Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Otro acto de barbarie

Un grupo de ultraizquierda ha destrozado el monumento que recuerda, en Madrid, la Revolución Húngara de 1956, sobre la que ya escribí aquí. El comunicado que reivindica este acto violento es tan delirante que no merece mucho comentario. Según estos bárbaros, este monumento “se incluye dentro de las narrativas históricas de los vencedores que han construido un discurso en torno a una Europa del Este castigada por el socialismo y rescatada por las democracias, una historia ideologizada que busca perpetuar el dominio neoliberal en tiempos de crisis del modelo capitalista”. No es necesario abundar más en los pretextos que unos jóvenes radicales han buscado para causar unos estragos en esta obra del artista húngaro afincado en España Zoltán Gábor en memoria de aquellos húngaros que se alzaron contra el comunismo.

Sin embargo, la mezcla de ideología, ignorancia y violencia que ha inspirado esta acción debería preocuparnos.

La Revolución Húngara de 1956 mostró al mundo la naturaleza de las democracias populares que los países de Europa Central y Oriental padecieron a manos de los partidos comunistas. Los polacos, los checos, los eslovacos, los húngaros y tantos otros sufrieron la ocupación de los nazis y el sometimiento a las políticas que llegaban desde Moscú.

El auge del populismo de izquierda en España ha provocado el resurgir de la vieja propaganda comunista, sus revisionismos y su manipulación sistemática del lenguaje. La tolerancia con acciones violentas como ésta que ha sufrido el memorial de la Revolución Húngara de 1956 debería servirnos como aviso de lo que cabe esperar si los demócratas -la inmensa mayoría de nuestra sociedad- sigue tolerando impasible que los violentos secuestren el discurso público y reescriban la historia.

He aquí el problema de fondo. La crisis de identidad y de proyecto que padece la Unión Europea está propiciando el ascenso de los populismos de derecha e izquierda, que comparten entre sí tantos elementos del discurso y la práctica que a menudo se hace difícil distinguirlos. El fascismo, el nacionalsocialismo y el comunismo beben de las mismas fuentes y, entre todos, precipitaron a Europa al abismo de la II Guerra Mundial, que no estalló en 1941, sino en 1939. Deberíamos recordar esto más a menudo: la Unión Soviética y sus agentes no resistieron la invasión nazi de Polonia, sino que la apoyaron con otra desde las fronteras orientales. Hasta 1941, los nazis y los comunistas no eran enemigos, sino aliados.

Por supuesto, se puede discutir se realmente se fiaba Stalin de Hitler o viceversa, si esa alianza era sólida o si eran dos tiranos preparándose para un enfrentamiento inevitable, pero la reescritura de la historia que los partidos comunistas realizaron en Europa se asienta en mentiras, omisiones y tergiversaciones. Hubo, sin duda, de los comunistas frente al fascismo, pero no fue para implantar regímenes de libertad, sino dictaduras sometidas a las órdenes de Moscú. Contra esto se rebelaron los húngaros cuya memoria se pretende mancillar ahora.

Esto debería recordarnos otra lección de la historia: la violencia y la mentira son parte intrínseca del comunismo y, en general, de los totalitarismos. La agresión simbólica contra quienes piensan de otro modo solo precede al ataque físico. No lo sustituye, sino que lo anticipa. Al igual que antes se señalaba a los “enemigos del pueblo” antes de desatar contra

ellos el aparato represivo del Estado, ahora se arroja como un bumerán el adjetivo “fascista” en la confianza de que la acusación legitimará todo lo que venga después. En realidad, es esta práctica la que delata las tácticas totalitarias que emplean estos grupos.

Madrid tiene el honor de contar ahora con un monumento que recuerda a esos húngaros que se alzaron cuando la victoria del comunismo parecía inevitable. A los húngaros los traicionaron quienes colaboraron con los soviéticos, pero también quienes les negaron el apoyo exterior que necesitaban. España trató de ayudar, pero no contó con el apoyo estadounidense para que los aviones cargados de armamento para hacer frente a los tanques soviéticos llegasen a los húngaros.

Actos como éste son una traición a Europa y a la promesa de libertad, igualdad y democracia que representa. Estos bárbaros que destrozan un monumento so pretexto de hacer frente al fascismo muestran bien a las claras lo que los comunistas, los fascistas y los nazis hicieron a nuestro continente. Los madrileños debemos reaccionar contra quienes destruyen los símbolos como anticipo de lo que harán con las personas.

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