Washington DC: una plaza tomada

COBERTURA ESPECIAL DESDE LA CAPITAL ESTADOUNIDENSE

Siempre hay dos caminos: el de la luz y el de la oscuridad. En esta fría mañana otoñal el lado de la sombra parece más confortable. El sol calienta demasiado. Por la sombra puedes moverte con mayor comodidad.

Curioso escenario. Dependiendo de dónde estés parado y con qué intención lo veas, lo que ocurre en esta ciudad a nivel político también es un juego de luces y sombras.

Si eres de izquierdas, sentirás que la luz ahora te acompaña. Que tu camino ha sido iluminado gracias a la proclamación mediática de Joe Biden como ganador de las elecciones.

Si eres de derechas, sentirás que la luz se apaga en el 1600 de Pennsylvania Avenue, donde ha vivido por casi cuatro años ese hombre disruptivo que a tantos disgusta, pero que tú –republicano– amas con pasión.

Es la primera vez que camino por esta ciudad. Me encanta el otoño. Viniendo de un país tropical –donde solo llueve o hace sol–, cada estación me cautiva.

Las hojas caen de los árboles. El espectáculo visual es maravilloso.

En medio del naranja y amarillo de noviembre hay un azul metafórico que se ha apoderado del panorama. En esta ciudad se ha impuesto una realidad. Se ha impuesto una narrativa.

Mientras camino hacia la Casa Blanca veo una cantidad ingente de rótulos, carteles y stickers de“Biden-Harris 2020” y “Black Lives Matter”.

Es verdad: las vidas negras importan. Me pregunto quién podría decir que no. El problema de ese movimiento no radica en su nombre, sino en sus patrocinadores. En las afinidades ideológicas de sus organizadores con el chavismo y el castrismo.

Sus protestas me han impedido ver la Casa Blanca por primera vez. Tomaron la valla colocada para contener las manifestaciones y la llenaron de pancartas y fotografías que obstruían la vista hacia la sede de la presidencia.

Para ellos todo es fiesta. Ganaron. Por lo menos eso dicen los medios de comunicación.

El ambiente para la derecha pinta mal ¿es posible revertir esto? No lo sé. Francamente, no lo creo.

Mi vista la tengo puesta en los serios vicios periodísticos de estas elecciones.

Por un lado, la decisión concertada de los medios de comunicación de cortar las intervenciones en las que se hable desde la tolda republicana de un posible fraude. Por otro lado, la ridiculización intencionada que hay por parte de la prensa hacia quienes se muestran escépticos de estos resultados.

¿Acaso sus voces no importan? ¿Cuándo se decidió que obviar el sentir de la mitad de un país era periodísticamente aceptable? Si se defiende el derecho de las minorías a expresarse ¿cómo podemos permitir que se censure el sentir de un 50% de los votantes?

No lo entiendo. Solo sé que aún cuando parezca una misión imposible, debo encontrar también a los republicanos que lamentan esta situación. A los demócratas te los encuentras en cada esquina.

De hecho, cuando terminé de grabar en la valla tomada por el movimiento BLM, una mujer se me acercó para decirme:

– ¿Sabes? Nunca pensé que vería a un hombre como este en la Casa Blanca. Autoritario. Radical. Maleducado. Vulgar.

Entiendo el sentir de esa mujer. Sé que si tus convicciones están con la izquierda, la existencia de Donald Trump es simplemente una pesadilla.

La escuché atentamente. Una vez culminado el desahogo emocional de aquella dama de mascarilla azul, le dije:

– ¿Sabe, señora? Yo entiendo lo que me dice. A mí tampoco me gustan las formas, pero hay algo que trasciende la superficie. Yo vengo de América Latina. He visto y cubierto lo que el socialismo le ha hecho a Cuba, Nicaragua y Venezuela. Si usted piensa que Trump es malo, siempre se puede estar peor.

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