Diario de Información y Análisis de Intereconomía

Contrapropaganda sí, pero bien hecha

Durante los últimos días, ha surgido en Estados Unidos la polémica sobre la efectividad de las actividades llevadas a cabo por las Fuerzas norteamericanas para frenar la propaganda islamista, principalmente en redes sociales.

Lo que se ha puesto encima de la mesa ha sido la efectividad de las medidas adoptadas y, en especial, la relación con países aliados (básicamente europeos) a la hora de realizar esas acciones ofensivas. El punto álgido de esta discusión llegó en el momento en que el Mando de Operaciones Cibernéticas (US Cyber Command), alertó de la necesidad de poner al corriente a los países aliados de los ataques que se iban a efectuar sobre servidores nacionales usados por Estado Islámico para lanzar su propaganda. En ciertos sectores de la por entonces Administración Obama, la reticencias a informar a terceros Estados de estas actividades fueron notables. La mayoría de ellos se basaban en la dudosa capacidad de discreción que esos países podrían tener a la hora de mantener el secreto de la Operación. Se llegó a especular, a modo de ejemplo, que ni el nombre de la Operación se mantendría oculto si se producía tal comunicación. Por cierto, ese nombre tan secreto era Operación “Glowing Symphony”.

Pasados los meses y cuando la Operación ya se considera concluida, la efectividad de la misma no se puede considerar que haya sido completamente satisfactoria. Si bien es cierto que desde finales de 2016, y hablamos de finales de noviembre y todo diciembre, hasta principios de este año (enero y parte de febrero), la propaganda generada por los canales mediáticos de Estado Islámico (y sus afiliados que actúan por simpatía) disminuyó sustancialmente, pasado este periodo crítico los vídeos (base fundamental de la propaganda islamista y objetivo principal de la Operación militar) volvieron a aparecer, las revistas se siguieron publicando y los comunicados, discursos y panfletos de nuevo inundaron el ciberespacio.

De esta polémica y de la efectividad de la Operación se desprenden dos premisas básicas, y cuya disfunción hace que la propaganda islamista siga siendo tan efectiva.

La primera de ellas es la necesidad de unir esfuerzos y dejar de lado acciones unilaterales, amparadas en el secretismo, y que están abocadas al fracaso. Si algo tiene Estado Islámico, como al-Qaeda, es la unión de todos sus miembros, tanto los operativos como los simpatizantes con su discurso. En todos ellos se dan dos puntos de unión, la religión y el concepto de pueblo (entendido como masa humana con un fin común), que les hacen luchar (hacer la yihad) hasta las últimas consecuencias. En esto, hay que reconocerlo, Occidente queda muy atrás. El mundo musulmán, el de los seguidores de Mahoma, ya desde sus comienzos se estructuró en torno al Profeta y sus enseñanzas. Hoy en día, cientos de años después, esta forma de vida sigue inalterable. Las creencias religiosas, el Corán, impregnan la vida social, política y hasta militar de cualquier país musulmán, y contra eso no se puede ni se debe luchar, si Occidente quiere tener éxito.

Lo que ha conseguido Estado Islámico en particular (y en esto marca una seria diferencia con al-Qaeda) es retorcer, manipular arbitrariamente esas creencias para beneficio propio, y lo ha hecho a través de la propaganda. Con una narrativa simple, plana y alejada de tecnicismos en su fondo (dando a su Audiencia Objetivo lo que quiere oír), pero llamativa, atractiva a la mente humana y facilitadora de la activación de la parte imaginativa del cerebro, en su forma. En términos básicos, Abu Bakr al-Baghdadi ha tenido la habilidad de crear, mediante esa propaganda, una sociedad virtual en un Estado no menos etéreo (por cuanto de imaginario es el Gran Califato), en el cual hombres, mujeres y niños viven un sueño hecho (en su imaginario) realidad. Y eso se lo debe a la propaganda. Los numerosos canales mediáticos de la organización terrorista han inundado el espacio cibernético de mensajes, vídeos, documentos y revistas con loas a la forma de vivir en el Califato, y muchos los creyeron en su momento, abandonaron sus formas de vida en Occidente y marcharon a unirse a sus filas.

El segundo aspecto que se deriva de la polémica suscitada en Estados Unidos, es el erróneo planteamiento de que la solución pasa por atacar servidores, bloquear los archivos propagandísticos, cancelar cuentas en redes sociales o, incluso, lanzar agresivos ataques que infecten canales de distribución afiliados a Estado Islámico.

Decimos que este planteamiento es erróneo por cuanto de fatuo, vacio e inoperante resulta, a la vez que fomenta la contrapropaganda islamista que, rauda y veloz, se pone en funcionamiento haciendo alarde del malgasto de dinero que supone el esfuerzo para Occidente. En la imagen se puede ver una infografía publicada el jueves 11 en canales islamistas haciendo referencia al coste de la contrapropaganda para Estados Unidos, y burlándose de ello.

Lo verdaderamente crítico es que también en esto los islamistas vuelven a ganar la mano a Estados Unidos y también a Europa.

Llevar a cabo acciones como las que ha desarrollado la Operación “Glowing Symphony”, no hace sino crear victimismo. Si la narrativa islamista se asienta en la difusión del sentimiento de opresión hacia los musulmanes, adaptar este mismo mantra al bloqueo de cuentas en redes sociales, por ejemplo, es fácil, rápido y efectivo. De hecho, ese mismo bloqueo es la materialización física de la propaganda, dándole veracidad y reforzando su mensaje.

Pero lo peor es que hay ejemplos antiguos y recientes de la inutilidad de esta estrategia y Occidente sigue sin aprender.

Durante la Cuba de Fidel Alejandro Castro Ruz, la propaganda lanzada desde Estados Unidos no hizo sino alimentar al propio régimen de La Habana, ensalzando su protagonismo, y creando la aureola de luchador por la libertad contra el “agresor capitalista”. Estados Unidos estaba, sin quererlo, reforzando al revolucionario que iba a llevar a la isla al ostracismo, la ruina y el aislamiento del resto del mundo libre. Del mismo modo, la propaganda contra Nicolás Maduro, tanto desde el exterior como desde la propia Venezuela (por parte de la oposición política y social), tienen un efecto contrario, fortaleciendo un régimen muy próximo a la definición de dictadura, que solo ha conseguido dividir al país y acercarlo a una guerra civil, por cierto, con el apoyo inestimable de Irán y su grupo terrorista libanés Hezbollah.

¿Se deben llevar a cabo acciones de contrapropaganda? Por supuesto que sí, pero deben ser serias, con objetivos concretos que tengan una duración larga, atacando a la Audiencia Objetivo que aún es susceptible de ser modelada, y con un diseño que no pueda ser usado por el enemigo, que es la definición de los grupos islamistas.

Se deben copiar la formas utilizadas por esos grupos islamistas, en concreto por Estado Islámico, y crear formatos similares, con textos preparados, que tengan, como objetivo primario la aceptación por parte de la Audiencia a la que van destinados. Ante una publicación como Rumiyah, la revista de moda entre los islamistas y sucesora de la famosa Dabiq, la cual publica reportajes con fotografías en alta resolución, con textos atractivos en su maquetado, no se pueden enfrentar dibujos en blanco y negro, con trazos simples y representando situaciones cotidianas pero con un tratamiento tan simple que no resultan atractivos ni tienen calado, por cuanto de irreales que son.

La Audiencia Objetivo no se encuentra en Siria, en Irak, en Libia o en la Franja del Sahel, sino en territorio europeo o norteamericano. Se debe de actuar sobre esa misma Audiencia que consume a diario los productos diseñados y distribuidos por al-Furqan, al-Hayat, A´maq o cualquiera de las productoras islamistas.

Para Occidente el peligro hoy en día está representado por esa población que es consumidora de la propaganda, y que es susceptible de verse tan afectada por la misma que no dude en pasar a la acción.

Acabar con cuentas en redes sociales no hace sino crear víctimas, mártires y sufridores, y no podemos olvidar una cosa, para los islamistas, aquel que se inmola conduciendo un vehículo con explosivos, llevando un chaleco o cinturón explosivo, es de por sí un “mártir” y por ello digno de admiración.

Salvador Burguet

 

CEO AICS Para más información puede visitar www.aics-sp.es

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