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TRIBUNA

Nostalgia

Esta recóndita e inconfesable añoranza: la de ser portadores de una condición especial y ser parte de algo que les trasciende.

Ese recuerdo que nos lleva a épocas o momentos que, al menos teóricamente fueron “mejores” que el presente, es un sentimiento individual que tiene igualmente  una vertiente colectiva. Los británicos, cuanto menos una buena parte de ellos, a pesar de su  aura de racionalidad y sentido común, poseen como todo ser humano un rincón en el que veneran esa visión romántica de su pasado y un orgullo de nación, una sensación de pertenencia a algo más importante que su mero existir como individuos aislados,  lo que les da en cierta medida un sentido a su vida.  

Esta recóndita e inconfesable añoranza: la de ser portadores de una condición especial y ser parte de algo que les trasciende, les ha sido imbuida a lo largo de una educación condicionada por las modas, aunque nunca ausente del sentir colectivo nacional, con independencia de la ideología política o la posición social que tenga cada uno.

La imagen por otra parte que buscan transmitir como pueblo, es la de un sano y razonable pragmatismo, flexible y dialogante, pero aunque esa postura resulte la más frecuente en su comportamiento, eso no significa que en el fondo de sus entretelas carezcan de sus específicos reductos emotivos e irracionales, una de ellos entre varias de esas emociones escondidas, está el  concepto que se deriva de su pasado “Imperio”: el haber conseguido esa pequeña isla en un momento de la historia una enorme preponderancia e influencia  sobre toda la faz de la tierra  les llena de orgullo. Es ese un sentimiento lógico pero que a su vez está irremediablemente condicionado a la vigencia de esa posición de primacía: cuando desaparece esa hegemonía y el poder que la sustenta, queda una sensación de vacío que se resiste a admitir que, a pesar de su indudable importancia aun en el presente, han dejado de ser esenciales en el transcurrir del devenir político del mundo actual y eso influye psicológicamente en el sentir colectivo. Esa no confesada pérdida es lo que les lleva a adoptar posturas emocionales incongruentes y sobre todo a manifestaciones y afirmaciones inconsecuentes con la realidad. Estamos ante el mundo de los sentimientos y emociones, por tanto cualquier análisis racional está fuera de lugar y como tal problemática habrá que comprenderla y encajarla en el contexto de las relaciones internacionales.

Los españoles deberíamos comprenderlo igualmente,  si no fuera porque durante muchos años, casi dos siglos, hemos estado desmantelando negativamente nuestra propia historia como consecuencia de un colapso psicológico colectivo similar, al ver desaparecer nuestra situación de preeminencia en Europa y América. Fue tan traumática dicha sensación que todavía se arrastra, primero fue la sorpresa, luego una incapacidad para comprender y aceptar lógicamente que dichas preeminencias son difícilmente  sostenibles, seguida de una revulsión esquizofrénica, en que se pasa a odiar todo lo que significó dicha grandeza: al verse privado de la preeminencia se rechaza todo lo que ella significó, como la persona que en un ataque de impotencia  busca destruir aquello  que no puede poseer… No hay más que comprobar la casi general crítica destructiva del pueblo español contra sí mismo, para comprender el proceso: Al perder el protagonismo se pasa  a rechazar todas las ilusiones que alimentaron ese pasado. En el caso británico tal catarsis no se ha producido, al menos de modo oficial todavía, aunque los síntomas de la decadencia son evidentes en todos los sectores de su sociedad…

España y Gran Bretaña mantienen relaciones desde tiempos inmemoriales, mucho antes de que existiera ni siquiera la idea de una UE, al igual que Europa, su cultura y su historia, son una cosa y el proyecto de la UE puede ser otra, los británicos son europeos, dentro o fuera de la Unión, y si eso no queda claro, nos equivocaremos de medio a medio confundiendo las formas con el fondo.  Los tiempos son distintos aunque las emociones en el fondo no cambian tanto, por eso, la manera de abordar la relaciones bilaterales debe ser lo más objetiva y aséptica posible, sin dejar a las emociones intervenir, no se debe perder de vista que nuestras relaciones con Gran Bretaña van mucho más allá de Gibraltar.

El emprender conversaciones colectivas entre la UE y Gran Bretaña es sin duda recomendable, pero sin olvidarnos de que las bilaterales también deben llevarse a cabo, pues nada tienen que ver las relaciones germanas con Gran Bretaña con las de España, donde desde tiempos inmemoriales cientos de miles de británicos vienen y se establecen en nuestro país al igual que españoles en Gran Bretaña, las de Alemania y el norte de Europa se centran mucho más en finanzas  e industria. Cada uno, a lo largo de la historia, ha ido estableciendo lazos y experiencias comunes que no necesariamente coinciden con los intereses respectivos.

Con nuestra incorporación al mercado común y a la moneda única se impusieron ciertas equivalencias que inclinaron, a pesar de las múltiples ventajas económicas, la balanza excesivamente a favor de unos en perjuicio de otros. No debemos permitir que los intereses del norte de Europa en su negociación con Gran Bretaña, perjudiquen las relaciones del sur de Europa con la misma, ya que no son iguales ni tienen el mismo peso.

 

Gibraltar, es un contencioso histórico, cuya solución hoy en día y desde hace bastantes años, no es militar ni nada parecido: sin el apoyo peninsular es insostenible, depende más  de España que de Gran Bretaña, y de los inconfesados intereses que subyacen a las ventajas que tal paraíso fiscal ofrece, no solo a los residentes del peñón, sino a todo el área circundante así como a  infinitas compañías, muchas de origen español, domiciliadas en la roca. En todo caso lo que  no vendría mal, aunque solo fuera  para salvaguardar ese pequeño orgullo nacional que nos queda, es que nuestros dirigentes dieran una significativa lección, pacífica, como reacción a las baladronadas del primer ministro gibraltareño. Los españoles también tenemos nuestro particular sentido de valía como nación, aunque sea, simplemente como colectivo humano, que no puede ser impunemente ofendido por un enano, pues tal actitud solo induce a una depresión colectiva. ¡Los gestos también importan!

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