Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Otro asalto a una iglesia

El arzobispado de Madrid ha reaccionado con una nota en la que “manifiesta su dolor por el acto vandálico en Santa María de Nazaret y reza por los responsables”.

La parroquia de Santa María de Nazaret, en el madrileño barrio de La Gavia, cerca de un gran centro comercial, ha aparecido profanada con pintadas en los muros exteriores del templo, que apenas es un local prefabricado muy modesto. Allí hay también una imagen de Cristo expuesta al aire libre. También la han pintarrajeado. Se pueden figurar lo que decían las pintadas: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.

El arzobispado de Madrid ha reaccionado con una nota en la que “manifiesta su dolor por el acto vandálico en Santa María de Nazaret y reza por los responsables”.

También yo comparto ese dolor y me sumo a esas oraciones, pero estoy muy preocupado.

Sin duda, uno puede creer que se trata de actos vandálicos obra de algunos gamberros. Podemos seguir engañándonos, pero, en España, la profanación de templos y lugares de culto se está volviendo tristemente frecuente. Está dejando de ser una anécdota para convertirse en algo habitual. En una sociedad tan confundida como la nuestra, la habitualidad es la antesala de la normalidad, y lo que se normaliza deja de escandalizar. Así, estamos dejando de indignarnos con los retrocesos de la libertad religiosa.

Esto debería ser motivo de inquietud para todos. Si alguien cree que los insultos y los atropellos se detendrán en esto, se equivoca. Al igual que el racismo y la xenofobia, el odio a la religión tiene una formidable capacidad de adaptación y búsqueda de nuevas víctimas. Se comienza asaltando iglesias, pero nunca se termina así. Esta agresión a los símbolos no sustituye a la agresión a las personas, sino que la precede.

Ya hemos visto esta violencia contra las personas religiosas en Madrid, por ejemplo, y en otros lugares de España. Recuerden, por ejemplo, las humillaciones a que fueron expuestos los peregrinos que asistían a la Jornada Mundial de la Juventud de 2011. Recuerden los insultos a las monjas y los sacerdotes. Recuerden a los grupos de personas que hostigaban a quienes rezaban en público.

Hasta ahora, esa violencia contra los cristianos viene quedando impune en España. En realidad, ha sido un paso más en el camino de burlas y ofensas a su fe que los católicos españoles vienen soportando en los medios de comunicación, en las redes sociales y, en general, en el discurso público. A menudo se dice que no existe el “derecho a no ser ofendido”, pero me cuesta creer que esta hostilidad que se manifiesta en las profanaciones y los sacrilegios no implique una limitación injusta de la libertad religiosa.

Este año se cumplen 100 años de la Revolución Rusa, que desató uno de los ciclos de persecuciones más brutales de la historia del cristianismo. Recordemos, por ejemplo, la historia de Pavel Florenski, filósofo, científico, poeta, teólogo, sacerdote de la Iglesia Ortodoxa rusa, y uno de los hombres más brillantes de su tiempo. Acusado en falso de dirigir una inexistente organización antirrevolucionaria, lo condenaron en 1933 a diez años de trabajos en los campos del sistema concentracionario soviético. Pasó por los “lager” del Oriente Lejano de Rusia para terminar en el “infierno de las Solovki”. En 1937, lo ejecutaron.

La persecución que los comunistas iniciaron en la Unión Soviética se extendió a las democracias populares. Así, por ejemplo, en Polonia, el sacerdote católico Jerzy Popiełuszko fue secuestrado en 1984 por elementos de la policía secreta que, después de golpearlo hasta dejarlo moribundo, lo tiraron al Vístula con un saco de piedras atado al cuerpo para asegurarse de que no flotara. Más de doscientas cincuenta mil personas, entre ellas el líder sindical Lech Wałęsa, asistieron a su funeral.

Así, este centenario que algunos han recibido con los mejores votos debería movernos a la memoria y el compromiso con los derechos humanos y, muy especialmente, con aquellos que los totalitarismos trataron de cercenar por completo; entre ellos, la libertad religiosa ocupa un lugar muy destacado.

Esta profanación con la que ha comenzado el año, debe alertarnos frente al retroceso que está sufriendo la libertad religiosa en España.

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