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Checas en la Guerra Civil, la represión soviética para exterminar a sospechosos

Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Las checas que se instalaron en la retaguardia republicana desde el mismo momento de iniciarse la Guerra Civil eran cárceles controladas por los partidos del Frente Popular en las que miles de “enemigos” fueron torturados y asesinados sin ningún tipo de garantías. Toma su nombre de la policía política creada en los primeros momentos de la revolución soviética –la Chrezvichàinaia Komissia (Comisión Extraordinaria)- que sembró el terror durante la represión soviética en la URSS, el país que los frentepopulistas tomaron como ejemplo desde las elecciones de febrero de 1936.

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Desde que se produjo el reparto de armas a las milicias de los partidos políticos de izquierda, una decisión tomada el 19 de julio de 1936 por el jefe de Gobierno José Giral, los elementos radicales que conformaban estos grupos, en lugar de emplearlos en el frente para frenar el avance de las tropas de Franco los emplearon para dar rienda suelta a su afán de venganza y a sus más bajos instintos.

Una vez armados, en Madrid, Valencia, Barcelona,… hasta en pueblos de pequeño tamaño, se incautaron de locales e instalaron cárceles a las que pronto empezaron a denominar como checas. En ellas empezaron a instalar los más salvajes métodos de tortura –asesorados por los soviéticos que llevaban en España desde antes del comienzo de la guerra- y se lanzaron a detener a toda aquella persona que fuera considerada contrarrevolucionaria. En esas cárceles entraban religiosos, burgueses, falangistas, empresarios, periodistas,… pero también quienes eran denunciados por querellas personales y viejos litigios.

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Las checas eran muy variadas en cuanto a sus instalaciones, pero las más activas y con mayor capacidad, sobre todo las que estaban en Madrid, Barcelona y Valencia, instalaron diversos sistemas de tortura. En ellas se realizaban tormentos que iban desde las palizas a las electrocuciones, pasando por las celdas de hielo, campanas de calor, los ruidos estridentes o las luces fijas. En algunas existía una habitación llamada la carnicería, donde se amputaban en vivo miembros para obtener confesiones. Eran frecuentes las celdas que para debilitar la voluntad del detenido le impedían el descanso. Para ello se incluían elementos como catres inclinados que les impedían dormir o suelos con ladrillos en arista que imposibilitaba el apoyo de los pies o tumbarse en él.

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En otras ocasiones las celdas tenían los techos a alturas muy bajas para evitar que los detenidos pudieran incorporarse. Otra práctica habitual era que los carceleros despertasen a los recluidos cada hora para que perdieran la noción del tiempo.

Entre torturas, palizas y acoso, los milicianos responsables de los centros solían hacer juicios ficticios o fusilamientos simulados para que los “contrarrevolucionarios” padecieran ansiedad permanente durante su cautiverio. Cuando los centros se encontraban saturados de detenidos, sin juicio ni causa legal alguna, eran sacados de madrugada y fusilados en las afueras de algunas de las ciudades o poblaciones en las que se encontraban.

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Desde la historiografía marxista se ha pretendido justificar el terror como una respuesta descontrolada de los más radicales dentro de los partidos que conformaban el Frente Popular. Cuando leemos que tres meses después del inicio de la guerra las Checas dejaron de funcionar porque el Gobierno frentepopulista acabó con la represión indiscriminada, estamos ante dos falsedades. La primera es que si bien se desautorizó el uso de estas cárceles a los dirigentes de las milicias de los partidos políticos, pasaron a ser gestionadas por el Servicio de Información Militar (SIM) que era la agencia de espionaje y seguridad del bando republicano. La segunda es que los dirigentes de los partidos del Frente Popular conocieron desde el principio la existencia de estos centros y, lejos de tomar alguna medida para cerrarlos, permitieron que estuvieran gestionados por hombres de toda su confianza. Es más, las checas no pertenecían solamente a los partidos más radicales, comunistas, socialistas y anarquistas, sino que los más “moderados” como Izquierda Republicana o los partidos catalanistas tenían sus propios centros de exterminio.

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En Madrid destacaron por su actividad criminal y represora varias checas: Fomento (luego de Bellas Artes), la de la Escuadrilla del Amanecer que tenía su sede en la Dirección General de Seguridad ¿Incontroladas y al margen del poder republicano?, la de Marqués de Riscal, la de Narváez, la de San Bernardo, la de Ferraz, la de la CNT en el Ateneo Libertario,…. Y así hasta un centenar de estos centros.

En el caso de Valencia fueron tristemente conocidas algunas como la de Santa Úrsula, la de Sorní, la de Grabador Esteve o la de la calle de los Carniceros. Igualmente, en Barcelona, destacaron: la de Vallmajor (conocida como Preventorio D), la de La Tamarita, la del seminario, la de la calle Zaragoza o la de San Elías.

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Algunos de estos centros sirvieron para depurar –entiéndase torturar y asesinar- a compañeros de profesión con los que no se coincidía ideológicamente. Un caso especialmente cruel fue el de la checa del Cuartel de Espartero, sede de la Guardia Nacional Republicana, donde fueron torturados y asesinados cientos de Guardias Civiles considerados próximos a las tesis de los sublevados.

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