Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Qué está pasando en Francia

Desde el siglo XVIII, Francia anticipa las tendencias políticas que, después, llegarán al resto de Europa. Por supuesto, esto no significa que los países del Viejo Continente reproduzcan sus debates y formaciones políticas. Desde luego, hay especificidades nacionales -por ejemplo, los nacionalismos periféricos o el modelo de Estado en España- que no pueden soslayarse, pero Francia marca tendencias. Lleva haciéndolo, como digo, desde que los revolucionarios franceses alumbraron las grandes instituciones político-jurídicas de la modernidad; por ejemplo, el modelo de Administración Pública.

La irrupción de Emanuel Macron, el ascenso del Frente Nacional de Marine Le Pen y los intentos de vertebrar alternativas de izquierda y de derecha -desde Benoît Hamon por el Partido Socialista hasta François Fillon por Los Republicanos- están enmarcando el debate político en estos días. Sin embargo, sería un error ver en las elecciones del próximo día 23 de abril una carrera de nombres con programas diferentes más o menos centrados en la gestión. Por eso, quizás importe menos el día a día de la información que las corrientes profundas que se están agitando en el país vecino.

Es absurdo pensar que, de la noche a la mañana, los franceses se han despertado fascinados por un candidato desconcertante como Emanuel Macron -ambiguo políticamente, desprovisto de aparato de partido, centrista, europeísta- o enardecidos por el verbo incendiario de Marine Le Pen, que ha logrado aglutinar en torno a sí a sectores de la derecha muy dispares: desde los obreros de Nord-Pas-de-Calais hasta los jubilados de la Costa Azul.

Entonces, ¿qué está sucediendo? Que, desde hace años, el viento de la historia ha comenzado a soplar con mucha fuerza en la República Francesa.

Tal vez todo comenzó con el fracaso del proyecto cultural de mayo del 68, que resultó incapaz de construir una alternativa sostenible al orden que pretendían desafiar. Cuarenta años después, la República sufre la pérdida de soberanía en beneficio de la Unión Europea. Hay un creciente rechazo de las culpas colectivas (la cuestión de Vichy y la resistencia, el pasado colonial, Argelia, etc.). Se plantean grandes interrogantes acerca de la integración de los inmigrantes en un país que ha renunciado progresivamente a su modelo tradicional de asimilación sin reemplazarlo por otro. La corrección política, que imponía el tabú sobre la radicalización del islam en Francia y silenciaba las denuncias de maestros y policías sobre la alarmante situación en las “banlieues”: las barriadas pobres -a veces directamente marginales- de la periferia de las ciudades. Es imprescindible leer “La Francia periférica: cómo se ha sacrificado a las clases populares”, del demógrafo Christophe Guilluy, para comprender la tensión entre los “franceses de raíces”, los “franceses de papel” y las grandes ciudades gentrificadas y “globalizadas”.

Hace ya más de doce años de los disturbios de 2005. Muchos recordarán la quema de coches en esos barrios a los que la policía debía entrar pertrechada como para una invasión por tierra. Durante dos semanas, en París y otras ciudades (Sena, Lile, Ruan, Dijon, Marsella entre otras), grupos de jóvenes incendiaron coches y se enfrentaron a las fuerzas del orden. Llovieron piedras y cócteles molotov. Entre el 27 de octubre y el 10 de noviembre, miles de coches fueron pasto de las llamas. Solo en la noche del 5 de noviembre, ardieron casi mil trescientos vehículos por todo el país. Hubo más de trescientas detenciones. Los disturbios se extendieron a Bélgica, Dinamarca, Alemania, Grecia, los Países Bajos y Suiza.

Por supuesto, proliferaron los análisis que culpaban a las desigualdades sociales, el racismo y la marginalidad, de este estallido de violencia que obligó a declarar el toque de queda y la movilización de refuerzos policiales. Abundaron las referencias a la exclusión social y la discriminación en el acceso al empleo. Al final, parecía que la propia Francia era la culpable de esa violencia que la azotaba. Se acusó a Sarkozy, a la sazón ministro del Interior, de alimentar una estrategia de la tensión.

El tiempo, sin embargo, nos da quizás una visión algo distinta de lo que viene ocurriendo en Francia y, con mayores o menores diferencias, en toda Europa. Los sistemas educativos están fracasando como sistemas de integración y movilidad social, pero no tanto (o no sólo) por los recortes, la falta de inversiones o la ausencia de políticas educativas coherentes a lo largo del tiempo -he aquí la tragedia española, por ejemplo- sino porque es el propio orden republicano el que es desafiado. La menguante autoridad de los profesores, la pérdida de importancia del mérito y la capacidad y el declive de la instrucción pública en general son algunos de los problemas de fondo que impiden a las escuelas servir como mecanismos de integración y movilidad social. Las instituciones que debían formar ciudadanos son cada vez más débiles frente a unos jóvenes que rechazan la autoridad, descreen del proyecto republicano y gozan de la impunidad que da la consideración de “víctimas” del sistema. Al final, pues, quemar coches, traficar con drogas o dedicarse a la delincuencia no generaría un problema de seguridad, sino que indicaría un problema social que la República no solo debería resolver, sino cuya responsabilidad debería asumir.

La denuncia que Pascal Bruckner ha hecho en “La tentación de la inocencia” y “El sollozo del hombre blanco” han terminado extendiéndose, popularizadas y simplificadas, pero muy eficaces, a millones de franceses que están cansados del victimismo de unos, los complejos de culpa de otros y la inacción de las instituciones frente a quienes reniegan del orden republicano y la patria. No digo que tengan razón. Afirmo, sin embargo, que la solución fácil de etiquetas colectivas como el racismo y la xenofobia están empañando un debate que es mucho más complejo y comprende la debilidad de las instituciones, la tibieza de las leyes y la cobardía de los políticos. Marine Le Pen ha abandonado el mensaje antisistema para envolverse en la bandera del rescate de la República.

Habrá tiempo para ir escribiendo sobre lo que sucede allende los Pirineos. Baste por ahora señalar que cosas como estas han ido provocando este hartazgo que hoy vemos. El Frente Nacional crece en las zonas deprimidas de la Francia que padece los problemas de la falta de integración de los extranjeros, el desempleo, la criminalidad y la islamización de los espacios públicos. Sería injusto arrojar, sin más, el bumerán del racismo y la xenofobia. Sin duda, hay racistas, pero es algo más complejo y simplificarlo es el primer paso para no resolver nada. Estos millones de franceses se sienten defraudados por una República que renuncia a sus propios valores en aras de una pretendida tolerancia con quienes no practican tolerancia alguna. Estos ciudadanos se sienten alienados en su propia patria y sienten -he aquí el mayor agravio- que ella misma se culpabiliza y reniega de sí misma. La cesión de soberanía en beneficio de la Unión Europea ha despertado a los millones de franceses que se sienten patriotas y que asisten inermes a una progresiva rendición de los valores en los que creyeron. Hoy esas filas las nutren muchos de los jóvenes que apostaron por la Francia del 68 cuyo espíritu contestatario encarnaba Charlie Hebdo.

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