Federalcatolicismo y plurinacionalidad

Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

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En octubre de 1946, la Congregación-Patronato de Nuestra Señora del Buen Consejo y San Luis Gonzaga, los célebres Luises, padres jesuitas, organizaron en Madrid un Ciclo de Música Catalana Contemporánea en el cual quedaron incluidos, en el idioma catalán en el que fueron compuestos, la canción de cuna «Dalt d´un cotxe» y el poema «Damunt de tu nomes les flors». Así consta en un programa de mano de tan lejanos días. El dato, uno más de los muchos que podrían exhibirse referidos a un tiempo en el que clérigos catalanes rociaban con agua bendita al Jefe del Estado, supone una prueba más, de las muchas, que pueden esgrimirse tras esa gran maniobra ideológica que dio en llamarse, en flagrante contradicción en términos, «Memoria Histórica».

Siete décadas después, Pablo Iglesias Turrión ha lanzado un órdago al sucesor de Zapatero proponiéndole un gobierno que incluiría una nueva cartera, la correspondiente al así llamado Ministerio de Plurinacionalidad, cuyo poseedor sería, lógicamente, un separatista confeso como Xavier Doménech, destacado miembro de En Común Podemos. La propuesta de un nuevo Gobierno ha sido hecha pública en el curso de una ceremonia mediática tan cuidada como el medido desaliño con el que Iglesias ha comparecido ante Felipe VI, a quien no ha dudado en calificar, omitiendo su regia condición, como Jefe del Estado, habitual fórmula franquista.

La carterista iniciativa plurinacional de Iglesias ha causado cierto revuelo o sorpresa, reacciones que fácilmente se pueden atenuar aumentando la profundidad de la perspectiva histórica  más allá de esa frontera bendecida por todos los actores de la democracia coronada: el final del período franquista. Basta diluir esa interesada y en gran medida arbitraria línea para rastrear los orígenes de esa estructura que el profesor del campus de Somosaguas presenta como novedosa y mágica.

Procediendo de este modo nos situaremos en el año 1964. Es en tal fecha cuando se produjo una interesante reunión de reveladora estructura. El lugar escogido, un palacete propiedad de Félix Millet y Maristany -miembro de la Lliga y benefactor del Opus Dei- sito en La Ametlla del Vallés. Será allí, bajo los auspicios yanquis canalizados a través del anticomunista Congreso por la Libertad de la Cultura, donde, con el previo asesoramiento de Ruiz Giménez, quien en el XVII Congreso de Pax Romana celebrado en 1939 en Washington fue nombrado Presidente Internacional de tal organismo, se dé cita un conjunto de personajes divididos en dos bandos diferenciados regionalmente: Castilla y Cataluña. Por el lado mesetario figuraron José Luis Aranguren, Julio Caro Baroja, Maravall, Pablo Martí Zaro y Dionisio Ridruejo; por el catalán: Antonio María Badia, Lluc Beltrán, Josep Benet, José María Castellet, Cuito, Lorenzo Gomis, Hurtado, Mariano Manent, Millet, Raventós, Rubió, Rafael Tasis y Valverde.

En los coloquios, que continuarían en Toledo y Madrid, los aspectos lingüísticos servirán como punto de arranque de las reivindicaciones políticas –inequívocamente nacionalistas- que todavía hoy son mantenidas por nuevas generaciones adoctrinadas en el catalanismo. El método para obtener los objetivos marcados en La Ametlla venía dado por la propia infraestructura que sostuvo a estas facciones discretamente contestatarias para con el régimen: el federalismo. Un federalismo que desde los Estados Unidos se pretendía para toda Europa, y que en el caso español, debidamente ajustado a nuestra territorio, cabe calificar, parafraseando el consabido rótulo «nacionalcatolicismo» con el que suele caracterizarse al franquismo, como federalcatolicismo, pues si algo, junto con la aversión a lo que ocurría tras el Telón de Acero, unía a estos grupos, era una fe católica que les mantenía juntos mientras avanzaban en la senda del desmembramiento y corrupción de la nación.

Si en la mansión de Millet se celebraban unos coloquios en los que ya aparecía la visceralidad de un Josep Benet educado en  la jesuita Academia Ramón Llull, cuatro años más tarde, en noviembre de 1968, sesenta sacerdotes vascos se encerraron en el Seminario de Derio y enviaron una carta al Papa Pablo VI en la que solicitaban todo aquello por lo cual ETA sembró de cadáveres España durante décadas, antes de conseguir gran parte de sus objetivos entre los que se encuentra la legalización de sus acciones políticas. Buscaban los tonsurados una iglesia vasca pobre, indígena y vascoparlante frente a la castellanización del pueblo vasco (sic).

En definitiva, los cimientos de la España federal que con tosca imprecisión y servilismo para con las facciones catalanistas propone hoy Pedro Sánchez Castejón, tiene unas raíces profundas de las que apenas hemos mostrados unas trazas para desengaño de ingenuos y laicos agnósticos perplejos ante una Iglesia que creen tan monolítica como el franquismo. Tal espejismo, cultivado con interesada pasión por gran parte de los medios de comunicación, impide a muchos comprender el gran fraude que constituye una tal federación ajustada a los sectores más reaccionarios de la sociedad española, aquellos que brotaron sobre sustratos carlistas alarmados por la posibilidad de implantación del liberalismo primero, y del ateísmo científico después.

 

Heredera de esa estructura delimitada en aquellos días, la España federal que propone Sánchez no es sino un difuso paso previo al proyecto desnacionalizador –plurinacional, le llaman- que, entre las brumas del más espeso fundamentalismo democrático, propone Pablo Iglesias, genuino subproducto del régimen del 78 que comenzó a fraguarse en caserones burgueses de piadosa atmósfera.

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