Diario de Información y Análisis de Intereconomía
Julio de 1945

El fin de los kamikazes

Fernando Paz
Las peticiones de jóvenes para alistarse en estas unidades rebasaban con mucho las previsiones más optimistas del mando militar japonés.

Resuelto a terminar con sus enemigos insulares, en agosto de 1281, Kublai Khan, el hijo de Genghis Khan, había reunido una enorme flota para tomar al asalto las principales islas del Japón. No era su primera tentativa; más de veinte años llevaba intentándolo, desde que  en 1274 una terrible tormenta se lo impidiera por primera vez. 

Pero Kublai Khan tenía la seguridad de que aquel verano de 1281 el destino le sería propicio. Aunque hasta ese día los japoneses se habían enfrentado a sus poderosas fuerzas con éxito, con los años la diferencia militar entre ambos no había hecho más que acrecentarse. Por eso, en Kioto la corte no ignoraba que esta vez carecían de toda posibilidad de frustrar el empeño del mongol. 

Cuando la gigantesca flota del Khan zarpó hacia las costas del archipiélago, las perspectivas eran inmejorables; pero de pronto, tras unas breves escaramuzas contra los japoneses, se desató un tifón como no se recordaba. Durante dos días las embarcaciones resultaron vapuleadas de tal modo que, al concluir el tifón, la imponente flota de los mongoles había dejado de existir. Sus restos se retiraron ignominiosamente, y Japón se salvó. 

Los súbditos del emperador Go-Uda celebraron entusiásticamente la derrota de tan poderosos enemigos como un regalo de los dioses, que así mostraban el favor que les dispensaba. Era la segunda vez que un tifón dispersaba y aniquilaba la flota enemiga; el cielo había hecho soplar el Viento Divino. 

Siete siglos y medio más tarde, en julio de 1945, los últimos jóvenes de una generación japonesa dispuesta al sacrificio más extremo se aprestaban a convertirse en aquel mismo viento divino que un día ya lejano detuviese al enemigo. 

Los Kamikaze

Ese viento divino en japonés recibe el nombre de tokkotai, pero los norteamericanos popularizaron el término kamikaze a partir de una mala traducción; y con kamikaze se ha quedado. 

Los primeros y desconcertantes ataques kamikaze comenzaron a producirse en octubre de 1944, durante la batalla del golfo de Leyte, el último gran combate naval de la IIGM. Ciertamente, desde el otoño de 1943 se venía observando un endurecimiento progresivo de los soldados japoneses, que excedía su tradicional obstinación en el combate; la desesperación parecía empujarles a combatir literalmente hasta la muerte, de modo que los norteamericanos hacían cada vez menos prisioneros. Llegado el mes de julio de 1944, la situación había alcanzado el punto en el que en que varios miles de mujeres y niños de Saipán se arrojaron desde los acantilados para evitar caer en manos de los “demonios blancos”.

Pero fue allí, en las aguas de Leyte, donde, el 15 de octubre de 1944, el almirante Masafumi Arima se lanzó contra el portaaviones Franklin, en lo que se considera el comienzo oficial de la  campaña kamikaze. Aunque sin lograr su propósito de alcanzarlo, al ser abatido por la caza estadounidense, la prensa japonesa utilizó el incidente para inflamar el ardor patriótico de sus compatriotas. La campaña propagandística tuvo notable éxito, y menos de dos semanas más tarde, la primera unidad de kamikazes se lanzaba sobre la flota norteamericana en las aguas filipinas. Al mes siguiente, las peticiones de jóvenes para alistarse en estas unidades rebasaban con mucho las previsiones más optimistas del mando militar japonés. Todo Japón celebraba estas acciones, en las que resultaba particularmente honorable morir ¿Había enloquecido la nación entera?

Las acciones kamikazes resultaban incomprensibles a los ojos occidentales. Incluso Hitler, en los últimos días de la guerra y en una situación militar no menos desesperada que la de Japón, se mostraba desfavorable a la creación de unidades suicidas de la Luftwaffe porque consideraba que “a los soldados hay que darles siempre una posibilidad de salvarse”. Pero para los japoneses, educados en el código del Bushido, tales acciones estaban plenas de sentido de acuerdo a su psicología y a su cultura.

En aquel octubre de 1944 la situación era crítica. Ohnishi había reunido a los principales jefes de la flota aérea y naval de Japón en la región para comunicarles la decisión de formar aquellas unidades. El vicealmirante Kurita estaba en camino con la Segunda Flota, que incluía al Yamato y al Musashi, los dos acorazados más poderosos del mundo, y había que ganar tiempo; sólo el empleo de aquellas unidades suicidas podía garantizar la semana que era necesaria para que arribaran en el momento adecuado y las armas japonesas tuvieran alguna posibilidad frente al coloso americano. Nadie objetó. 

Fruto de la desesperación

Pues si Ohnishi había recurrido a aquello no era sino porque no disponía de otra posibilidad. Apenas le quedaba un centenar de aviones que oponer a la poderosísima flota estadounidense que había tomado posesión de aquellas aguas; modelos anticuados del tipo Zero y con tripulaciones casi sin entrenamiento, ninguno de aquellos aviones tendría posibilidad alguna contra los Hellcats norteamericanos. De hecho, en cada operación los japoneses perdían en torno al cincuenta por ciento de sus aparatos a cambio de beneficios ridículos. 

La de reclutar unidades suicidas era una decisión fruto de la desesperación, pero no era en modo alguno una decisión irracional. Por eso, para aquellos que combatían a las fuerzas de la US Navy en el Pacífico en octubre de 1944, apenas podía resultar sorprendente; cuando el vicealmirante Ohnishi reunió a los primeros veintitrés pilotos para informarles de la creación de la fuerza de “ataque especial” no tuvo que hacer grandes esfuerzos para convencerles. Pidió voluntarios y tuvo voluntarios: veintitrés.

Además, la propuesta de formar aquellas unidades de “ataque especial” tampoco provenía de ningún iluminado. El propio Ohnishi era el mayor experto en aviación del ejército japonés, y seguramente de todo el país; y otro de sus principales impulsores era el capitán Eiichiro Jo, antiguo agregado naval en la embajada japonesa en Washington, excelente conocedor de la potencia norteamericana. En cuanto a Arima, se había educado en una “public school” británica, en donde había destacado por su brillantez.

En Tokio sabían, casi desde el principio de la guerra, que la batalla en la que estaba sumido Japón no podía concluir con la victoria de sus armas; la operación sobre Pearl Harbor había terminado con un duro golpe a la fuerza naval de los Estados Unidos, pero el grueso principal de la misma, los portaaviones, se había librado del ataque. Tras Midway, los mejores cerebros de Japón perdieron las últimas reservas de confianza en que la guerra pudiera desenlazarse de modo favorable para ellos. El propio Yamamoto había dirigido el ataque sobre Pearl Harbor en la esperanza de que obligase a los estadounidenses a negociar; agregado  naval en la embajada de Washington durante los años veinte, había aprendido a admirar a los estadounidenses, y no tenía duda alguna de que Japón jamás los vencería. Así que, pocos meses después del estallido de la guerra, la estrategia de Tokio consistía en resistir a toda costa a fin de hacer prohibitivo el precio de la victoria para los norteamericanos. 

Por tanto, cuando Ohnishi propuso la táctica kamikaze, sabía lo que estaba haciendo; y cuando el capitán Jo se mostró partidario de ponerla en marcha con inmediatez, lo hacía como la vuelta de tuerca de una táctica que su país llevaba desarrollando desde hacía, por lo menos, dos años. Jo sabía que no se podía vencer a los Estados Unidos, pero elevar el precio de la victoria quizá volvería razonable al enemigo.  

El ataque

Los escasos cien aviones de que disponía Jo en Leyte eran ridículamente insuficientes para enfrentarse a la US Navy de modo convencional. Los pilotos no habían dispuesto apenas de tiempo para el entrenamiento, y resultaban incapaces de hacer frente a sus enemigos; tenían dificultades para efectuar maniobras básicas como aterrizar e incluso para encontrar el grueso de las fuerzas adversarias.

Sin embargo, bastaba con saber pilotar, aunque fuese de modo rudimentario, para llevar a cabo una misión kamikaze. Tan solo el jefe de unidad debía ser un aviador experimentado; los demás podían limitarse a seguirle. No se necesitaba más que determinación y entusiasmo, que naturalmente proveía la juventud. 

La juventud que se alistaba era de un estimable nivel educativo. Profesaban una lealtad incuestionable al emperador, a la patria y a los antepasados; soñaban con convertirse en “espíritus guardianes” de la nación tras ser deificados en Yasukune, el santuario al que acudía dos veces al año el mismo emperador para rendir culto a los héroes de la patria muertos en combate con el enemigo. Ese sueño se veía apuntalado por una prensa que focalizaba la atención de la sociedad japonesa en las hazañas de las unidades kamikaze. 

En términos exclusivamente militares, la acción de los kamikaze fue más efectiva de lo que usualmente se admite. A lo largo del invierno de 1944-45 y la primavera y comienzos del verano siguiente, infligieron sin duda terribles bajas al enemigo. Durante esa época la moral de los combatientes norteamericanos decreció visiblemente, al tiempo que los peligros que habían de arrostrar a bordo de los buques de guerra se incrementaban enormemente. Incluso a principios de la primavera de 1945, los bombardeos masivos contra la población civil de los B-29 hubieron de ser abandonados por orden de Nimitz, comandante en jefe de la flota del Pacífico, para hacer frente a su amenaza. Para entonces, desde Kyushu se enviaba oleada tras oleada de aviones suicidas contra los buques estadounidenses próximos a Okinawa. 

En esa isla, parte del territorio metropolitano de Japón, la acción kamikaze llegó a su paroxismo. En especial desde el 6 de abril de 1945, el ataque masivo de los aviones suicidas provocó algo parecido al pánico entre muchas dotaciones norteamericanas, que era exactamente lo que los japoneses estaban tratando de conseguir. Durante los siguientes dos meses, los kamikaze convirtieron en un infierno las pocas semanas que aún quedaban de guerra en el Pacífico. Los marinos estadounidenses que participaban en las acciones de guerra en torno a Okinawa acogían con un suspiro de alivio la puesta de sol, que interrumpía las actividades de los aviones suicidas japoneses. La situación llegó a hacerse tan crítica que el mando norteamericano consideró retirar la flota de esa zona.

Aunque las cifras de lo que consiguieron los kamikaze han sido largamente discutidas, se acepta que hundieron un total de unos  45-50 buques aliados, entre los que se encuentran tres  portaaviones de escolta y catorce destructores. En torno a 10.000 marinos estadounidenses fueron muertos o heridos, a partes iguales. A cambio, se calcula que los japoneses perdieron algo menos de 4.000 hombres, de los que un 20% lograron impactar en sus objetivos. 

El almirante Ohnishi resumió lo que pretendía con el sacrificio de aquellos hombres: “Los dioses nos conducirán a la victoria solo cuando todos los japoneses se adhieran al espíritu de los ataques especiales. La muerte no es un objetivo, pero cada persona debe resignarse a morir e intentar destruir tantos enemigos como sea posible”. 

Ohnishi fue fiel hasta al final al espíritu que invocaba: cuando conoció la rendición de Japón se hizo el seppuku, siguiendo con ello a los hombres a los que había enviado a la muerte. Su agonía fue verdaderamente terrible; se prolongó durante más de doce horas. 

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