En la zona ajardinada de la Casa Rosada, sede de la presidencia argentina, había una estatua de Cristóbal Colón. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner no ha parado hasta desmontarla y hacerla fosfatina, pese a los obstáculos judiciales que impedían la demolición de un bien de interés cultural. ¿Ha sido suficiente? No. Hace pocos días la presidenta advertía que en la misma sede presidencial había un salón llamado “Cristóbal Colón”. Poco ha tardado doña Cristina en desposeer al salón de su nombre. En su lugar lo ha rebautizado como “Salón de los Pueblos Originarios”, en homenaje a las etnias nativas del Cono Sur.

La presidenta en persona ha asumido la tarea directa de redecorar el espacio al gusto de su nueva orientación. Según ha informado el diario bonaerense La Nación, aún se ignora qué tipo de decoración llenará la sala, aunque ya ha trascendido el color escogido para vestir sus paredes: “rojo vino intenso”. También se ha sabido que la presidenta, cuya afición por la decoración es bien conocida, ha ordenado instalar allí una gran mesa de centro con pantallas táctiles así como forrar de espejos un pasillo de acceso privado.

“Pueblos originarios”

La inquina de la presidenta de Argentina hacia Cristóbal Colón viene acompañada de un, en su caso, sorprendente redescubrimiento de las civilizaciones precolombinas en el país. Hace aproximadamente un año la viuda de Kirchner dotó a su discurso político de este nuevo giro cuando denunció que “lo primero que hay que hacer para colonizar es convencer al colonizado de que no sirve para nada”, y así expresó su propósito de “poner estas historias que nadie nos contaba de la cultura, del conocimiento que había en esos pueblos originarios”. Cultura y conocimiento sañudamente aniquilados por el malvado conquistador español, se sobreentiende.

Cristina Fernández de Kirchner no ha precisado que entiende por “pueblos originarios” de la actual Argentina. Puede referirse a los guaraníes chandules que en 1516 asesinaron y devoraron al explorador Solís y sus compañeros. O quizá a los omaguacas, atacamas, huarpes, etc. que se dedicaban a la agricultura de subsistencia. O quizás a los incas que llegaron a las regiones ocupadas por estos últimos pueblos, los aniquilaron y deportaron a los escasos supervivientes. En los años 90 se halló un sugestivo vestigio arqueológico de este periodo de ocupación inca: los cadáveres de tres niños sacrificados en la cumbre del volcán Llullaillaco. O quizá la presidenta quiera evocar a los indios patagones, primitivos cazadores y recolectores de la Pampa.

Si le interesan estos últimos pueblos, tal vez la Casa Rosada hiciera bien en revisar el genocidio perpetrado no por los conquistadores españoles, sino por la propia Republica Argentina entre 1876 y 1917 en la eufemísticamente llamada “conquista del desierto”, y que exterminó literalmente a millares de mapuches. Uno de sus principales responsables fue el presidente Roca, que, por cierto, mantiene su retrato en la Casa Rosada así como monumentos en numerosos puntos del país. Cristina Fernández de Kirchner tampoco debe de ignorar que en la Argentina, como en otros muchos lugares de Hispanoamérica, la mayoría de los indígenas combatió en las filas realistas (españolas) contra los movimientos criollos de independencia.

Cristina Fernández de Kirchner carece de antecedentes personales indígenas. Es nieta de emigrantes españoles (gallegos y asturianos) por parte de padre y de emigrantes alemanes por parte de madre. Tampoco se le conocían, hasta ahora, motivaciones indigenistas en su ideología política. Todo indica que este giro doctrinal apunta a sumarse a la corriente abierta por Evo Morales en Bolivia, entre otros.

La culpa es de España

Al contrario de lo que ocurre en países como la propia Bolivia o como Perú, donde las comunidades indígenas son muy numerosas y mantienen buena parte de su identidad, en la Argentina el peso indígena es muy bajo. Según el genetista Daniel Corach, la población argentina proviene en un 80% de etnias europeas y el aporte genético indígena –del conjunto de todas las etnias- se reduce al 15,8% (el resto es población de origen africano). Son muchos los que poseen al menos un antepasado indígena, pero diluido en un río de fuerte mestizaje. Tan poco relevante es el porcentaje de población específicamente amerindia, que las comunidades indígenas han sido y siguen siendo sistemáticamente marginadas en la vida política. A finales de los años 90, los chandules del área de Misiones protagonizaron diversas protestas precisamente por ese motivo: se estaban muriendo literalmente de hambre.

No es, pues, la búsqueda del voto indígena lo que motiva el viraje “originario” de la presidenta Cristina Fernández. La causa hay que buscarla más bien en el discurso autoexculpatorio que, con carácter casi general, parece haberse adueñado de la clase política iberoamericana a partir de los bicentenarios de la independencia. Doscientos años después de su emancipación de España, los dirigentes de Argentina, Bolivia, Venezuela y otros países han descubierto por qué sus países funcionan mal: la culpa es de los españoles… de hace dos siglos.

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