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TRIBUNA

Seguridad y Defensa

Empieza a ser sorprendente que , en la actualidad, la acción política continúe utilizando los conceptos de Seguridad y Defensa bajo un epígrafe común, como si fuesen sinónimos o partes de un único todo.

Esta costumbre podría ser herencia del concepto de ¨ Estado-Nación ¨ , nacido tras la paz de Westfalia y que lo encumbra a sujeto activo y único elemento que da vida a las relaciones internacionales actuales . Según esta idea, los Estados son soberanos, (la nación estado como último punto de referencia de la política exterior contemporánea) ; no existe un poder superior a ellos, y por ello las relaciones internacionales son, en esencia, anárquicas. La escuela realista, tan querida por los EEUU y cuyos principios fueron magníficamente definidos por Hans J. Morgenthau, en su libro ‟ Politics Among Nations :The Struggle for Power and Peace‟ , defiende que:

1. Existen una leyes permanentes, derivadas de la naturaleza humana, que dirigen las relaciones políticas entre naciones

2. La referencia básica en el realismo político es que el interés nacional se define en términos de poder.

3. El concepto de poder es objetivo, pero eso no significa que sea rígido o válido de una vez por todas.

4. Los principios morales universales no pueden aplicarse directamente a las acciones de los estados, sino que deben ser adaptados por las circunstancias de tiempo y espacio.

5. No hay que identificar las aspiraciones morales de una nación con las leyes que deben gobernar el mundo.

6. Las referencias para la acción política no son ni morales, ni económicas, sino simplemente políticas: lograr el máximo poder de la nación.

 

El realismo asume que cada estado trata de lograr el poder (militar y no militar) necesario para disuadir a los demás Estados de que lleven a cabo cualquier acción que amenace sus intereses y , por tanto, a su seguridad. La tesis central de los realistas sobre esta concepción de la seguridad es que, en un contexto de relaciones de naturaleza internacional determinado por la anarquía no hay un poder supranacional que pueda legislar y moderar sobre los intereses de los Estados, por lo que éstos deben asegurar el logro de su interés con mediante el poder, que es lo único que les otorga un grado elevado de seguridad.

La conclusión inmediata es que el componente básico y podríamos decir que único para garantizar la seguridad nacional frente agresiones es una adecuada y potente Defensa.

Pero esta aproximación reduccionista de la seguridad, con la Defensa en el centro del protagonismo, está siendo seriamente cuestionada desde varios

foros que defienden una visión mucho más amplia de la Seguridad.

Uno de las primeras ampliaciones del concepto surge, por ejemplo, de la escuela de Copenhague , dedicada al análisis del lenguaje.

 

Según esta escuela, la seguridad es una calificación o etiqueta que los gobiernos asignan a determinadas cuestiones y que permite una acción prioritaria, para la que, por una parte, se movilizan recursos importantes y, por otra, se reducen los niveles de control e información (es decir, se reducen las garantías en la decisión y gestión política). El concepto de “seguridad nacional” es central en este ámbito de significación y comprende, a grandes rasgos, la protección del estado frente a la agresión exterior, así como la pacificación de la sociedad frente a movimientos internos que lo puedan poner en peligro.

El Estado es la unidad competente, a nivel geográfico (su territorio coincide con aquel a defender), jurídico (monopoliza la capacidad legislativa y coercitiva en el territorio, derecho sancionado por la aquiescencia del resto de miembros de la comunidad de estados) y material (su creación pondrá normalmente a su disposición los medios para llevar adelante esta tarea). Pero además de la protección del estado frente a agresiones exteriores, hay otros sectores que son parte integral de la seguridad del Estado

Así, se acepta que un primer nivel de la seguridad es la soberanía del estado garantizada por la capacidad militar. La amenaza militar implica un recurso a la fuerza material y efectiva de una nación para garantizar la integridad del

territorio frente a fuerzas que pretendan desquebrajar la unidad del estado. En un segundo lugar se encuentra la estabilidad política, que puede ser amenazada desde distintos flancos. Las amenazas políticas pueden enfocarse a la identidad nacional del Estado o a su organización institucional e ideológica. De esta manera, cuando un sistema político se percibe como amenazado por la fuerza de un agente externo a las pretensiones del sistema político se dice que hay una amenaza latente a la seguridad política. No es fácil establecer los límites de esta amenaza a la seguridad política de la nación, pues en el juego político la oposición puede, en muchas ocasiones, ser presentada como riesgo para la tendencia política dominante; sin embargo, si suele ser posible identificar las fuerzas que no se encuentran dentro del juego político institucionalizado y que representan una amenaza real para la identidad nacional y su organización institucional. Un tercer nivel señala a la seguridad económica , refiriéndose a la base material de existencia del estado y a la supervivencia de la población; hoy por hoy, esta dimensión, y es una de las que reviste más importancia, puesto que es la que en cierta medida determina la posición y el poder de influencia de una nación en el sistema internacional. Finalmente podría mencionarse la seguridad medioambiental, en referencia a todos los recursos necesarios para garantizar la sostenibilidad material y la preservación ambiental, tanto del planeta como de los estados.

Otra interesante ampliación del concepto de seguridad procede de las NNUU, donde, frente a esta concepción de la seguridad, enfocada al Estado, han ido ganando fuerza consideraciones que centran el referente natural de la seguridad en la persona humana; su premisa básica es el reconocimiento de que el Estado no es el único agente de la seguridad, y que los actores no estatales (incluidos los individuos) tienen intereses de seguridad propios y distintivos. Más aún, las fuentes de amenaza a esos intereses suelen proceder de las condiciones en que transcurre la vida cotidiana, antes que de la eventualidad de una guerra. Por ende, la protección y preservación de las personas deriva no solo de la seguridad del Estado como unidad política, sino también del acceso individual a los recursos que le permiten llevar una adecuada calidad de vida. En este modelo de seguridad, Las Naciones Unidas identifican siete componentes o categorías principales: 1) Seguridad económica, la cual requiere un ingreso mínimo aceptable de ‘un trabajo productivo y remunerativo’; 2) Seguridad alimenticia, la cual significa que toda la gente en todo momento tenga acceso tanto material como económicamente a alimentos básicos; 3) Seguridad de salud, especialmente para las clases menos favorecidas a nivel mundial; 4) Seguridad ambiental, definida como un medio ambiente saludable; 5) Seguridad personal, mediante la reducción de amenazas de tipo violento, criminal o de conflicto para cada individuo; 6) Seguridad comunal, esto es, seguridad a través de la pertenencia a un grupo (siempre y cuando las normas sociales y las prácticas de comportamiento del grupo no amenacen la seguridad física del individuo como tal); 7) Seguridad política, que toda la gente dentro de cualquier sociedad disfrute de todos sus derechos básicos

Sea cual sea el modelo expandido de seguridad que aceptemos, y para garantizar la paz y la seguridad que las sociedades reclaman, ¿qué tipo de medidas defensivas deberemos aplicar? La tradicional defensa de las fronteras basada en una adecuada capacidad militar debe ser profundamente

reevaluada. Las amenazas al Estado ya no proceden de los países vecinos, pues en muchos casos son aliados en las mismas organizaciones supranacionales. Las amenazas son diferentes, muchas veces procedentes de actores no estatales, y con capacidad de actuar en el interior del Estado, con lo que la separación entre seguridad exterior e interior se difumina y las responsabilidades se complican.

Además los estados se ven actualmente enfrentados no solo a amenazas supranacionales , sino también por amenazas subnacionales, denominadas por algunos comentaristas como “nacionalismos destructores”.

A nivel supranacional, destaca el nuevo fenómeno del terrorismo internacional. El elemento que está dando coherencia al mismo es una mezcla religioso/cultural difícil de contrarrestar. Al mismo tiempo, sin un Estado único que le sirva de apoyo o base, sobre el que pudiesen aplicar medidas disuasorias, y con un apoyo tácito o simpatía de una parte de la población mundial con cierta homogeneidad cultural, nos lleva a pensar en el escenario próximo al “Choque de Civilizaciones” , en que determinados ideologías aprovechando estados débiles o fallidos como refugio, y con extraños compañeros de viaje como son los cárteles de la droga , se mueven con comodidad y aúnan voluntades para atacar otras culturas o religiones. Estos enemigos “sin cabeza” son muy difíciles de combatir, añadiendo complejidad a la “seguridad nacional”.

A nivel sub-nacional, un fenómeno compartido entre países antiguos y estables y países procedentes de la descolonización es la aparición de movimientos ‟localistas‟ o ‟nacionalistas‟ , en muchos casos violentos , con un carácter fuertemente tribal. Si bien las causas de este fenómeno no son claras, parece aceptado que no tendrían cabida si el estado no mostrase una creciente debilidad en su utilidad y funcionamiento interior y exterior, y con una clara influencia con el fenómeno de la globalización.

El instrumento tradicional de la seguridad exterior, las fuerzas armadas, se ve sometido también a una doble tensión: por una parte se ven sometidas a un proceso de creciente integración en organizaciones defensivas internacionales, que lleva consigo una reducción de la autonomía de Estado en el empleo de las mismas, y por otra, se produce a la necesidad de apoyar al Estado frente a enemigos (terrorismo internacional, por ejemplo) con bases dentro de la propia nación, con una clara necesidad de coordinación, no siempre fácil, con los responsables de la seguridad interior. Algunos países se ven obligados a cambiar la legislación nacional para permitir este empleo de las fuerzas armadas (Homeland Security Act, en EEUU, por ejemplo).

Ante esta situación tanto los ciudadanos de los países más ricos como de los más pobres se sienten inseguros, y si bien no pueden requerir de los ministerios de Defensa que les provean seguridad ambiental o demográfica, eso no impide que demanden a los Estados que cumplan un papel protector. Cuando el Estado, encarnado por los gobiernos y las élites del poder, no puede o no quiere cumplirlo se produce una desconfianza hacia ellos por parte de los ciudadanos, que pueden dudar de la capacidad de ese Estado en garantizar la seguridad amplia demandada y pueden buscar en movimientos populistas la solución.

Es decir, la vinculación de la defensa de Estado, como exponente clave de la seguridad, y la garantía de satisfacción de las necesidades humanas básicas, con el Estado como garante, está sufriendo una clara crisis, con sensación de desprotección frente a trastornos económicos (como la crisis actual), medioambientales (el calentamiento global) poblacionales (migraciones ilegales) y de vida diaria (mafias organizadas, terrorismo transnacional, tráfico de personas y drogas) no controlables por los Estados de forma individual.

Todo ello nos lleva a la conclusión de que la Defensa ya es insuficiente ella sola en garantizar la Seguridad que la nación demanda. La cohesión de los Estados-Nación está amenazada por todas partes. La mayoría de ellos deben enfrentarse actualmente no solo a amenazas de origen externo sino con el empuje de las fuerzas centrífugas que reclaman el derecho a la adopción de decisiones y en el reparto de los beneficios o, incluso, de provocar pura y simplemente una secesión, y las políticas de descentralización emprendidas por varios Estados han resultado frecuentemente insuficientes para responder a estas aspiraciones. Pero la idea de transferir las responsabilidades a organismos supranacionales , y la Unión Europea es un buen ejemplo, tras ciertos desarrollos en el ámbito cultural, ideológico y económico, no ha sido capaz de superar la resistencia de los ciudadanos de los Estados-Nación.

Para concluir, podemos decir que la tensión provocada por la globalización y la agudización de los fenómenos de integración por una parte y fragmentación por otra están afectando profundamente a la seguridad de los Estados, porque afectan, en esencia, a la naturaleza y contenido del Estado. Estos fenómenos obligan al Estado a realizar unas funciones diferentes en cada tiempo y lugar. En la medida que el Estado sea capaz de adaptarse a todas ellas de forma simultánea garantizará su supervivencia como actor fundamental de las relaciones Internacionales o la necesidad de su sustitución por un modelo aún por definir, pero claramente diferente al actual.

 

Angel Guinea Cabezas de Herrera

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