Putin es de otro mundo. Lo dice Obama. Florentino Portero, fina inteligencia (ojalá hubiera cien como él en la “mediocracia” española), recordaba el otro día de dónde viene la ocurrencia: la dijo Angela Merkel después de una charla con el premier ruso, y Obama, que sólo tiene talento para la publicidad, se apropió de la fórmula para repetirla aquí y allá: “Putin es de otro mundo”. Bien, es verdad: Putin es de otro mundo, Rusia quiere mayoritariamente ser otro mundo, y ahí se encierra la clave de muchas de las cosas que pasan a nuestro alrededor.

Veamos: nosotros, occidentales ricos y bien nutridos –aunque últimamente a dieta forzosa-, hedonistas y abortistas, posmodernos y post-cristianos, hemos creado un mundo al que unilateralmente hemos proclamado como el mejor de los posibles. Es el mundo que ganó la segunda guerra mundial, que se hinchó de riqueza en los tres decenios siguientes, que hizo después la “revolución moral” del nihilismo progre (lo del 68 y todo eso) y que al final ganó la “guerra fría” contra el comunismo. Ese mundo anunció el “fin de la Historia” y el advenimiento de la “globalización” como un sueño largamente esperado, como la meta final de un arduo camino hacia la modernidad plena. Y tan contentos estamos con nuestro invento que pretendemos que todos los pueblos de la Tierra abracen este modelo como instrumento de redención. Hay, en efecto, una matriz de pensamiento progresista que hoy funciona como una especie de ideología mundial y que aspira a unificar a todos los pueblos de la Tierra conforme a un mismo patrón. Esa ideología-mundo se predica lo mismo desde la ONU que desde los grandes medios de comunicación, lo mismo desde Bruselas que desde Washington, lo mismo desde Hollywood que desde la telerrosa. Se acabaron los pueblos, se acabaron las naciones, se acabaron las singularidades culturales, se acabaron incluso las diferencias entre sexos. Todos somos “un solo mundo”.

El problema es que ese modelo, ese mundo, es únicamente nuestro: es el modelo de un Occidente que ha sacrificado todas sus raíces en el altar de una civilización enteramente materialista y sin otro futuro que la gestión del propio suicidio. Quizás en otro tiempo pudimos ver aquí una promesa de futuro. Lo que en realidad hemos tenido es un planeta unificado bajo el imperio del dinero, lo cual incluye el nihilismo moral generalizado, pero ya hemos perdida de vista los grandes principios, de manera que una parte importante de la sociedad occidental entiende que esto es la libertad. Ahora bien, fuera de aquí –por ejemplo, en Rusia- no tienen por qué pensar lo mismo. Rusia –lo recordaba hace poco Luis Fraga- está al margen de ese “gazpacho posmoderno y post cristiano” que es hoy Occidente. Y por tanto, su mundo es otro. Otro mundo.

Occidente vive tan ensoberbecido, tan ciego en su “gazpacho posmoderno y post cristiano”, que no es capaz de ver más allá de sus prejuicios y no puede entender que otros no quieran pasar por aquí. Y sin embargo, la realidad es exactamente esa: Occidente decepciona. Un ex embajador americano en Moscú, John Matlock, recordaba recientemente que en 1990 el 80% de los rusos era pro-americano, pero hoy las cifras se han dado la vuelta hasta el punto de que Putin goza de una popularidad que supera el 70%. ¿Por qué semejante cambio? Sencillamente porque Occidente, a sus ojos, no es otra cosa que un mundo decadente y enfermo, el “fin de la Historia” sólo es la coartada de una superpotencia hegemónica que no sabe adónde va y la “globalización” no es más que la consagración de un poder económico sin rostro ni nombre.

Putin es de otro mundo, sí. Del suyo. Como la gran mayoría de los rusos. E igualmente son de otro mundo los chinos, que buscan su propio destino, o los musulmanes. El cosmopolitismo occidental creía haber obrado la unidad del mundo. Pero, como decía Milan Kundera, “la unidad del mundo sólo significa que nadie puede escapar a ninguna parte”. ¿Quién puede legítimamente reprochar a nadie que intente escapar a este futuro siniestro de sociedades envejecidas y rotas, sin familias, sin apenas hijos, sin Dios, sin raíces, sin más libertad que la que nos permite el desorden establecido, bajo la tiranía neutra de unos poderes financieros y mediáticos que ya ni siquiera se molestan en disimular su prepotencia?

Putin es de otro mundo. Vale. Pero es que yo también quiero ser de otro mundo. ¿Y usted?

 

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