Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Crisis del Silicon Valley Bank: es la guerra

Gracias a Dalmacio Negro, que explica que cuando la Cortesía es incapaz de neutralizar los conflictos aparece el Derecho, sabemos por qué la nuestra es su época dorada, pues de la Cortesía hace tiempo que no tenemos noticias.

Lo político, siguiendo con el profesor Negro, sería lo que interviene cuando la intensidad de los conflictos es tal que ni siquiera el Derecho puede neutralizarlos. Por eso, concluye, la política no tiene objeto material concreto, sino que es su intensidad lo que convierte a un fenómeno cualquiera en objeto de la política. 

¿Qué ha pasado?

El pasado 10 de marzo la política se vio forzada a intervenir en Estados Unidos para intentar neutralizar uno de los mayores pánicos bancarios que se recuerdan desde la quiebra de Lehman Brothers hace ya 15 años. 

Silicon Valley Bank (SVB), un banco dentro de los veinte mayores dentro de Estados Unidos con activos por valor de 212.000 millones de dólares, quebró tras cuatro décadas de actividad dando servicio a pequeñas compañías tecnológicas y científicas. Los mismos reguladores que le han retirado la licencia ya han asegurado que los depositantes, los clientes con dinero en cuentas corrientes, recuperarán su dinero, todo su dinero, no sólo los 250.000 $ por persona y cuenta que estaban cubiertos por la FDIC. En España, por cierto, la cantidad asegurada son 100.000 euros por titular y entidad bancaria, con independencia del número de cuentas.

El regulador norteamericano decidió cerrar el mismo día el Signature Bank (SB), de Nueva York, afectado por una situación similar, en lo que suma la tercera quiebra bancaria de la semana, tras la caída y desaparición de Silvergate, un banco mediano muy expuesto a las criptomonedas, el pasado ocho de marzo. 

El británico Hong Kong and Shanghai Banking Corporation (HSBC), el mayor banco de Europa, ya ha anunciado que absorberá la filial inglesa del SVB por una simbólica libra, una operación organizada por el Banco de Inglaterra a toda prisa el pasado fin de semana. A las pocas horas de estos movimientos, había al menos otros tres bancos norteamericanos en la diana de los inversores. El jueves pasado, 11 bancos anunciaron que rescatarían a uno de ellos, el First Republic Bank de San Francisco, con hasta 30.000 millones de dólares.

¿Cómo es de grave?

Muchos analistas han recalcado que la situación actual no estaría relacionada con las malas decisiones de inversión, la asunción de riesgos excesivos o la especulación financiera, características todas relacionadas con la crisis financiera de 2008, fecha que nadie en la Reserva Federal desea ver asociada a dudas sobra la solvencia del sector bancario. Así, se ha repetido que Lehman Brothers era un banco de inversión, y que el problema actual se debe a una falta puntual de liquidez.

Casi todos los analistas coinciden en que la causa inmediata de la asfixia de liquidez que ha derribado al SVB es la reciente subida de tipos de interés por parte de la FED hasta el 5.25%, que ha provocado que el valor de los bonos a largo plazo que mantenía en cartera la entidad se hayan desplomado, y con él sus garantías de solvencia. Teniendo en cuenta que el 88% del importe de los depósitos no estaba asegurado (90% para el caso de SB), varios clientes retiraron sus fondos por miedo a perder el exceso de los 250.000 dólares no cubiertos por la FDIC. La rentabilidad ofrecida por los bonos soberanos, mucho mayor que la de los depósitos, y la reciente mala racha que atraviesa el sector tecnológico, con olas de despidos sucediéndose a lo largo de los últimos meses, eran ambos incentivos en la misma dirección.

La devaluación de la cartera de bonos a largo plazo es común a muchas otras entidades, dentro y fuera de EE. UU., y dado que hay alrededor de un billón de dólares en depósitos no asegurados por la FDIC en bancos de todo el país, el riesgo de contagio aumenta a medida que esa información va llegando al público. Incluso un senador, Mark Kelly, ha pedido que se censuren en redes sociales las informaciones que puedan conducir a un pánico bursátil. 

Por un motivo u otro, esta va camino de ser la década del miedo al contagio.

En cuanto a la causa última, todo apunta al abuso de creación de dinero desde la nada, un problema que a fuerza de intensidad y permanencia en el tiempo más que económico ha pasado a ser filosófico. La manipulación de las tasas de interés ha llevado a que sea imposible conocer cuál es el precio real de mercado de los bonos soberanos, lo que explica en parte su volatilidad, que ha acabado con la operativa tradicional de bancos y operadores de bolsa, acostumbrados a cubrir sus inversiones de alto riesgo comprando bonos a largo plazo de países o empresas solventes. Por decirlo en pocas palabras, las tradicionales inversiones seguras y estables ahora son también arriesgadas y volátiles.

Todo esto sucede en una época protagonizada por la mayor burbuja de bonos de la historia, por un importe de más de 119 billones de dólares en 2021, con más de 18 billones de dólares sólo en bonos en soberanos a tipos negativos en manos de inversores por todo el mundo hace tres años. Sus efectos son perceptibles en toda la economía, no sólo financiera, pues han alterado de forma dramática la formación de los precios en la economía real. Eventos como la reciente quiebra de SVB podrían verse como las fugas de dióxido de azufre con respecto a las erupciones volcánicas, un canario en la mina que en este caso son ya al menos tres, sin contar la quiebra de FTX en noviembre del año pasado.

No hay opción buena

Hemos mencionado la burbuja de bonos, y muy relacionada con ella está también la inflación, que según economistas varios y la propia Fed era un fenómeno pasajero, coyuntural, algo que de ser cierto habría demostrado prudente la estrategia financiera del SVB, que mantenía un 55% de sus activos invertidos en renta fija. 

En ese contexto, la disyuntiva de la Reserva Federal es la siguiente: o bien siguen subiendo tipos de interés para controlar la inflación y asumen la quiebra de las entidades con balances parecidos a los de SVB y el predecible impacto en el mercado de trabajo, o bien deciden bajar tipos o incluso implementar un nuevo programa de estímulo monetario y ganar tiempo hasta dar con el método adecuado para desinflar la burbuja sin causar un desastre en la economía mundial.

En el primer caso se asumiría el riesgo de contagio a todo el sector financiero, pero en el segundo los bancos centrales acabarían perdiendo la credibilidad, y con ella la posibilidad de hacer frente a futuras crisis. 

Rick Rieder, responsable de inversiones de BlackRock, lo resumía como sigue: «Para la Fed, el verdadero desafío será contener la inflación sin dañar muchas de las cosas buenas que están sucediendo en el mercado laboral o arriesgarse a una mayor inestabilidad financiera».

Es decir, el desafío consiste en cuadrar el círculo.

De modo que la Fed ha abierto una ventanilla de liquidez que permitirá a los bancos financiarse usando colateral valorado a precio nominal, no de mercado. La diferencia entre uno y otro se calcula en 620.000 millones de dólares, que es lo que tendrían anotados de más en sus balances de capital los bancos norteamericanos. Al tiempo de escribir estas líneas, el balance de la Fed se había ampliado en 300.000 millones de dólares, y JPMorgan Chase calculaba que la inyección de fondos en el sector bancario podía alcanzar los dos billones de dólares. No está mal para haber dejado atrás los rescates bancarios, como se aseguró en 2008.

En otras palabras, la Fed ha anunciado un rescate encubierto, anunciando que hará la vista gorda con lo que en 2008 llamaban sin complejos activos tóxicos: entonces eran las hipotecas basura, y hoy serían los bonos devaluados. En principio, el coste de ese mecanismo se repercutirá como una tasa para los propios bancos, pero es célebre la eficiencia de los bancos para trasladar los costes extra a sus clientes.

Se consolida, como ya vimos a partir de 2008, un mercado de dos velocidades, en el que los rescates sólo suceden a partir de un cierto volumen de negocio o de relación con el gobierno de turno, como también hemos podido comprobar durante los confinamientos de la pandemia. Mientras tanto, si un agricultor deja que sus naranjas se queden colgadas en el árbol porque no le ofrecen más de veinte céntimos el kilo, siempre puede consolarse sabiendo que en ese caso sí se trata del “precio de mercado”.

¿Hacia dónde vamos?

No es un secreto que organismos como el BCE llevan años, y muy especialmente desde 2008, promoviendo procesos de concentración bancaria que desemboquen en la creación de un número limitado de gigantes bancarios que copen el sector en todo el mundo. En principio, la idea es mejorar la rentabilidad mediante fusiones que permitan mayores economías de escala.

En ese proceso, bancos centrales, reguladores nacionales, bancos comerciales y fondos de inversión forman un mismo equipo, y enfrente tienen a los pequeños negocios y los particulares de cada país, sobre cuyas espaldas acabará recayendo el aumento tanto de precios como de impuestos. 

La quiebra de SVB podría suponer el pistoletazo de salida de un proceso mundial de concentración en el sector bancario, drenando primero de liquidez la economía, e impulsando después las monedas digitales de bancos centrales (CBDCs por sus siglas en inglés) mientras se elimina la competencia del resto de criptomonedas. Y todo mientras la inflación continúa rebajando el poder adquisitivo del ciudadano común (al mismo ritmo que el importe de las deudas soberanas nacionales).

Existen fundamentos para creer que la actual crisis bancaria no es precisamente un cisne negro. El hecho de que los estados busquen implantar las mencionadas CBDCs, un mecanismo que les permitiría acabar con la evasión fiscal y monitorizar todas las transacciones de los particulares, mientras los inversores de alto riesgo siguen ansiosos por idear fórmulas para rescatar inversiones que en un entorno de tipos de interés altos se prevén ruinosas, crean una muy peligrosa confluencia de intereses que tiene como convidado de piedra una vez más al ciudadano de a pie.

Si la clase media occidental todavía se está recuperando del primer embate de la crisis financiera e inmobiliaria de 2008, y la actual crisis energética amenaza con llevarse la actividad económica que podría servir de locomotora para un nuevo desarrollo, el proceso actual amenaza con agrupar a buena parte de esa antigua clase media en un proletariado mundial en países que no están, estamos, acostumbrados a vernos a nosotros mismos a esa luz. 

Todos los mensajes que nos llegan desde las instituciones van en la dirección del decrecimiento, y quizá haya llegado el momento de empezar a tomárselos en serio.

De nuevo, como en 2008, aparece la sombra de la crisis, y con ella el recurso al rescate bancario con el consiguiente riesgo moral, y una vez más también la teoría del «too big to fail» (demasiado grande para caer) como coartada para hacer que sea el ciudadano de a pie el que vuelva a cargar con el rescate de unas élites cuyo rasgo definitorio cada vez se perfila más como el privilegio de evitar las consecuencias de sus propios actos.

Frente a ellas, un pueblo llano enfrentado por polémica absurdas y desorganizado que no tiene acceso a la información, el capital, ni la autoridad sobre sus propios líderes políticos para contrarrestar su influjo.

Ha llegado un punto en que los intereses de las élites de cada país y los de sus respectivos pueblos no sólo difieren, sino que son opuestos, y en este conflicto desigual todo indica que los que ya tenían las de ganar han comenzado una nueva ronda de concentración de poder.

Lorenzo Ramírez lo resumía hace poco como sigue: «Esta es la primera parte de un proceso de reseteo monetario que pasa por un proceso de concentración bancaria; en una segunda etapa, hacer que todos los depósitos queden en una cuenta del banco central, y a partir de ese momento se elimina el efectivo o se deja para un uso residual; y todo presentado como un método para evitar futuras quiebras bancarias».

En palabras de Steve Bannon: “Ustedes van a ser los pringados, y la clase política está de acuerdo con eso. Ellos no quieren que parezca que están causando ningún problema. Es hora de causar un problema ahora. Tienen que plantarse ahora mismo. Si dejan pasar esto, dejarán pasar cualquier cosa”.

Por el momento, la reacción de los inversores a las medidas de la Fed indica que ha salvado la primera bola de partido. Sin embargo, la aceleración con la que se suceden las sacudidas en el mercado indican que vamos camino de una nueva crisis, pero esta vez una en la que la economía es sólo un factor más.

Volviendo a Dalmacio Negro, sabemos que cuando se agota la Cortesía es la hora del Derecho, y que cuando se agota el Derecho es la hora de la Política. Y cuando, como ahora, vemos que hay varios proyectos en marcha que buscan desbordar la Política, ¿qué queda esperar? La guerra.

De formación abogado y economista. Ha conciliado diversas actividades empresariales con la traducción de autores como Ayn Rand, Frédéric Bastiat o Alexis de Tocqueville.

Más ideas