Diario de Información y Análisis de Intereconomía
TRIBUNA

Tolerancia cero

Es de todos conocidos, por  simple experiencia, que muchas veces la avería grave de un aparato tiene su origen en fallos o carencias en los elementos más insignificantes de la maquinaria o instrumento en cuestión. Si bien con harta frecuencia no es tanto el defecto que aparece en el pequeño componente, ya que este no suele aparecer súbitamente, suele dar avisos previos, sino la desidia en solucionarlo antes lo que acaba por convertirlo en letal.

Lo mismo ocurre con determinadas conductas en el orden social, se empieza por tolerar pequeñas transgresiones de la ley y a medida que estas se van generalizando y agravando de una manera cada vez más agresiva, va resultando cada vez más difícil atajar ese comportamiento,  el cual se vuelve imparable si no  se aplica una medida de fuerza extrema. 

Una reacción, que en un principio hubiera resultado de todo punto excesiva, se impone como necesaria por haber descuidado una  sanción en su momento: igual que en el caso de la maquinaria, no es tanto la falta en origen, sino la pasividad por  haberla tolerado, lo que convierte el problema en muy grave. Cuando las faltas,  las infracciones administrativas,  declaraciones verbales extemporáneas, o la manifestación de opiniones contrarias al orden constitucional  resultan gratuitas, cuando no se reacciona ante expresiones que entrañan una evidente insubordinación a las leyes de la nación  se está invitando a la escalada de la provocación.

Cuando a tales posturas se les ha dado carta de naturaleza al  ignorarlas, no ejerciendo la autoridad que las propias leyes nos conceden, alegando que los desafíos no son significativos y que lo más conveniente es pasar de ellos para no crear mayor animadversión, lo que único que se consigue es alicientar dichas actitudes. Es un juego de fuerzas en las que una parte va presionando para desarmar e inutilizar los recursos y argumentos del  contrario, y este se pliega por inercia, pasividad o simple incapacidad de actuar al negarse a la desagradable opción de tener que hacer cumplir las leyes.

La primera vez que se permitió que en un ayuntamiento del País Vasco o Cataluña no ondeara la bandera de España, que se  hicieran declaraciones subversivas e inconstitucionales, animando a la rebelión, a la desobediencia civil, se escucharon autoridades públicas manifestando su apoyo a grupos o personas evidentemente delincuentes, sin que ello conllevara la imposición de la legalidad y el castigo correspondiente a los autores de dichos delitos, se perdió la ocasión de resolver un problema, que si algún día se llega a una solución, va a ser en todo caso muy lesiva para todas las partes y letal para España y para todos los españoles. 

Ahora no debe sorprendernos que auténticos asesinos se paseen por la calle y estén sus cómplices instalados en instituciones oficiales del estado, o que un parlamento declare la independencia de su región, desafiando  las leyes de la nación o se prohíba impartir la enseñanza en la lengua oficial del estado con manifiesto perjuicio de todos los que no hablan la lengua local.

El hecho es que en este momento ya poco sentido tiene el ponerse a echar las culpas a unos u otros, responsables, por esta falta de autoridad o pasividad colectiva, como Fuenteovejuna… Quizá la tranquilidad y el bienestar, la sensación de que nunca pasa nada,  que adormece a las mayorías ciudadanas, el exceso de confianza o la simple indiferencia de una sociedad muy desestructurada, en un contexto territorial demencial de reinos de taifas, nos ha hecho devotos de la contemplación de nuestros ombligos tribales,  lo que ha permitido que unas minorías decididas y organizadas hayan conseguido llevar adelante sus teorías  e imponérselas al conjunto del país, aprovechando  la descomposición política y ciudadana.

¿Quién pondrá fin a este despropósito? Que una nación de las más antiguas del mundo, cuya lengua es hablada por 500 millones de personas, de una cultura antigua, pujante, expandida para bien o para mal, desde Tierra de fuego a California, una nación que paso del subdesarrollo del siglo XIX a ser uno de los miembros más significativos de la UE,  vaya a descomponerse en una pléyade de clanes, es una pregunta en estos momentos sin una respuesta en el horizonte inmediato. El mal está hecho y si se tardaron treinta años en desmantelar el concepto nacional en la mente de los ciudadanos “autonómicos” hasta convertirlos en “independentistas”, se pueden tardar otros tantos en recuperar el terreno, pues la clave, como en tantas otras cuestiones, está en la educación y en la competencia de aquellos que presumen de impartirla.

Desgraciadamente a estas alturas la única forma de que dicha tendencia aberrante sea invertida va a requerir unas medidas que no van a gustar a aquellos que consideran que con “el dialogo” la situación puede corregirse;  ignoro en este momento exactamente lo qué tendrá que ocurrir, pero estas situaciones o emociones contrarias al sentido común, basadas en ficciones, a la larga siempre acaban por reventar y con consecuencias negativas para todas las partes.

Hay algunos ilusos que piensan que Europa nos lo va a solucionar, como si  les importase que hubiera tres naciones más o menos al sur, cuando han aceptado enclaves como Malta, Chipre o las repúblicas bálticas como si fueran naciones en pie de igualdad, por no mencionar la aberración de reconocer a Kosovo; mientras puedan controlar sus intereses y no les perjudique concretamente, postura por otra parte si se piensa fríamente  totalmente lógica: cada uno vela por lo suyo, lo cual no será muy “solidario” pero la postura es muy real.  ¡Hay que ser ingenuo! ¿Desde cuándo los problemas o necesidades propias  las han resuelto los extraños…? Más bien siempre ha sido lo contrario.El problema territorial de España fue cultivado a conciencia por nosotros mismos a lo largo de muchos años, el resto de Europa no tiene la culpa ni nos puede dar la solución.

 Pero de lo que no cabe duda es que este sistema de autonomías es insostenible, ahora que está tan de moda dicha cualidad, no se puede mantener un estado tan complejo y variopinto, disperso y oneroso, con nuestro nivel de ingresos, sin machacar a los ciudadanos productivos, habrá que reducir los gastos de este gargantÍa, es algo de lo que todos son conscientes y que ninguno se atreve a proclamar abiertamente, solo se comenta “en la intimidad”. 

  

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