por la secretaría de Hitler. Nunca tendrá hermosas joyas ni ricos vestidos. Su discreción llegaba al extremo de que en 1938 acompañó a Hitler a Italia y nadie se enteró de su presencia. Viajaba en coche cerrado junto a las secretarias del dictador. Y ese coche nunca formaba parte de las comitivas oficiales. Incluso en la intimidad, Hitler y ella se comportaban con una extraña distancia; sólo a altas horas de la madrugada marchaban juntos al dormitorio. ¿Cómo puede una mujer aguantar una vida así, día tras día, año tras año, durante trece años seguidos? Quizá parezca un tópico, pero sólo cabe una respuesta: por amor.

Tanto amor que Eva Braun decidió morir junto a Hitler. Porque fue ella quien tomó la decisión. En los últimos días del III Reich, Eva Braun no está en Berlín, con el dictador, sino en Munich. Por su propia cuenta toma un coche y se presenta en el búnker de la Cancillería. Hitler trata de convencerla para que se marche, pero ella está resuelta a quedarse allí. Por Albert Speer, el arquitecto de Hitler, sabemos que en el mundo asfixiante de la Cancillería fue la única que conservó una suerte de alegre resignación. El domingo 29 de abril, a las tres de la madrugada, Hitler y Eva Braun contraen matrimonio. Cuando va a firmar, la mujer detiene la mano, piensa y escribe: “Eva Hitler, nacida Braun”. Se dirige a un criado y le dice: “Ahora ya pueden llamarme tranquilamente Señora Hitler”. Será por pocas horas. El día 30 ingiere una cápsula de cianuro junto al dictador, que además se descerraja un tiro. Es posible que ese último día fuera, para Eva Braun, el día más feliz de su vida.

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