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Miguel Mihura: Huyendo de Dionisio

Kiko Méndez-Monasterio
Como tantos, escapó con toda la prisa que pudo de aquel infierno del Madrid republicano, donde ya habían asesinado a su admirado Muñoz Seca.

“El humor es un género literario al que se suelen dedicar los poetas cuando la poesía no les da lo suficiente como para vivir bien”. Al menos eso opinaba Miguel Mihura, o quizá sólo se estaba retratando, oculto con una media sonrisa cínica. Y es que tienen bastante de poéticos sus Tres sombreros de copa, la obra más conocida y celebrada de este autor madrileño. De hecho la escribió en la languidez -tan lírica- de una doble convalecencia, a los veintisiete años, cuando se recuperaba de una larga enfermedad y de los amores de una gallega de La Toja, que casi lo atrapa para ese matrimonio que esquivó siempre. Sólo en otra ocasión estuvo cerca del altar, cuando una señorita bien de los madriles le dijo que -por biológicas circunstancias- la boda se había convertido en algo absolutamente imprescindible e inevitable. Mihura aceptó la responsabilidad que le exigían, “a condición de que usted viva en su casa y yo en la mía, claro”. El requisito no fue del gusto de la mujer, por lo que la boda no se llevó a cabo, y al final parece que tampoco era tan imprescindible el casamiento.

Mujeriego discreto -a pesar de no tener precisamente el porte de un conquistador-, hasta una jovencísima Sara Montiel quiso hacer de él un hombre casado y formal. Pero Mihura, desde el episodio de La Toja, tenía bastante claro que permanecería soltero. Casi parece que toda su vida tuvo muy presente la escena final de Tres sombreros de copa, cuando Dionisio -con veintisiete años- se deja arrastrar por su suegro y por la vida convencional, mientras en la habitación del hotel donde se desarrolla toda la obra se queda la alegre y disipada Paula, diciéndole adiós con la mano.

Probablemente se juró no llegar a ser nunca ese Dionisio, no renunciar nunca a “la vida alegre”, ni siquiera cuando descubrió que tampoco era la fiesta permanente que Paula parecía prometer. Él mismo lo reconocía años más tarde: "La vida alegre no es alegre ni mucho menos; yo diría que es alegre para unos pero triste para otros, generalmente para las mujeres, las cuales no la disfrutan sino la padecen.”

Había nacido y crecido en el ambiente bohemio de su padre, un aplaudido actor de la época, reconvertido luego en empresario teatral. Estudió el bachillerato pero se negó a seguir una carrera, y encuentra trabajo como decorador de abanicos y jarrones en una tienda de la Puerta del Sol. No tardó en publicar sus primeros dibujos y artículos en las revistas de humor de un Madrid que necesita reírse, porque andaba camino de la tragedia. Pero aunque escribió Tres sombreros de copa en 1932 (diecisiete años antes de que Ionesco estrenara La mujer calva), tuvo que guardarla en un cajón porque no hubo un empresario con valor para hacerla realidad. Demasiado adelantada a su tiempo.

Llegó la guerra y, como tantos, escapó con toda la prisa que pudo de aquel infierno del Madrid republicano, donde ya habían asesinado a su admirado Muñoz Seca, y donde sus críticas mordaces a los revolucionarios le convertían en “paseable”. Establecido en San Sebastián, hizo la contienda con su ametralladora, una revista de humor que alcanzó gran popularidad en el bando nacional, y que sería el germen de la famosísima Codorniz. Aquel ave tarada fue la escuela indispensable de toda una generación del humor,  un fenómeno social de la posguerra, que todavía tiene dulces influencias, que se pueden disfrutar ahora al leer La gallina ilustrada.

También hizo cine (participó en los diálogos de Bienvenido Mister Marshall) y continuó con escaso éxito como autor teatral, hasta que el gran Gustavo Pérez Puig, en 1952, se empeñó en representar sus famosos sombreros, y le consiguió así el premio nacional de teatro. Después vinieron otros triunfos, y a pesar de que siempre había huido de la imagen de hombre de letras (decía que la expresión le recordaba a mujer de la limpieza), incluso llegó a ser académico, aunque falleció antes de poder pronunciar su discurso. Pocos antes había bromeado con un periodista sobre el epitafio que elegiría: “Ya decía yo que este médico no era muy bueno”.

Bio...

Nació en Madrid en 1905, donde moriría en 1977, aunque quiso que sus restos descansaran en San Sebastián, ciudad que le acogió durante largas temporadas, cuando se encerraba en el hotel Londres a escribir sus éxitos teatrales, aplaudidos desde Buñuel hasta Ionesco. Su nombre es un referente del humor español, y su revista, La Codorniz, casi creó un lenguaje nuevo en los años cuarenta. Lo definió de mil maneras, quizá esta sea de las mejores: “El humor es una sonrisa bien educada. Una risa que ha ido a colegio de pago”.

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