Diario de Información y Análisis de Intereconomía
inventor del nuevo periodismo

Tom Wolfe: Ese blanco reaccionario

Kiko Méndez-Monasterio
'Lo siento, no lo puedo escribir', dijo al director de Esquire. Acabaron publicándole 50 páginas completas.

En junio de 1970 Leonard Bernstein reunió en su lujoso apartamento de Park Avenue a la crema de la intelectualidad progre, todos forrados y famosos, ansiosos de compartir esa obsesión de la izquierda por lavar su conciencia apoyando con caviar las causas de los parias de la tierra. Pero nada de caridad, eso nunca, a la zurda cultural le seduce más el rollo revolucionario, y por eso Bernstein y señora invitaron a la reunión a un par de representantes de los panteras negras, una organización filoterrorista. Para que ejercieran como testigos de su gran preocupación social y política, los Bernstein también invitaron a dos periodistas, uno de ellos era Tom Wolfe, el único error en el programa de una velada perfecta. Porque Wolfe no consideró noticia el contenido de la tertulia, ni el esfuerzo de esa élite por teñirse de reivindicativa. Al contrario, en su artículo titulado Radical Chic (la izquierda exquisita, por traducirlo de alguna manera), se dedicó a diseccionar la mente enfermiza y snob del pijoprogresismo, lo emocionada que estaba una señora “por conocer a su primer pantera negra”, o cómo los Bernstein no tenían gente de color a su servicio “para no ofender a los activistas invitados”. Mientras, la dueña de la casa recomendaba a sus amigas las mucamas sudamericanas como sirvientas.

Nada hay más demoledor que la verdad. Según el hijo de los Bernstein, la publicación de aquel artículo destrozó el hogar. Su madre no se recuperó del golpe y murió víctima de un cáncer fulminante. A Leonard hasta le acusaron de ensuciar el legado de Martin Luther King. En ese mismo reportaje el periodista esbozaba su teoría de “los pañales rojos”, constatando como los hijos de las clases más privilegiadas solían mamar un progresismo radical, que se alimentaba en las más elitistas universidades. En la España de ahora, nada de esto suena raro.

Los pañales de Wolfe, por el contrario, debieron ser inmaculadamente blancos, como su vestimenta actual. Él era el resultado de dos siglos de aristocracia sureña, aficionado al béisbol y a las letras, y si no fuera por una lesión habría desterrado con gusto la pluma para ser una estrella con el bate. Lo que sí tenía claro, desde pequeño, es “el convencimiento de que iba a hacer algo grande, que es lo mejor que le puede ocurrir a un niño.” Como no pudieron ser homerounds, ha tenido que conformarse con convertirse en uno de los escritores más famosos del mundo, y también uno de los mejor pagados.

Se le considera el precursor del llamado “nuevo periodismo”, aunque en realidad el hallazgo lo comparte con el director de la revista Esquire, que le mandó a escribir un reportaje sobre los aficionados a los coches de carreras. El joven Wolfe viajó al lugar indicado, entrevistó a los protagonistas, observó y reflexionó sobre ese mundo, pero al llegar el momento de poner en orden sus apuntes no encontró la manera de hilvanarlos. “Lo siento -decía el telegrama enviado a su revista- pero no lo puedo escribir”. El director no se lo tomó con mucho humor, llamó al novato y le exigió que mandase las notas que hubiera tomado, que alguien en la redacción, con más talento, ya se encargaría de darle forma. Wolfe mandó casi cincuenta folios manuscritos... y se publicaron sin que nadie tocara una coma. “Las notas eran tan brillantes, con un estilo de tanta intimidad y nueva energía, que no se parecían en nada a lo que se estaba haciendo en el ambiente periodístico de la época”, reconoció el jefe de Esquire.

El nuevo periodismo consiste en incorporar elementos técnicos de la ficción para relatar hechos reales, y el éxito fue tan inmediato que Wolfe llegó a afirmar que la novela estaba muerta. Sin embargo, él mismo ha terminado recurriendo a ella en magníficas ocasiones. En la penúltima Yo soy Charlotte Simmons, dibuja un retrato tragicómico sobre la labor de corrupción que llevan a cabo las mejores universidades americanas. Y es que los chicos de los pañales rojos hace tiempo que son alumnos de Harvard, senadores, o presidentes.

Bio...

Nació en 1930 en Richmond -Virginia-, y todo el dinero que ha ganado después no hubiese supuesto una infancia más acomodada que la que tuvo. Se doctoró en Yale, y supo muy pronto que para triunfar en lo suyo -una vez descartado el béisbol- tenía que mudarse a NY. Aparte de su indudable aportación al periodismo, ha escrito novelas tan ácidas como leídas: La hoguera de las vanidades, Todo un hombre, Yo soy Charlotte Simmons y Bloody Miami. También tiene algo de profeta, como su ensayo: “Lo siento, pero su alma acaba de morir”, en el que anuncia el materialismo que viene.

Publicidad
Publicidad