Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

La igualdad que no existe

A base de repetir una y otra vez, como un mantra sagrado, que la igualdad es un valor en sí misma, nos olvidamos que es un término relativo, que como concepto, dependerá de en qué contexto y con referencia a qué se utiliza la palabra, pero que como tal, en la naturaleza, en los seres vivos, no existe: no hay dos personas iguales, ni física ni  anímicamente. La complejidad y riqueza del cosmos en el que vivimos es de tal magnitud que se nos escapa por todos los resquicios cualquier intento de reducir a criterios igualitarios la realidad que nos rodea. Hasta las hormigas tienen elementos con que diferenciarse. 

Afirmar, desde una óptica religiosa,  una perspectiva espiritual, cristiana por supuesto, pues las demás religiones no participan de ese pensamiento,  que todos los hombres somos “iguales” es una clara referencia a la posición del hombre frente a Dios, es tanto como afirmar que ante Dios todos somos iguales; en ningún momento se pretende imponer la identidad a todos los seres humanos pues sería un absurdo fácilmente comprobable con simplemente abrir los ojos y ver a nuestro alrededor. 

El defender que toda persona debe tener igualdad de oportunidades es igualmente un concepto comprensible y justificable en base a criterios morales o éticos, exclusivos del ámbito del pensamiento humano, no del orden natural por supuesto, ya que en la naturaleza cada ejemplar nace con unas condiciones que le son propias genéticamente, dándole ventaja en un sentido u otro, lo cual tiene sin duda consecuencias a la hora de la supervivencia del individuo y su descendencia.

El pretender igualar a los seres humanos reduciéndolos a una uniformidad en su proyección social, es tan  ridículo como  pretender hacerlo físicamente,  y sin embargo se está intentando por todos los medios en nombre de un idealismo “panfílico”, una maniobra que seguramente camufla otras intenciones, ya que tal proyecto requiere la utilización de la fuerza y conlleva la implantación de unos mecanismos de poder y control que favorecen el ejercicio del mismo por parte de unas élites que se instalan en la cúpula – lo que en inglés se define como “The commanding heights” . Tal triunfo igualitario lleva irremisiblemente a una esclavitud colectiva, a un abuso de poder, a un estancamiento socio económico, a un sufrimiento general y a una permanente carestía al eliminar la libertad de aquellos individuos capaces de generar riqueza y promover las actividades productivas que impulsan al conjunto de esa misma sociedad.  Ejemplos evidentes de las  consecuencias de un estado totalitario que predica la igualdad por encima de cualquier otro criterio,  imponiéndola por la fuerza y cuyo poder rector es omnímodo, son sin duda los regímenes de la antigua URSS y sus satélites o la China de Mao.

Los hombres y las mujeres no somos iguales, ni física ni de carácter,  es algo tan evidente que negarlo sería absurdo, por ello tal pretensión de uniformidad se encubre a través de limitaciones a la libertad del individuo, una fiscalización  progresiva, económica y personal, a través de una tributación desproporcionada, un control de la movilidad, una imposición educativa, una dependencia vital, un registro de bienes y consumos, unos términos coercitivos  que coartan o impiden el ejercicio de su voluntad personal respecto  al conjunto, que prácticamente nos llevan a la incapacidad para evadirse de la dictadura de la mayoría ejercida por una clase dirigente…

Ahora bien,  la sociedad  tardará más o menos en adaptarse a esa situación, dependiendo de la capacidad e inteligencia de cada individuo, pero cuando se trasvasan unas líneas tolerables de sujeción al sistema, aquellas que son las lógicas que conlleva la convivencia social a través de la necesaria contribución al esfuerzo colectivo,  las personas, automáticamente ralentizarán su capacidad productiva. En la mayoría de los casos no será ni siquiera un acto de rebeldía consciente, simplemente se perderá todo incentivo de mejora, con lo cual, a medida que tal sentimiento o actitud se generaliza, se produce el colapso del sistema, por muy bien intencionadas que hayan sido las razones esgrimidas por  la élite rectora.

El estado, el gobierno, la administración, las instituciones paliativas, son necesarias, pero cuando acaban por engullir una parte excesiva del esfuerzo de toda la comunidad, simplemente, se cae el invento. Ya lo dice el refrán popular: “Tanto va el cántaro a la fuente….”

Un caso disparatado más de la aplicación de tal principio igualitario, llevado nada menos que al capítulo  “ciudades” es la última ocurrencia del ilustre ayuntamiento de Madrid en el sentido de que nuestro plan urbano y de actuación debe ser igual al de otras ciudades europeas…  da igual Ámsterdam, Estocolmo, Copenhague, por ejemplo, con sus dimensiones, sus canales, sus historias, las horas de sol, la orografía o el carácter de sus habitantes que Madrid… ¡¡Habrá que decirle a los madrileños – y a los nórdicos que estén de paso – que tienen que  recluirse en casa a las 20.00, y en cama a las 22.00, y nada de ir a cenar por ahí y menos en coche,  ocupando sitio en unas avenidas peatonales, con laterales reservados para bicicletas!!  Me viene a la memoria  cómo en cierta ocasión, paseando por el puro centro, nada menos que de Viena, nos costaba  encontrar un sitio abierto, eran las 18.30 y no había un alma por las calles…  ¿Será ese en el futuro en nombre de la igualdad que nos aguarda en Madrid?

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