'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Tiempo muerto en Sabadell

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Domingo de votación. Una semana después de la celebración de las elecciones generales que han dejado el incierto panorama político que hoy vive España, la ciudad barcelonesa de Sabadell ha servido de escenario para la celebración de una maratoniana jornada de votaciones en el seno de la CUP (Candidatura de Unidad Popular). La organización, decisiva para la formación del gobierno que debe responder a los resultados de las votaciones regionales del ya lejano 27 de septiembre, se define en su página web, disponible únicamente en catalán, como una «organización política asamblearia de alcance nacional, que se extiende en los Países Catalanes y que trabaja por un país independiente, socialista, ecológicamente sostenible, territorialmente equilibrado y desligado de las formas de dominación patriarcales». Para la consecución de tan sublimes objetivos, la CUP se ofrece como «un espacio de confluencia de los movimientos cívicos y populares, en la lucha por la liberación nacional y social de los Países Catalanes».

Con los Países Catalanes anochecidos, tras tres rondas de polarizantes votaciones, las urnas han arrojado un insólito resultado: empate a 1515 votos entre los partidarios de investir a Mas y los refractarios a mantener en su puesto a quien representa a la decadente burguesía catalana. Unos resultados oportunos, ideales, perfectamente ajustados a la situación política de una España en la que pudieran abrirse paso proyectos útiles para los rupturistas objetivos de esta organización pancatalanista. Recuerde el lector que mientras se conocían los improbables datos de Sabadell, en la madrileña calle Ferraz se reunían los así llamados barones del PSOE, partido ausente en una Cataluña en la que opera un disminuido PSC con el que a menudo ha sido confundido por muchos de los que habitaban el mitificado Cinturón Rojo de Barcelona.

Es en tan dominical y asambleario contexto, con un gobierno de España en funciones, en el que se revela la utilidad de los datos de Sabadell, pues por todos es conocida la socialdemócrata fe federalista que profesan muchos de los representantes territoriales del PSOE, con Pedro Sánchez a la cabeza. Cautivos de su propia estructura, los socialdemócratas invocan el federalismo, del que tanto se sabe en Cataluñá, ignorando acaso que para la transformación de España en un estado federal es un inexcusable paso previo la independencia de determinados territorios españoles que ulteriormente se federarían… o no.

Lejos de tan tibio objetivo, la CUP no cierra su horizonte en la tierra en la que han operado bandas depredadoras que operaron bajo el marchamo de apellidos como Pujol o Millet, tan aficionados a peregrinar a la católica Montserrat como a hacerlo a la calvinista Suiza. La arriscada CUP no comulga con tan viejos credos, pues su impiedad sólo conoce límites en los que impone el reino de la Cultura que vino a sustituir al de la Gracia. Su paraíso, terrenal e igualitario, sostenible y socialista, solo se detiene en las fronteras de los Países Catalanes, aquellas que lo separan de una España impronunciable –la misma que expide los DNI con los que han acudido los votantes de Sabadell- a la que mejor referirse como Estado español. El Estado español, cárcel de naciones cuya Constitución ya caracterizó de «candado» un partido hermano de las CUP, el plurinacional Podemos, ardoroso partidario de un referéndum de autodeterminación en Cataluña que sirviera para lograr el ansiado y al parecer nunca logrado, encaje de Cataluña en España, después de que los de Somosaguas sedujeran, tal es su irresistible y locuaz atractivo, al electorado que el 27 de septiembre pasado se decantó mayoritariamente entre diversas opciones de chantaje o ruptura con España.

En esta situación, tácticamente ideal, el armónico y casual equilibrio logrado por la CUP muestra las dos grandes corrientes que desde los años 60 se han ido configurando en Cataluña y en menor medida en sus futuros objetivos expansionistas, Baleares y Valencia. Por un lado aparecen los componentes habitualmente considerados por la prensa mercenaria como «antisistema», unos ideales convenientemente actualizados y ajustados a ciertos mitos actuales –feminismo, ecologismo, cultura-, congruentes con determinados aspectos comúnmente identificados con la «contracultura» y el anarquismo, corriente esta última tan presente históricamente en una Barcelona que vio cómo en su suelo se levantaba la Escuela Moderna de Ferrer y de su aventajado alumno: el terrorista, sedicente regicida, Mateo Morral.

No obstante, si en la CUP aparecen, en gran medida de forma puramente cosmética, muchos de los habituales símbolos de tales movimientos, la hispanofobia es quizá el aglutinante más poderoso tanto en lo relativo a su cohesión interna como en la simpatía que despierta en grupos de similar estructura y ámbito regional. Grupos que, jugando el papel de reclusos dentro de tan grande prisión, no ocultan su complicidad con el camarada catalán presto a lograr su anhelada fuga.

Este factor, el del odio a una España cuyos menguantes límites ya nadie alcanza a definir tras comprobar que en tan fallida y opresora nación no caben tampoco la celta Galiza, la irreductible Euskal Herria o la comunera Castilla, invita a pensar que el inaudito equilibrio de Sabadell podrá romperse en favor de un «derechista» Mas, mal menor frente a un posible gobierno español «de derechas», o, en el caso de que cristalizara una coalición estatal identificable como «Frente Popular», forzar un nuevo domingo de votación.

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